Actores

Kate Bosworth, la actriz que se reinventó lejos de los blockbusters

Penelope H. Fritz

Durante años la pregunta sobre Kate Bosworth fue si Superman regresa había sido la puerta por la que entró o la puerta que se cerró detrás. El estudio que la eligió para Lois Lane lo hizo con base en una sola película de surf y en una presencia de mandíbula firme y mirada rara que encajaba en una plantilla de protagonista femenina que el cine ya estaba a punto de desarmar. El papel no la hizo. La marcó. La década siguiente se lee, a primera vista, como una recuperación lenta de un personaje que no le iban a dejar repetir, y a segunda vista, como el momento en que su carrera dejó de intentar ser ese personaje.

Catherine Anne Bosworth, hija única de un ejecutivo del comercio textil, pasó la infancia mudándose: Los Ángeles, San Francisco, Connecticut y por fin la costa de Massachusetts, donde terminó la prepa en Cohasset en 2001. El dato facial es la heterocromía sectorial —un fragmento avellana sobre azul en el iris derecho— que la prensa siempre menciona y que ella ha aprendido a usar como línea de marketing. El dato menos comentado es el caballo: amazona competitiva a los catorce, fue a un casting abierto en Nueva York para Horse Whisperer sin más ambición que averiguar qué se siente, y salió con un papel junto a Robert Redford. Después se tomó dieciocho meses para terminar de ser adolescente. Esa lógica —disciplina de jinete, vista en la salida— vuelve a aparecer todo el tiempo.

Olas salvajes, en 2002, fue donde aterrizó la apuesta del estudio. Entrenó siete horas diarias durante meses, sumó siete kilos de músculo y firmó un papel que pedía parecer capaz de sobrevivir a Pipeline. La película recaudó cuarenta millones y se leyó como la aparición de una estrella. Después vino Beyond the Sea (2004), el biopic de Bobby Darin dirigido por Kevin Spacey, una pieza pequeña y extraña en la que interpretó a Sandra Dee. Y enseguida Superman regresa. Veintidós años cargando con Lois Lane frente al recuerdo de Margot Kidder. La película hizo plata; sus reseñas no se las habrá colgado en el living.

Casi todos los retratos sobre Bosworth convierten el episodio Superman en una parábola sobre miscasting, como si la actriz fuera culpable de la forma del papel que le tocó. Es una lectura demasiado pulida. Lo que le pasó a Bosworth en la segunda mitad de los 2000 le pasó a una generación entera de actrices protagonistas: la desaparición del vehículo de estrella de presupuesto medio y la llegada de las armaduras de franquicia, que no contemplaban su tipo de personaje. La pregunta interesante no es por qué no sostuvo un tentpole. Es qué hizo en su lugar. Filmó 21 Blackjack con Robert Luketic. Hizo Perros de paja con Rod Lurie, un remake que no le gustó a nadie y que contiene parte de su trabajo más comprometido. Hizo Anna en Siempre Alice, apoyando el Óscar de Julianne Moore. Empezó a producir, incluida The I-Land, la miniserie de Netflix que también protagonizó. El giro no fue elegante, pero fue real y fue suyo.

El presente lee como un matrimonio y un subgénero entrando en foco al mismo tiempo. Después de ocho años casada con el director Michael Polish —se conocieron en Big Sur, la adaptación de Kerouac que él dirigió, y firmaron el divorcio en marzo de 2023— se transformó en protagonista de terror junto a Justin Long, con quien coincidió por primera vez en Barbarian de Zach Cregger y que es ahora su marido. Se casaron sin alharaca en el Rockaway Hotel de Queens en mayo de 2023; en julio de 2025 trascendió, vía Page Six, la llegada de una hija por gestación subrogada. La pareja se ha vuelto una pequeña franquicia en pantalla: primero House of Darkness, después Coyotes, la comedia de terror que se estrenó en Fantastic Fest en septiembre de 2025 y llegó a las salas estadounidenses el 3 de octubre del mismo año vía Aura Entertainment. Coyotes es, a su manera, el mejor argumento para la carrera que Bosworth fue armando: una película de género a dos voces que no habría podido hacer a los veintidós, con un compañero que no había forma de prever, en un tono que le sienta.

Lo que Bosworth parece haber entendido es lo más útil que una actriz en su posición puede entender: que el marco de gran protagonista que le vendieron al principio era un artefacto industrial, no una vocación. El trabajo de ahora es más chico, más raro y más suyo. Lo próximo que haga no va a ser un tentpole. Probablemente sea mejor que uno.

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