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Alfred Molina y el ascenso del eterno secundario

Penelope H. Fritz

La cara que todos reconocen y a la que casi nadie le pone nombre. Alfred Molina ha sido un muralista mexicano, un detective belga, un alcalde francés en guerra contra una chocolatería, un narco al borde del colapso, un villano de Marvel. Cualquier nacionalidad, cualquier registro. La cara queda, el nombre se va con los créditos. The Boroughs, el primer gran proyecto de los hermanos Duffer después de Stranger Things, llega a Netflix con Molina al frente como Sam Cooper: el personaje sobre el que pivota todo el elenco, la única postulación a actor principal que la plataforma envió a los Emmy por la serie. Así es como un secundario de toda la vida termina como protagonista.

Sam Raimi lo dijo claro: Molina está bien en casi todo, pero desaparece tan limpio en los papeles que uno se queda sin recordar dónde lo vio antes. Molina lo repite con humor: “con mi tamaño y mi cara, los galanes románticos no iban a venir a buscarme”. Es lucidez disfrazada de chiste, y ha sido la arquitectura de cuarenta y cinco años de oficio.

Alfred Molina
Alfred Molina in Spider-Man 2 (2004)

Su papá Esteban llegó a Londres desde Murcia tras tirarse en paracaídas sobre la Francia ocupada con el Special Operations Executive antes del Día D. Su mamá Giovanna salió de Italia al terminar la guerra. Se instalaron en el Notting Hill obrero, entre familias inmigrantes de toda Europa, el Caribe y África, y la casa fue siempre multilingüe: en ella se hablaba español e italiano, y el chico que más tarde se metería en pieles de mexicano, ruso o francés sin que se notara la costura ya estaba absorbiendo acentos antes de saber para qué iban a servirle. Estudió en Cardinal Manning, una secundaria católica modesta del oeste londinense. La vocación le llegó a los nueve años viendo Espartaco. Su papá, mesero, pensó que era una etapa que se le pasaría; Molina admitió hace poco que la decepción de su padre no se le pasó del todo nunca a él.

A él tampoco. Entró en el National Youth Theatre y luego en la Guildhall School of Music and Drama. Anglicizó su nombre —de Alfredo a Alfred— a los veintiuno por consejo de su primer agente. La Royal Shakespeare Company y el West End fueron la base sólida —nominación al Olivier por Oklahoma!, un Petruchio de La fierecilla domada en Stratford— antes de que Steven Spielberg le ofreciera su primera película. Tiene una escena breve y memorable al inicio de Los cazadores del arca perdida: tarántulas vivas caminándole por la espalda mientras el director le gritaba fuera de cuadro “look scared, Alfred”. No tuvo que actuar nada.

El salto al cine grande llegó con Kenneth Halliwell, el amante y asesino de Joe Orton en Prick Up Your Ears de Stephen Frears. Los noventa fueron sobre todo televisión británica —el protagónico de El C.I.D., el casi-Arnold Rimmer en Red Dwarf del que terminó descartado— hasta que los directores estadounidenses descubrieron lo que los británicos ya tenían claro: podía hacer de quien fuera. Paul Thomas Anderson lo puso de traficante de cocaína en Boogie Nights y de vendedor de equipo médico en Magnolia. Lasse Hallström lo convirtió en alcalde de pueblo francés en Chocolat, en cuaresma de pelea contra una chocolatería. Subió de peso para hacer de Diego Rivera en Frida, el proyecto de doce años de Salma Hayek, y se llevó la primera de sus dos nominaciones al BAFTA.

Sam Raimi vio Frida con su esposa y decidió que Molina tenía que ser Doctor Octopus. El Hombre Araña 2 transformó a un actor de teatro con treinta años de cine en villano de Marvel, y su Otto Octavius —un científico trágico al que su propio invento termina seduciendo, no un villano que ruge— es buena parte de la razón por la que la película todavía se considera la cumbre del superhéroe anterior al Universo Marvel. Diecisiete años después, Spider-Man: Sin camino a casa lo trajo de regreso, rejuvenecido digitalmente a su versión de 2004 y revirtiendo la muerte del personaje. Por una vuelta del destino, la versión más célebre de Alfred Molina terminó siendo un Alfred Molina más joven.

El teatro nunca se detuvo. Fue Tevye en El violinista en el tejado en Broadway, Mark Rothko en Red de John Logan en 2009 —Drama Desk y nominación al Tony— e Yvan en Art de Yasmina Reza, su debut neoyorquino. En 2024 regresó a Broadway como el profesor Serebriakov en Tío Vania de Lila Neugebauer, junto a Steve Carell: a los setenta, metiéndose en el intelectual más agotado de Chéjov.

Lo extraño de su carrera es la distancia entre el consenso sobre su talento y el nivel de estrellato que ese consenso le produjo. Three Pines, la adaptación de Amazon de las novelas del inspector Gamache de Louise Penny, iba a darle el rol de prestigio en streaming que su trayectoria escénica venía pidiendo desde hacía años; Amazon la canceló tras una temporada en 2023 con argumentos comerciales propios y dejó sin filmar el resto del universo de Penny. The Boroughs es la segunda vez que una plataforma lo llama para sostener una serie. Todavía no es seguro que sea la primera que le funcione.

Pinta —sus cuadros se han exhibido en galerías— y desde los noventa apoya la investigación contra el VIH/sida. Estuvo casado con la actriz y novelista Jill Gascoine, dieciséis años mayor, desde 1986 hasta que ella murió de alzhéimer en abril de 2020; había vivido con la enfermedad una década y los últimos años los pasó en una residencia. Se casó con la guionista y directora de Frozen 2 Jennifer Lee en agosto de 2021, en una ceremonia íntima en el patio de su casa de California.

The Boroughs llega a Netflix el 21 de mayo de 2026. Está también en el reparto de When We Get There, en posproducción. El actor que pasó cuarenta años siendo reconocido en la fila del estacionamiento y olvidado al llegar al carro figura por fin, sobre el papel, como protagonista a los setenta y dos. Si el público alcanza por fin a unir el nombre a la cara es algo que se sabrá en mayo.

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