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Steven Spielberg, el entretenedor que lleva veinte años confesándose

Penelope H. Fritz

El director más taquillero de la historia se volvió marca antes que autor. Su carrera tardía es una corrección lenta, paciente, dirigida hacia adentro.

El hombre que le enseñó a Hollywood cómo vender un verano es el mismo que filmó La lista de Schindler. La contradicción no es secundaria. Es el muro de carga de una carrera de cincuenta años que Spielberg lleva dos décadas inspeccionando desde adentro. Es el director con mayor recaudación acumulada de la historia y, al mismo tiempo, uno de los más autobiográficamente inquietos. La mayoría de los cineastas se gana una reputación una sola vez. Él se ganó varias, y se empeña en sostenerlas todas a la vez, aun cuando tiran en direcciones opuestas. A los setenta y nueve años, prepara el estreno de Disclosure Day, su primer largo desde Los Fabelman, su regreso al cielo extraterrestre que no filmaba desde inicios de los dos mil. Va a ser, además, la colaboración número treinta con John Williams. La cifra sola ya dice algo: este señor no ha aprendido a retirarse.

Su madre, Leah Posner, fue concertista de piano y después dueña de un restaurante kosher; su padre, Arnold Spielberg, ingeniero eléctrico que participó en el desarrollo de las primeras computadoras comerciales en RCA. Eran judíos ortodoxos, el calendario religioso ocupaba la casa entera, y el niño nacido en Cincinnati en diciembre de 1946 contaría después que de chico se avergonzaba de las prácticas de sus padres. Contaría también que el Holocausto era tema permanente en la mesa: su padre había perdido entre dieciséis y veinte familiares. La mudanza a Phoenix con diez años lo dejó en un suburbio del desierto donde su judaísmo era una incomodidad diaria, no una comunidad. Las dos cosas terminaron siendo materia prima.

La cámara de 8 mm llegó como tarea para una insignia de los Boy Scouts y la obsesión llegó con ella. En la secundaria, en Phoenix, dirigía a sus compañeros en una película sobre ovnis de ciento cuarenta minutos llamada Firelight, financiada por su padre, proyectada una sola vez en un cine local y apenas rentable. Aquel guion adolescente sobre platillos voladores sería rescatado dos décadas después como antepasado conceptual de Encuentros cercanos del tercer tipo. No lo aceptaron en las escuelas de cine de USC ni de UCLA. Terminó en California State University, Long Beach, abandonó, se metió de colado a los estudios Universal y dirigió a Joan Crawford en un episodio de Night Gallery antes de tener un título universitario. La compresión biográfica —de pibe obsesivo a director profesional con veintidós años— explica buena parte de por qué sus películas parecen rodadas por alguien que jamás tuvo que negociar con el medio.

El salto fue una película para la tele. Duel, de 1971, era un duelo de setenta y cuatro minutos entre un camión sin conductor visible y un hombre en un sedán; costó trescientos cincuenta mil dólares, se rodó en dieciséis días y funcionó porque Spielberg ya sabía que el suspenso es un problema de montaje, no de exposición. Tres años más tarde, Tiburón —un rodaje que él mismo describió como la peor experiencia de su vida, con un mecanismo que se averiaba en el Atlántico y un guion reescribiéndose ese mismo día— inventó el blockbuster moderno. Después de Tiburón, el verano dejó de ser temporada baja: pasó a ser el día de pago del calendario. Vive, desde entonces, adentro de las consecuencias de esa idea.

La década siguiente produjo los títulos que aparecen en automático en cualquier ficha breve sobre él: Encuentros cercanos del tercer tipo, Cazadores del arca perdida, E.T., el extraterrestre, las secuelas de Indiana Jones, El imperio del sol. El patrón es mitad asombro, mitad pavor. La familia suburbial está intacta y un poco descompuesta; el objeto enterrado está maldito; el alienígena es benigno e invasivo a la vez. La crítica confundió muchas veces a Spielberg con un optimista. Sus películas están pobladas de padres ausentes o moribundos, niños que tienen que cuidar a los adultos, y horrores históricos que la cámara no termina de poder esquivar.

El giro llegó en 1993, cuando dirigió Parque Jurásico y La lista de Schindler el mismo año —la más comercial de su carrera y la más personal, una pegada a la otra, con la postproducción de una sangrando en la otra. La lista de Schindler era el proyecto que tenía desde inicios de los ochenta y se había negado a filmar hasta sentirse listo. Renunció al sueldo. Ganó el Oscar a mejor director que le habían negado por El color púrpura. Detrás vinieron la Shoah Foundation, Rescatando al soldado Ryan, A.I. Inteligencia Artificial (la herencia de Kubrick), Minority Report, Munich, Lincoln, El puente de los espías, Los archivos del Pentágono: una racha de cine histórico y ético que trabajaba la culpa estadounidense del siglo XX con la misma técnica de cámara con la que en su día había asustado al público con un escualo.

La lectura convencional dice que maduró. La lectura más exacta dice que siempre estuvo haciendo las dos cosas, y que el viraje tardío no es ganar gravedad sino dejar de esconder la capa autobiográfica debajo del género. Los Fabelman, en 2022, convirtió el subtexto en texto. La película narra el divorcio de sus padres sin disfraz por primera vez. Recibió siete nominaciones al Oscar y, con un presupuesto cercano a los cuarenta millones de dólares, no se recuperó en taquilla. West Side Story, el año anterior, también había fracasado comercialmente bajo condiciones de pandemia y frente a un público que dejó de ir al cine adulto. El director más comercial de la historia lleva, desde 2017, haciendo películas que la crítica ubica entre las mejores de su filmografía y que el público de salas decidió, en buena medida, no ir a ver. La contradicción está abierta.

Disclosure Day, prevista para junio de 2026, es su primer largometraje desde Los Fabelman y su primer proyecto de ciencia ficción desde La guerra de los mundos en 2005. El guion lo firma David Koepp, su colaborador en Parque Jurásico, La guerra de los mundos y el regreso de Indiana Jones. Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo y Wyatt Russell se incorporaron al reparto entre 2024 y 2025. El rodaje arrancó en febrero de 2025 en Nueva Jersey, Atlanta, Nueva York y Huntington, bajo el título engañoso de Non-View. Universal confirmó que se trata de una historia de ovnis. John Williams compone su trigésima banda sonora para Spielberg: una continuidad que arrancó en 1974 y sobrevivió a la mayoría de los matrimonios y de los logos corporativos del rubro.

Conoció a Kate Capshaw en el rodaje de Indiana Jones y el templo de la perdición y se casaron en 1991, tras el final de su primer matrimonio con Amy Irving. Tiene siete hijos, entre ellos la guionista Sasha Spielberg y el director de fotografía Theo Spielberg. Capshaw se convirtió al judaísmo antes de la boda, una decisión que Spielberg citó como central en su reencuentro con la religión de la que se había alejado en su juventud. La Righteous Persons Foundation, financiada con las ganancias de La lista de Schindler, sostiene proyectos culturales y educativos judíos. La Shoah Foundation, alojada en USC, grabó más de cincuenta y cinco mil testimonios de sobrevivientes en más de cincuenta países.

Spielberg lleva medio siglo en la primera línea de su industria y no da señales de jubilarse por su cuenta. Disclosure Day va a probar si el público que lo construyó sigue en las salas o se mudó definitivamente al sillón. En cualquiera de las dos hipótesis, ya está desarrollando lo que viene después. Dijo, más de una vez, que su retiro consiste en el hueco entre dos películas. Ese hueco lleva cuatro años. Está por cerrarse.

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