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Rachel McAdams: la estrella que pasó dos décadas evitando serlo

Penelope H. Fritz

A los 47, McAdams vive su año más expuesto: una estrella en el Paseo de la Fama, un thriller de Sam Raimi en cines y la nominación al Tony por su debut en Broadway todavía caliente. Nada de eso se parece a la carrera que Hollywood quiso darle.

En lo más alto de su primera fama —cuando Mean Girls ya la había vuelto la cara obligada de la comedia adolescente y Diario de una pasión la había instalado como protagonista del drama romántico—, Rachel McAdams dejó de trabajar. Las ofertas se acumulaban. La Pepper Potts de Iron Man. Casino Royale. El diablo viste a la moda. Misión imposible III. Dijo no a las cuatro. Quería, contó después, volver a escuchar su propia voz. La decisión, tomada por una actriz de 27 años en su momento más vendible, marcó todo lo que vino: dos décadas de negarse a interpretar, en la vida real, el papel que Hollywood le tenía asignado.

Su llegada al oficio fue poco cinematográfica. Pueblo chico de Ontario, patinaje artístico de competencia desde los cuatro años, un campamento de Shakespeare a los doce, y una licenciatura con honores en teatro por la Universidad de York en 2001 después de que una profesora la convenciera de no estudiar humanidades. El éxito llegó casi solo. A los 23 ganó el Premio Gemini canadiense por Slings and Arrows, una comedia sobre teatro shakespeariano. A los 25 ya había rodado Mean Girls y Diario de una pasión, ambas estrenadas en 2004. La Regina George de Tina Fey y la Allie Hamilton de Nicholas Sparks son todavía los dos papeles que la gente le cita en la calle.

Rachel McAdams
Rachel McAdams in Game Night (2018)

Fue, por un instante, la “it girl” de su generación, etiqueta que nunca aceptó del todo. Los rompebodas, Red Eye y La familia Stone llegaron en 2005. Vino después la nominación al BAFTA Rising Star. En 2006, Vanity Fair la invitó a la portada anual de Hollywood junto a Scarlett Johansson y Keira Knightley; cuando llegó al estudio y entendió que la sesión exigía desnudo, se levantó, se fue, y despidió a la publicista que no le había avisado. La anécdota es chica pero importa: es la primera señal pública de una actriz dispuesta a perder el momento antes que dejarse llevar.

Los dos años de retirada que siguieron son el dato estructural de su carrera. Cuando volvió, en Married Life, El precio del silencio y la fantasía romántica La esposa del viajero en el tiempo, el ritmo se ralentizó y las elecciones se desordenaron por géneros. El Sherlock Holmes de Guy Ritchie. El Medianoche en París de Woody Allen. El Passion de Brian De Palma. El To the Wonder de Terrence Malick. El Una cuestión de tiempo de Richard Curtis. Dejó de buscar la repetición del éxito y empezó a armar una filmografía pensada para mirarse despacio.

Hay un reproche que reaparece en los perfiles de McAdams: que es demasiado simpática, demasiado equilibrada, demasiado poco interesada en el contrato celebridad-medios; que no supo capitalizar su propia carrera. La acusación es también una mala lectura. El elenco coral de Spotlight —que le valió la nominación al Oscar por su Sacha Pfeiffer del Boston Globe— es la clase de trabajo que eligió siempre: coral antes que estelar, anclado en personaje, sin vanidad. Disobedience con Rachel Weisz, dirigida por Sebastián Lelio. La Barbara contenida de ¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret. Incluso sus dos películas Marvel —Doctor Strange: Hechicero supremo y Doctor Strange en el multiverso de la locura, ya con Sam Raimi— tratan a su Christine Palmer como anclaje narrativo y no como interés amoroso. La etiqueta de “it girl” siempre fue una idea ajena sobre ella. Su obra lleva veinte años discutiéndola.

En abril de 2024 debutó en Broadway con Mary Jane, de Amy Herzog, una madre que cuida a un hijo con enfermedad crónica. Las críticas fueron de las mejores de su carrera. The New York Times la eligió Critic’s Pick. The Wall Street Journal calificó la actuación como una de las más conmovedoras de la temporada. Recibió una nominación al Tony como mejor actriz protagónica y ganó un Theatre World Award. Era su primer papel sobre escenario en veinticinco años.

El cierre de dos décadas de construcción discreta llegó en enero de 2026, en dos actos separados por diez días. El 20, McAdams recibió la estrella 2.833 del Paseo de la Fama, con Sam Raimi y Domhnall Gleeson en el atril y sus padres llegados desde Ontario. Dedicó parte del discurso a Diane Keaton, Gena Rowlands y Sam Shepard —tres compañeros de reparto ya fallecidos— y atribuyó a Keaton el haberle enseñado a “dejar todo lo que tienes sobre la mesa”. Diez días después, el 30 de enero, se estrenó Send Help: la comedia-terror de supervivencia de Raimi en la que interpreta a Linda Liddle, una estratega corporativa ninguneada y varada en una isla tropical con el jefe que la pasó por encima. Las críticas repitieron la palabra transformación. El San Francisco Chronicle comparó la película con Náufrago “si Wilson, la pelota, fuera un imbécil misógino”. Es, por bastante, el papel más oscuro que ha hecho.

Está con el guionista Jamie Linden desde 2016 y tienen dos hijos. Vive en Toronto y no en Los Ángeles, por decisión propia. Es ambientalista declarada y, durante varios tramos, no tuvo auto. No tiene cuentas públicas en redes sociales.

Lo que viene es un thriller sobre inteligencia artificial todavía sin título, dirigido por Joseph Gordon-Levitt para T-Street y Netflix: otro giro de personaje a los 47, en un año en el que McAdams pudo dedicarse los doce meses a recoger reconocimientos que por fin se permite recibir. No va a hacerlo. Esa parte nunca le salió bien.

Rachel McAdams
Rachel McAdams in Passion (2012)

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