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Nicola Coughlan: la cara de Bridgerton que no se queda callada

Penelope H. Fritz

En el set de la cuarta temporada de Los Bridgerton corre una broma. Coughlan, rubia natural, lleva años usando peluca pelirroja para encarnar a la pelirroja Penelope Featherington. En una trama de esta temporada el personaje aparece rubio, así que tuvo que poner una peluca rubia sobre su propio pelo. Ella lo llama wig inception, peluca dentro de peluca. Es una imagen pequeña y precisa del lugar que ocupa: una irlandesa que interpreta a una inglesa que interpreta a la columnista de chismes más famosa de la Regencia, en la ficción romántica más vista del planeta, sin usar ninguna de esas capas como escondite cuando apaga la cámara.

Es la menor de cuatro hermanos. Creció en Oranmore, a las afueras de Galway, en una casa donde el padre había servido con el Ejército irlandés como casco azul en Medio Oriente y la madre cuidaba de los hijos. A los cinco años decidió que quería ser actriz viendo a una hermana en una obra de la escuela. La parte que prefiere no contar es la década que vino después: terminó Filología Inglesa y Civilización Clásica en la universidad de Galway, se entrenó en la Oxford School of Drama y en Birmingham, regresó a Irlanda, se puso a trabajar en una óptica y empezó a temer que el plan no funcionaba. Tenía casi treinta cuando contestó a un casting abierto y se quedó con el papel principal de Jess and Joe Forever en el Orange Tree de Richmond, que pasó al Old Vic. Lo silencioso de su biografía es esa pausa larga, ingrata, antes de la primera puerta.

Derry Girls llegó un año después. La sitcom de Lisa McGee sobre adolescentes católicas en el Derry de los últimos años del conflicto la convirtió, como la siempre asombrada Clare Devlin, en cara reconocible de Channel 4 y, cuando la serie aterrizó en Netflix, en cara internacional. El papel le entregó el registro cómico que conserva: un pánico chiquito y temblón, el sonido de una persona pequeña entregándose a una emoción al volumen máximo. Los Bridgerton le ofrecieron lo opuesto. Penelope Featherington empezó como una violeta de pared con un secreto; en la tercera temporada, la que Shonda Rhimes armó alrededor de su historia con Colin, era el centro de la serie y Coughlan empezó a aparecer en las portadas que la industria reserva para sus caras Netflix.

Lo que ha hecho entre medias se ha negado a acomodarse. Big Mood, la comedia de Channel 4 que Camilla Whitehill escribió para ella, le permitió encarnar a Maggie, una maestra cuyo diagnóstico de trastorno bipolar empuja una amistad a aguas hondas, y le ganó una nominación BAFTA y el TV Choice a Mejor Interpretación Cómica en 2025. Apareció como Diplomat Barbie en la Barbie de Greta Gerwig, como Joy Almondo en el especial de Navidad de Doctor Who de Russell T Davies y como la sucia y dichosa forajida Humble Joan en Seize Them! de Curtis Vowell. Esa cadena de elecciones, mirada entera, funciona como negativa deliberada a permitir que Penelope Featherington sea toda la respuesta a la pregunta de quién es.

Esa negativa explica también que sea, en este momento, la cara más incómoda del catálogo de prestigio costumbrista en streaming. Desde 2023 Coughlan ha criticado pública y repetidamente la actuación israelí en Gaza: ha juntado fondos por Instagram, ha llevado el pin de Artists4Ceasefire, firmó cartas pidiendo el alto el fuego y compartió tarima con Laura Whitmore en el concierto Together For Palestine en Wembley. Le ha dicho a Variety y a Grazia que le advirtieron, sin matices, que la postura podía costarle el trabajo en Estados Unidos. Lo cuenta y, en la misma conversación, recuerda que el servicio de su padre como casco azul en Jerusalén y Siria en los setenta es algo que carga en los huesos y que no piensa convertir esa herencia en silencio. Desde que se emitió la temporada Polin ha sido también una de las voces más firmes contra los comentarios sobre su cuerpo que llegaron junto al éxito: no se ha disculpado por su forma en una serie que se vende, justamente, como celebración de los cuerpos que mira. La crítica política, el activismo y la negativa a dejarse remodelar son la misma frase.

En 2025 y 2026 volvió al teatro. Aceptó el papel de Pegeen Mike en el montaje del National Theatre de El farsante del mundo occidental de John Millington Synge, dirigido por Caitríona McLaughlin, directora artística del Abbey de Dublín. La función ocupó el Lyttelton de diciembre a fin de febrero y la prensa lo trató como acontecimiento: la protagonista de Los Bridgerton sosteniendo una revisión central del canon irlandés, en Londres, con Siobhán McSweeney de Derry Girls a su lado. El National Theatre Live lleva esa función a las salas el 28 de mayo. La quinta temporada de Los Bridgerton, en rodaje, la usará a cuentagotas: ella misma confirmó que su presencia será reducida para dejar respirar a los demás proyectos.

Algunos de esos proyectos ya tienen nombre. Channel 4 anunció I Am Helen, un drama que protagonizará, situado en la manosfera contemporánea y escrito desde una perspectiva femenina, con Joe Cole, de Peaky Blinders, enfrente: un terreno mucho más filoso que cualquiera de los que ha pisado hasta hoy. Big Mood ya tiene continuación; Los Bridgerton siguen sin ella en primer plano; el National Theatre es el tipo de marca que cambia la conversación sobre qué clase de actriz se le permite ser. Lo que venga, lleva cinco años demostrando en silencio que es ella la que elige.

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