Actores

Henry Cavill, el actor que terminó produciendo las franquicias que lo iban dejando fuera

Penelope H. Fritz

Henry Cavill se pasó casi todos sus treinta convencido de que iba a ser lo siguiente, viendo cómo lo siguiente se lo daban a otro. Superman, Geralt de Rivia, en algún momento incluso James Bond: cada papel lo encontraba, lo prendía y después se le iba entre la política de un estudio y la disputa de una sala de guionistas. Lo lógico era cobrar el cheque y seguir. Él hizo algo más raro. Empezó a producir las franquicias en las que quería vivir, jalando a Amazon MGM, a Chad Stahelski, a Guy Ritchie y a Games Workshop para construirle películas alrededor de sus obsesiones en vez de rentarlo a las suyas.

La carrera comenzó por la vía británica con buenos modales: el internado en Stowe School, en Buckinghamshire; una audición temprana para el Cedric Diggory de Harry Potter y el cáliz de fuego que se le fue a otro; otra para el nuevo James Bond de Casino Royale que se la llevó Daniel Craig. Nació en Saint Helier, isla de Jersey, en 1983, cuarto de cinco hijos de un corredor de bolsa y una secretaria de banco. La prensa lo bautizó por un rato como el hombre con menos suerte de Hollywood, una etiqueta que él dice no haber sentido como propia.

El cuerpo y la mandíbula entraron primero por la puerta del cine de época: Albert Mondego en El conde de Montecristo de Kevin Reynolds, Charles Brandon en cuatro temporadas de The Tudors, Teseo en Inmortales de Tarsem Singh. Cuando Zack Snyder lo eligió para El hombre de acero, parecía un casting demasiado simétrico, demasiado literal — y ahí venía la trampa.

Por una temporada fue la franquicia. Batman v Superman: El origen de la justicia, Liga de la Justicia, el cameo que sostuvo a Black Adam, La Liga de la Justicia de Zack Snyder rearmada para streaming. Hizo de August Walker, el villano que se acomodaba los puños frente a Tom Cruise en Mission: Impossible – Fallout, y de Napoleon Solo en El agente de C.I.P.O.L. de Guy Ritchie — trabajos que dejaban ver un actor más elástico que el que la capa permitía mostrar. Después llegó Geralt de Rivia en The Witcher de Netflix y con él un reencuadre público: Cavill el nerd leal a la fuente, el actor que decía haberse leído los libros y jugado los videojuegos mejor que la sala de guion, y que no tenía empacho en decirlo.

Ese reencuadre se rompió a finales de 2022. Subió a Instagram un video celebrando su regreso como Superman después del cameo de Black Adam; semanas después el nuevo codirector de DC Studios, James Gunn, lo sentaba a explicarle que el papel se iba a un actor más joven dentro de una continuidad más joven. Gunn diría después que la plática fue terrible e injusta; Cavill pidió únicamente poder él mismo anunciar la salida. En esa misma ventana se bajó de The Witcher tras la tercera temporada — la showrunner Lauren Schmidt Hissrich habló de una decisión simbiótica; él, en entrevistas, regresaba siempre a la misma frase: fiel al material original.

La lectura crítica sobre Cavill es que su lealtad de fan se convirtió en una postura de negociación, y que las franquicias que más ama son también las que menos le exigen como actor. La salida de The Witcher no fue, según todas las versiones, un martirio creativo: fue, al menos en parte, una pelea sobre qué tanto debía parecerse la serie a las novelas, y los guionistas leyeron la sala de otro modo. Todavía no aparece un gran director que lo empuje a un papel donde se le exija algo más que convicción física y una voz baja, cuidada. La próxima década decidirá si el crédito de productor mueve ese límite o nada más lo blinda.

Lo que sí movió es la cartera. Llevó los derechos de Warhammer 40,000 a Amazon como productor y protagonista y está haciendo auditorías personales de lore sobre los guiones — cientos de líneas revisadas contra el canon de mesa. Aterrizó el reboot de Highlander en Amazon MGM con Stahelski detrás de cámara, Russell Crowe como Ramirez y Dave Bautista de Kurgan; el rodaje arrancó en Escocia en enero, después de un retraso por una lesión que él mismo sufrió en los ensayos. Es la voz principal de la Voltron en acción real para Prime Video, película que Amazon confirmó en mayo que va a saltarse las salas. Y vuelve a la cartelera este mes como Sid, el operativo británico disciplinado de In the Grey de Guy Ritchie, un thriller de atracos a dos voces con Jake Gyllenhaal que abrió en Estados Unidos el quince.

La vida fuera del set se le apretó en paralelo. Está con Natalie Viscuso, ejecutiva de cine estadounidense, desde 2021; la pareja recibió a una hija en 2025 y desde los AACTA Awards de Sídney de febrero medio confirma el compromiso. Cuenta en entrevistas que vive la mayor parte del año sin rodaje en una casa en el campo inglés, con el perro, el gimnasio y la computadora gamer que él mismo arma — una postal doméstica que su equipo de relaciones públicas no ha negado.

Por delante: Enola Holmes 3 para Netflix, donde retoma a Sherlock; el rodaje de Highlander hasta final de verano; el estreno de Voltron; y, en algún punto del calendario de Warhammer que Games Workshop dice que tomará lo que tenga que tomar, el proyecto que lleva esperando más tiempo que cualquier otro. La pregunta ya no es si puede sostener una franquicia. Es cuál de sus franquicias va a sobrevivir al hombre que las construyó alrededor de sí mismo.

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