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Lawrence Kasdan, el guionista que aprendió a dirigir para que nadie le moviera un diálogo

Penelope H. Fritz

La filmografía de Lawrence Kasdan son en realidad dos filmografías tirando una de la otra. Por un lado el guionista, el que les regaló a George Lucas y a Steven Spielberg algunas de las frases más memorables de sus universos y después se apartó cuando el segundo le pidió hacerlo otra vez. Por otro el director, más chico y más terco, que filmó sus propios guiones porque decidió pronto que no aguantaba ver a otro parafrasear sus diálogos. Los dos llevan una carrera entera jalando para lados contrarios, y cuál de los dos va a quedarse con la última palabra es la parte de su historia que sigue abierta.

Creció en Morgantown, Virginia Occidental, segundo hijo de un empleado judío de una tienda departamental que se había mudado desde Miami cuando Larry era un bebé. Se fue a la Universidad de Michigan a estudiar inglés, se quedó a hacer la maestría en educación y descubrió en el camino que prefería escribir películas a enseñarlas. El rodeo por la publicidad, cinco años escribiendo copy en la agencia W.B. Doner de Detroit y después de Los Ángeles, es donde el guion agarró músculo de oficina y explica una fluidez clásica para armar tensión que nunca se le ha caído del estilo.

Spielberg leyó una primera versión de Continental Divide y lo contrató para escribir Los cazadores del arca perdida; Lucas, días después de que Leigh Brackett entregara su versión final de El Imperio contraataca y se muriera de cáncer, le pidió que la terminara. Para cuando esas dos películas estaban en pantallas, Kasdan ya filmaba la suya, Fuego en el cuerpo, un homenaje deliberado, casi arqueológico, a Pacto de sangre, trasladado a un verano sofocante de Florida con una Kathleen Turner entonces desconocida. El recorrido de copywriter anónimo a guionista-director en un solo año natural sigue siendo una de las aceleraciones más raras del Hollywood moderno.

Lo que vino después es la racha que la versión canónica de Kasdan congeló en cuatro títulos. Reencuentro, el retrato coral de la generación del baby boom que se volvió plantilla para todas las películas de reunión que vinieron después. Silverado, el western clásico que se empeñó en hacer con su hermano Mark cuando el género estaba prácticamente cerrado. El turista accidental, la adaptación callada de Anne Tyler que se llevó cuatro nominaciones al Óscar, incluida Mejor Película. Grand Canyon: el alma de la ciudad, el mosaico angelino que firmó con su esposa Meg y que le valió la segunda candidatura al Óscar a Mejor Guion Original. Era ya un director al que un estudio podía confiarle historias adultas con presupuesto adulto, y un guionista capaz de darle a un vehículo de estrella el pulso de un programa doble de los cuarenta.

Esa reputación ha resistido de forma desigual desde entonces. Wyatt Earp, el western de tres horas con Kevin Costner que estrenó en 1994, llegó seis meses tarde, cuando Tombstone ya se había comido al público, y la comparación nunca le ha sido amable. Han Solo: una historia de Star Wars, que coescribió con su hijo Jonathan en 2018, era la entrega que Disney necesitaba que funcionara y la que no funcionó; Kasdan dijo después que Lucasfilm la había regado y se apartó en gran medida de la saga. La falla es la misma en los dos casos. Es un escritor que no permite que otros dirijan lo que él escribe, salvo en contadísimas excepciones, y una industria que ha querido, una y otra vez, separar sus guiones de su sensibilidad. El cajón de proyectos sin rodar de Kasdan es inusualmente profundo para un guionista de su nivel, y la decisión de dejarlos ahí es editorial tanto como comercial.

Esta semana vuelve a dirigir por primera vez en años. Marty, Life Is Short, el largometraje documental sobre el comediante Martin Short que se estrena hoy en Netflix, lo filmó y armó casi como un perfil de revista: acceso de amigo, archivo de décadas y una larga discusión sobre lo que cuesta vivir de hacer reír. La próxima semana Criterion saca su restauración 4K de Fuego en el cuerpo, supervisada por su editora histórica Carol Littleton y aprobada personalmente por él, que llega como una retrospectiva involuntaria. Y en diciembre pasado la Universidad de Michigan, su alma mater, recibió las más de ciento cincuenta cajas de su archivo, incluidos los audios de las sesiones de historia originales de Raiders con Spielberg y Lucas, que terminarán de procesarse a finales de este año.

Su esposa Meg Kasdan, con la que se casó cuando los dos seguían en Ann Arbor, ha coescrito varias de sus películas y sigue siendo su colaboradora más frecuente. Sus hijos Jake y Jonathan ya manejan sus propias carreras de estudio (Jake con la saga Jumanji, Jonathan como coguionista de Solo), lo que convierte una sobremesa familiar en un seminario permanente sobre cómo debería verse una película Kasdan en este siglo.

Cuál será la siguiente, nadie fuera de esa conversación parece saberlo. El archivo se va a Ann Arbor, el documental está en Netflix, el debut temprano vuelve a verse como se veía la primera vez. La carrera no se ha cerrado, pero por primera vez en mucho tiempo se está leyendo entera de un solo golpe.

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