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‘My Dearest Señorita’ en Netflix: enseñaba catequesis y no sabía qué era

Veronica Loop

Adela enseñaba catequesis en una parroquia de Pamplona. Tenía veintipocos años, era hija única y vivía entre los objetos heredados de la pequeña tienda de antigüedades de su familia. Mientras les explicaba a los niños que el cuerpo es un don de Dios con un propósito ordenado, no sabía que su madre y los médicos que la trajeron al mundo decidieron en un cuarto de hospital, en 1976, qué se le permitiría ser a su propio cuerpo.

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Un contrato firmado antes de saber leer

La premisa que sostiene ‘My Dearest Señorita’ no es el descubrimiento. Es el acuerdo que lo precedió. Adela es intersexual, y las personas que la criaron lo supieron desde el día de su nacimiento. La educaron como niña, la orientaron hacia la catequesis, la vieron crecer hasta convertirse en una mujer cuyo único lenguaje moral se lo entregó una Iglesia con una cláusula para el pecado, otra para la gracia, y ninguna para lo que ella iba a averiguar sobre sí misma a los veinticinco años.

La película llama a esto por su nombre: un contrato firmado por una familia, sobre el cuerpo de una niña, antes de que esa niña supiera leer. La decisión de ambientarla en 1999 trabaja más de lo que la promoción sugiere: no hay internet para que una chica de provincia busque información sobre su propio cuerpo, no existe una conversación pública sobre lo intersexual como categoría distinta del clínico-religioso ‘hermafroditismo’ que aún figura en los manuales hospitalarios españoles a fines del siglo XX, y la parroquia es el marco moral por defecto.

Lo que el original de 1972 no podía nombrar

El elenco es la decisión que la película original no podía tomar. La ‘Mi querida señorita’ de Jaime de Armiñán, nominada al Oscar a mejor película extranjera, se filmó bajo la censura tardofranquista. José Luis López Vázquez, estrella consagrada y hombre cisgénero, interpretó al personaje, y la coartada médica permitió decir bajo el régimen lo que el régimen no habría tolerado en lengua llana. Armiñán y José Luis Borau usaron esa cobertura con una pericia extraordinaria, y el resultado fue una de las películas más silenciosamente subversivas del cine español de los primeros setenta.

Alana S. Portero, autora de La mala costumbre —una de las voces a las que el mundo hispanohablante escucha cuando se habla de cuerpos y silencio— firma el guion y retira la coartada. Elisabeth Martínez, mujer intersexual y debutante en pantalla, interpreta a Adela. El riesgo de la película vive en esa decisión. No había una actriz intersexual española de carrera consolidada a la cual recurrir. La carrera no existía porque España no había permitido que existiera. Las críticas que llegaron desde Málaga sobre cierto didactismo del guion y sobre algunos pasajes desiguales del trabajo de Martínez deben medirse contra la alternativa que la película rechazó.

La historia transcurre en 1999, pero aterriza en 2026, justo cuando España sigue en mitad de un debate legislativo sin cerrar sobre cirugías no consentidas en menores intersexuales. La ampliación de derechos trans de 2023 dejó la cuestión médica abierta. En muchos hospitales del mundo hispanohablante todavía se practican, en los primeros meses de vida, intervenciones para ‘normalizar’ cuerpos que no encajan en la lógica binaria, con el solo consentimiento parental. La película deja al espectador ver a una generación de padres tomar exactamente la decisión que una generación de padres sigue tomando.

Madrid no cura la herida

Lo que la película hereda de Almodóvar es la gramática: familia provinciana, madre católica, condición queer como hecho y no como trama. Donde rompe con él es en la resolución. Adela también llega a Madrid, en la segunda mitad del relato. Anna Castillo es Isabel, la fisioterapeuta lesbiana cuya irrupción es la reacción en cadena que abre la puerta a la ciudad y a un vocabulario que la parroquia jamás ofreció. Paco León, en contra de su tipo habitual, encarna al padre José María, un sacerdote gay que trata la pregunta de Adela como una pregunta real y no como un peligro. Pero Madrid no cura la herida. La película rechaza la salida almodovariana y honra el final de Armiñán, que dejaba al protagonista dentro de la pregunta y no a un costado u otro de ella.

¿Qué le debe una persona a la familia que la quiso mintiéndole sobre su propio cuerpo? La película no responde. Sus escenas más pacientes son aquellas en las que la madre no termina de ser una villana y Adela no termina de ser una heroína. Se sientan una frente a la otra dentro de una doctrina que ninguna de las dos escribió. La catequesis que Adela enseñó durante años contiene una cláusula para el pecado y otra para la gracia. No contiene ninguna para la aritmética concreta de haber sido engañada por una madre que creía estar protegiéndote.

My Dearest Señorita - Netflix
MI QUERIDA SEÑORITA. Elisabeth Martinez as Adela/Ad, Anna Castillo as Isabel in MI QUERIDA SEÑORITA. Cr. Michael Oats/Netflix © 2025

‘My Dearest Señorita’ llega a Netflix el 1 de mayo, después de un estreno limitado en cines en España distribuido por Tripictures el 17 de abril y un pase mundial en la Sección Oficial del 29º Festival de Málaga el 8 de marzo. La dirige Fernando González Molina y la escribe Alana S. Portero, en una adaptación libre del guion de Jaime de Armiñán y José Luis Borau de 1972. Suma Content —la productora de Javier Ambrossi y Javier Calvo, con Andrea Herrera Catalá como productora ejecutiva— firma para Netflix. La banda sonora original es de Álex de Lucas y Zahara, con un tema original de Zahara compuesto para la película. Duración: 113 minutos.

Encabeza el reparto Elisabeth Martínez en su debut como Adela, junto a Anna Castillo (Isabel), Paco León (padre José María), Nagore Aranburu (Cruz), Manu Ríos (Gato), Eneko Sagardoy (Santiago), Lola Rodríguez (Ángela) y María Galiana (Adelina). El desafío que llega ahora es saber si la película viaja: si una conversación tan específicamente española —parroquia, censura franquista, debate legislativo aún abierto— funciona en los hospitales mexicanos, argentinos y colombianos donde la decisión de 1976 se sigue tomando hoy.

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