Actores

Dianna Agron, la actriz que se bajó de Glee y se inventó una segunda vida en una sala de jazz

Penelope H. Fritz

La premisa que recorre todo lo que Dianna Agron ha hecho después de bajarse de uno de los grandes engranajes pop de su generación es una negativa. Tuvo el papel de salida con el que cualquier actriz de televisión sueña, los discos asociados se volvieron platino, las portadas se sucedieron en orden, y casi al mismo tiempo que la máquina giraba a pleno rendimiento ella empezó a declinar la fase que tocaba. Lo que el mercado le ofrecía a una exporrista de McKinley High eran adaptaciones para jóvenes y comedias corales, mantenimiento de carrera vestido de oportunidad. Lo que ella ha venido eligiendo, año tras año, es el cuarto más chico.

Creció entre Savannah, Pittsburgh y la bahía de San Francisco. Su papá administraba hoteles y el trabajo movió a la familia hasta dejarla en Burlingame, California. El baile —sobre todo el ballet y el jazz— llegó antes que la actuación; daba clases siendo adolescente. La rama judía de su familia es de origen ruso y ucraniano y ella ha hablado de una identidad religiosa que se volvió con los años más deliberada, no menos. Pasaba apenas los veinte cuando se mudó a Los Ángeles a hacer castings: un arco corto en la segunda temporada de Heroes, una aparición en Veronica Mars, hasta que el piloto musical de Ryan Murphy le puso un uniforme de animadora.

Quinn Fabray era animadora embarazada, presidenta del club de castidad, rubia rival de la Rachel de Lea Michele. Estaba pensada para sobrevivir una temporada y terminó cruzando seis. Glee volvió a Agron una cara de gira; el elenco se llevó un SAG al mejor ensemble cómico en 2010 y una fila de nominaciones al Grammy por sus discos. El paso esperable era Hollywood y Hollywood le abrió la puerta. Aceptó el primer rol femenino de Soy el número cuatro, de D.J. Caruso, una ciencia ficción juvenil con sello Spielberg y J.J. Abrams armada para abrir una franquicia. No la abrió. Hizo de hija de Robert De Niro en Una historia de mafia, de Luc Besson, y a partir de ahí se salió, casi de manera audible, del mapa de los grandes estudios.

Lo que pasó después suele quedar fuera de los perfiles sobre ella. Empezó a decir que sí a presupuestos que cabían en una hoja. Bare, Tumbledown y Zipper se sucedieron en 2015, ninguno el proyecto que un publicista habría reservado para una exestrella de cadena, todos cintas de festival con directores en su primera o segunda película. El patrón se endureció con Novitiate, de Margaret Betts, donde encarnaba a una novicia tennesseana atrapada en el sismo del Concilio Vaticano II, una película interior sobre fe y autoridad que se estrenó en Sundance y la distribuyó Sony Pictures Classics. Ya no era el nombre de cartel. Era una actriz de carácter en sus primeros treinta que, además, había sido famosa.

Esa negativa tiene un costo. La prensa especializada deja de cubrirte cuando dejas de aparecer en lo que ella cubre. Sus reseñas indies se han leído a veces como si su seriedad sostenida fuera un proyecto en sí mismo, como si una exintegrante del elenco de Glee moviéndose en el mismo carril que Margaret Qualley o Rachel Sennott fuera nota y no oficio. Ha hablado poco del porqué del giro y el silencio se ha leído a ratos como disciplina, a ratos como evasiva. La lectura honesta está más cerca de la primera: quien rechaza un reflector a propósito ha pensado más sobre lo que rechaza que quien lo cubre.

La segunda identidad escénica es la que ordena el resto. Desde 2017 monta residencias de cabaret en el Café Carlyle del Upper East Side, la pequeña sala de jazz arriba del lobby del Hotel Carlyle, la que construyó a Bobby Short y la afición al clarinete de Woody Allen. Elige repertorio del cancionero estadounidense de los años cincuenta y sesenta, canta para menos de noventa personas por función y trata la sala como el trabajo principal, no como hobby. El Café Carlyle la reservó para su quinta temporada en la última semana de febrero de 2026 y se ha reportado que prepara un primer disco de jazz. Nada de esto pasa por el circuito que decide qué cuenta como regreso.

Sus trabajos recientes tienen la misma forma. Coprotagonizó con Tom Hughes The Laureate, un drama literario británico sobre Robert Graves y la poeta estadounidense Laura Riding; hizo de la única esposa no judía de Shiva Baby, de Emma Seligman, esa clase de comedia neoyorquina diminuta que otras compañeras de Glee nunca habrían tocado. El año pasado regresó por primera vez en una década a una serie de Ryan Murphy en TV abierta: una participación especial en un episodio de Doctor Odyssey, en ABC, como la esposa muerta del capitán de barco que interpreta Don Johnson, una sola hora trabajada con la seriedad de una película. En el otoño de 2025 terminó Flint, el western de Ryan Whitaker basado en la novela de Louis L’Amour, rodado en Montana frente a Josh Holloway. Casi a la par firmó The Gun on Second Street, una alegoría sobre la violencia armada con Sean Penn entre los productores ejecutivos.

El próximo año ofrece un dibujo más nítido que los diez anteriores. Flint tiene fecha de estreno; las funciones del Café Carlyle están a la venta; el segundo rodaje está corriendo. Una carrera construida en gran medida a base de negativas está, por primera vez en mucho tiempo, alineando sus aceptaciones en público. Si el disco aparece junto al western es la pregunta abierta. Agron, fiel a sí misma, no se ha tomado la molestia de cerrarla por adelantado.

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