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‘Los peores ex del mundo’ en Netflix: Wade Wilson y las que lo vieron venir

Martha O'Hara

Algunas de las personas que viven dentro de las peores relaciones ya saben lo que va a pasar. Se lo cuentan a una amiga, a una hermana, anotan la fecha del primer golpe. Cuando el sistema judicial dicta sentencia, esa cronología lleva meses (a veces años) sobre la mesa, y solo cambió el vocabulario institucional. Los peores ex del mundo regresó con una segunda temporada construida sobre ese intervalo: el tiempo entre el momento en que la víctima reconoció el patrón y el momento en que el sistema firmó la misma frase.

La premisa es sencilla y la serie no la infla. A lo largo de cuatro episodios de una hora, el veredicto deja de ser el destino. Aparece pronto, casi siempre en el bodycam que abre el capítulo, y el resto de la hora avanza hacia atrás recorriendo lo que la sobreviviente venía diciendo antes. El crimen es la consecuencia de algo ya legible. La historia es la legibilidad.

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La gramática de tres registros

La directora Cynthia Childs construye cada episodio con tres registros narrativos cuya rotación carga el argumento. El testimonio en primera persona aporta la voz de la sobreviviente en presente: su ritmo, su vocabulario, sus términos para nombrar lo que le pasó. El bodycam policial aporta el momento en que el Estado por fin abrió los ojos. El reenactment animado cubre el resto: la conversación que solo ella escuchó, la amenaza pronunciada cuando no había ningún dispositivo en la habitación, la hermana que preguntó si estaba bien y recibió un sí gestionado.

La gramática habitual del género trata la animación como sustituto barato del material que no existe. Aquí ocurre lo contrario. La serie trata la ausencia de cámara como el punto editorial: los momentos sin grabar fueron justamente aquellos en los que la palabra de la víctima era la única prueba, y la rotación entre registros hace visible esa asimetría.

La otra firma de oficio es lo que Childs se niega a dramatizar. El true crime estadounidense lleva una década cobrando puntualmente por la violencia estilizada: la puñalada coreografiada, el disparo en cámara lenta, la golpiza reconstruida. Aquí el lápiz del animador se queda atrás, en la cocina donde él cruzó una línea, en la llamada que no se atendió. Lo que el hombre violento hizo se transmite por testimonio y por registro judicial.

La decisión no es pudorosa: es editorial. Dramatizar la violencia coloca al perpetrador en el centro del cuadro. Negarse a hacerlo mantiene la cámara sobre la advertencia que ninguna institución contestó a tiempo.

El giro de la temporada 2: rostros públicos

La primera temporada extrajo sus casos de pesadillas anónimas, parejas de las que nadie había oído hablar hasta que el bodycam se hizo público. La segunda tomó una decisión más afilada y más arriesgada. Abrió un expediente de Florida sobre Wade Wilson, condenado a muerte en 2024 por los asesinatos de Diane Ruiz y Kristine Melton, cuyos tatuajes faciales y la coincidencia de su nombre con un personaje de Marvel lo convirtieron en meme antes de que se completaran sus apelaciones.

Abrió otro sobre Geoffrey Paschel, exparticipante del reality estadounidense 90 Day Fiancé, condenado a dieciocho años por secuestro y agresión doméstica. El público ya lo había estado viendo por televisión en otra postura.

Ambos sujetos llegaron a la mesa de montaje con un rostro público ya adherido. Escogerlos es una decisión editorial sobre cómo compite el género ahora. La televisión de la realidad y la notoriedad viral ya escribieron los primeros capítulos de la biografía pública de estos hombres, casi siempre los favorables. Lo que ofrece la temporada es la página que aquellos formatos saltaron: los meses en que las mujeres más cercanas a ellos intentaban ser escuchadas.

El precio del trato

Esa apuesta tiene un costo visible. Elegir a sujetos con audiencia previa corre el riesgo de convertir a la sobreviviente en contexto de un hombre que el espectador ya conoce a medias. La defensa estructural es que el bodycam aparece antes que el tatuaje viral, el testimonio se enmarca antes que el clip de reality, y la animación llega a los momentos que ninguna plataforma tenía motivo para grabar.

Al final de cada episodio, la pregunta deja de ser si el perpetrador resulta reconocible. La pregunta es qué valió ese reconocimiento, dado que alguien venía diciendo a quien quisiera escuchar qué clase de hombre era, y la respuesta institucional fue una demora medida en meses y en cuerpos.

Worst Ex Ever - Netflix
Worst Ex Ever: Season 2. Cr. NETFLIX © 2026

Queda la pregunta que la temporada no cierra. Si una sobreviviente nombró el patrón, llamó a la línea, presentó la denuncia, ¿qué significa que las instituciones diseñadas para protegerla siguieran exigiendo una muerte, una detención, una sentencia, antes de tratar sus palabras como ciertas? El veredicto no devuelve los meses que tardó en llegar. La serie abre ese intervalo y se niega a cerrarlo. La pregunta queda del lado del espectador: qué se le debe a una sobreviviente antes de que caiga un cuerpo y antes de que la fiscalía abra el expediente.

Los peores ex del mundo estrena su segunda temporada en Netflix el 6 de mayo de 2026, con cuatro episodios de una hora. Cynthia Childs dirige y produce ejecutivamente junto a Jason Blum, Gretchen Palek y Jordana Hochman, con Natalee Watts como coproductora ejecutiva. La serie es una producción de Blumhouse Television e ITV America, y la segunda entrega del spin-off de la plataforma de Worst Roommate Ever.

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