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Guy Ritchie, el director que convirtió su caída en una agenda de estrenos

Molly Se-kyung

Construyó un dialecto cinematográfico del gánster londinense que nadie más sabía hablar y casi lo destruyó. Veinticinco años después, con una película que se estrena hoy y otras dos en fila, Ritchie es lo más cercano al director de planta del viejo sistema de estudios que queda en la industria. La pregunta que plantea su ritmo actual es si la velocidad es disciplina o desgaste.

La nueva película de Guy Ritchie se estrena este fin de semana en las salas de Estados Unidos, y atrás vienen otra para el otoño, una serie con segunda temporada confirmada y un proyecto con Jason Statham que lleva una década en edición y por fin está por salir. No es la cadencia de un cineasta al que alguna vez hubo que rescatar de su propia carrera. Es la cadencia de un director que decidió que el derrumbe era un problema de edición y lo trató así. El Ritchie que entra hoy a un set con Henry Cavill se ha pasado un cuarto de siglo haciéndose más difícil de sacar de una agenda de estrenos que cualquier otro cineasta británico de su generación.

Creció en Hatfield, disléxico, fue expulsado del colegio a los quince y armó su instinto de cine como lo hicieron los directores a los que más se parece: viendo demasiadas veces las películas equivocadas en la compañía equivocada. Hijo de un ex oficial y de una modelo, nacido en septiembre de 1968, llegó al cine por fuera: sin escuela, sin tutela de marca, apenas un cortometraje llamado The Hard Case y un oído prestado para cómo hablaban en realidad entre sí los criminales británicos. Juegos, trampas y dos armas humeantes apareció en 1998 y se sintió menos como un debut que como un dialecto sellado: voces encimadas, tiempo en bucle, una violencia cómica con el ritmo de un truco de cartas. Snatch: Cerdos y diamantes consolidó el vocabulario dos años más tarde. Juntas pusieron en pantalla un Londres que nadie había podido filmar.

Después vino el desplome. Se casó con Madonna, la dirigió en Swept Away y vio cómo la película y casi toda su reputación cinematográfica murieron el mismo fin de semana. Revolver, tres años después, fue peor en el único sentido que importaba: lo odió el público que lo había querido. Cuando RocknRolla salió en 2008, en la prensa especializada se daba por hecho que Ritchie era un director de un solo truco y el truco había dejado de funcionar. Lo que ocurrió después es la parte de su carrera que la mayoría de las retrospectivas subestima: no se replegó. Aceptó un encargo de gran presupuesto en Warner Bros.

Sherlock Holmes lo reinventó en 2009 como un director que podía organizar doscientos millones de dólares alrededor de dos protagonistas sin perder los movimientos de cámara que lo hacían reconocible. Sherlock Holmes: Juego de sombras lo confirmó dos años después. Operación U.N.C.L.E. es el eslabón subestimado de esa etapa: un thriller de elenco coral que fracasó comercialmente y se aprecia mejor con el tiempo. Para cuando King Arthur: Legend of the Sword reventó en 2017, llevaba acumulado suficiente crédito en Hollywood como para que el desastre no terminara con él. Aladdín, dos años después, recaudó mil millones de dólares y dejó el desastre en una nota al pie.

La frase difícil sobre Ritchie es que no es un artista de precisión. Es un director con un vocabulario que se mueve mal en ciertos registros y de manera feroz en otros. King Arthur y Revolver son la prueba de que el vocabulario tiene límites: cuando estira la cámara hacia el mito o la metafísica, se queda en cero. Las películas que funcionan son aquellas en las que la cámara puede hacer lo que sabe hacer: seguir gánsteres por un cuarto, encuadrar un primer plano de Statham, montar un atraco al compás de una canción. Las películas en disputa son aquellas en las que el estudio le pidió ser otra clase de director y él, quizá con demasiada gana, dijo que sí. Los caballeros, en 2019, fue la película en la que dejó de decir que sí. Lo devolvió a su terreno propio y reconstruyó al público.

Todo lo posterior es un proyecto de construcción. Despertando la furia, Operación Fortune y El Pacto —una trilogía con Statham en espíritu, no en nombre— sostuvieron que podía escribir y dirigir cine de género a ritmo industrial sin caer del piso competente. El Ministerio de la Guerra Sucia retomó esos instintos en una historia de la Segunda Guerra basada en archivos efectivamente desclasificados. Fountain of Youth, el año pasado en Apple TV+, le dio a Natalie Portman y un registro que no había probado. Y MobLand, la serie de Paramount+ con Tom Hardy, Helen Mirren y Pierce Brosnan, se volvió el lanzamiento global más grande de la plataforma en marzo de 2025 y se mantuvo arriba toda su primera temporada. La segunda ya terminó de filmarse y llega antes de fin de año.

La pelicula que se estrena este fin de semana, In the Grey, lo reune con Cavill y suma a Jake Gyllenhaal, Eiza Gonzalez y Rosamund Pike. Detras viene Wife & Dog, una comedia mas oscura con Pike, Benedict Cumberbatch y Anthony Hopkins, prevista para octubre. Detras de esa, Viva la Madness, una pelicula con Statham que empezo hace mas de una decada y al fin existe en una isla de edicion. Nada de esto se parece al esquema de un director que esta cerrando.

Se parece, más bien, al tipo de agenda que el viejo sistema de estudios le exigía a sus directores de planta: dos películas al año, una serie en paralelo, alguna apuesta extraña de vez en cuando. Ritchie lleva la última década sosteniendo, en el único modo en que un cineasta puede sostener una idea, que él es lo más cercano que queda en la industria a esa lógica de producción. La discusión está abierta. Es el único que la está dando a este volumen.

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