Actores

Sigourney Weaver, la actriz que convirtió a Ripley en una pregunta y no en una respuesta

A los 76 años, después de una adolescente na'vi en Avatar, un Próspero masculino en el West End y una coronel de la Nueva República en The Mandalorian and Grogu, la mujer que inventó a la protagonista moderna de la ciencia ficción sigue rechazando la versión cómoda de sí misma.
Penelope H. Fritz

El personaje carga tanto significado que la crítica lleva cuarenta y siete años usándolo como sustantivo. Ripley —la oficial de guardia que sale viva de los restos del Nostromo y se niega a morir por la comodidad de nadie— se volvió la unidad de medida de cierta presencia femenina en pantalla. La actriz que la construyó pasó las décadas siguientes asegurándose de que esa unidad no se petrificara. Sigourney Weaver no tiene un museo dedicado a Ellen Ripley. Tiene una serie de pequeños desvíos deliberados que la alejan de ella.

El más reciente es el más improbable. En The Mandalorian and Grogu, en cines desde el 22 de mayo, Weaver interpreta a la coronel Ward de los Adelphi Rangers de la Nueva República, ex piloto rebelde que manda al mandaloriano de Pedro Pascal a una misión en el Outer Rim. Nunca había trabajado en Star Wars. Tiene 76 años. Su única condición para aceptar el papel, contó a la BBC, fue tener una escena con Grogu: o compartía cuadro con Baby Yoda o no tenía sentido estar ahí. Jon Favreau le escribió una en la que el pequeño le intenta robar la comida.

Susan Alexandra Weaver nació en Manhattan, hija de Pat Weaver —el ejecutivo de NBC que inventó The Today Show y dirigió la cadena a mediados de los cincuenta— y de la actriz inglesa Elizabeth Inglis. A los catorce años, ya con su estatura definitiva de un metro ochenta, decidió que Susan era un nombre demasiado corto para su cuerpo y tomó Sigourney de un personaje menor de El gran Gatsby. Estudió letras inglesas en Stanford y pasó después por la Yale School of Drama, donde coincidió con Meryl Streep y Christopher Durang, y donde estuvo en The Frogs, el musical de Stephen Sondheim, en 1974. Dos años más tarde, una frase en Annie Hall: es la cita de Alvy Singer a la entrada del cine, apenas tres segundos en pantalla.

Cuando Ridley Scott la convocó para interpretar a la oficial del Nostromo, todo lo demás de los setenta dejó de importar. Lo que hizo Alien, el octavo pasajero, y siete años después Aliens: El regreso con dirección de James Cameron, fue sostener que una mujer podía cargar una película de terror y una de acción sin terminar siendo ni la víctima final ni el interés romántico del protagonista. Ripley cargaba ella sola el lanzagranadas. Weaver consiguió una nominación al Óscar por la secuela: décadas después sigue siendo la única candidatura a mejor actriz por una película de género que la mayoría de la crítica recuerda sin buscarla.

Y se negó a quedarse ahí. Los cazafantasmas, en 1984, la usó como contrapunto cómico de Bill Murray. En 1988 acumuló dos nominaciones al Óscar en la misma ceremonia: mejor actriz por Gorilas en la niebla, de Michael Apted, y mejor actriz de reparto por Secretaria ejecutiva, de Mike Nichols, la comedia de oficina donde interpreta a la jefa que le roba la idea a su secretaria. Perdió las dos estatuillas la misma noche y ganó los Globos de Oro correspondientes. La década siguiente la pasó con autores: Roman Polanski en La muerte y la doncella en 1994, Ang Lee en La tormenta de hielo en 1997 —ahí llegó el BAFTA—, Jean-Pierre Jeunet en Alien: resurrección y Dean Parisot en Héroes fuera de órbita, la película que sostiene sin avisar que también es una gran actriz cómica.

El Óscar que nunca recibió es el lugar común sobre su trayectoria. No es lo interesante. Lo interesante es lo que hizo con la certeza de no ganarlo. Después de 1988 dejó de competir por los papeles de prestigio y empezó a aceptar partes que otras actrices de su rango no habrían tocado: la madre de Héroes fuera de órbita cuyo único chiste es que un alien le digiere el vestido; la narradora moralmente ambigua del Avatar de James Cameron; la actriz de mediana edad que aceptó, catorce años después, interpretar a una adolescente na’vi de catorce años en captura de movimiento para Avatar: El camino del agua y otra vez para Avatar: Fuego y ceniza. El argumento de Cameron —que la tecnología ya permite actuar con la cara independientemente del cuerpo que la sostiene— necesitaba un caso de prueba; Weaver aceptó serlo. La crítica se entretuvo con la escena del beso con Jack Champion. No vio que el experimento funcionaba.

El otro giro tardío fue el teatro. En diciembre de 2024 abrió, en el Theatre Royal Drury Lane de Londres, la versión de La tempestad de Jamie Lloyd interpretando a Próspero, papel históricamente reservado a un actor sénior masculino. Fue su debut en el West End. También fue el primer Shakespeare programado en Drury Lane desde que Peter Brook dirigió a John Gielgud en la misma obra en 1957. Recibió el Goya Internacional de 2024 y el León de Oro a la Trayectoria del 81º Festival de Venecia ese mismo año. Los premios honoríficos suelen funcionar como señal de salida. El suyo llegó en medio de un calendario que incluía un thriller para Apple TV+, un debut en Star Wars, una nueva entrega de Avatar y el regreso confirmado como narradora de Avatar 4, prevista para 2029.

Weaver se casó con el director teatral Jim Simpson en 1984 y tienen un hijo, que da clases en la Columbia University School of the Arts. Es presidenta honoraria del Explorers Club y patrona desde hace décadas del Dian Fossey Gorilla Fund, el trabajo que la llevó a Ruanda en 1987 y que sobrevivió a la película que la mandó allí. Habla de su propia carrera con la perplejidad leve de quien sigue sorprendida de poder vivir de esto.

Lo que viene no es, como suele ocurrir con ella, un cierre ordenado. Phoebe Waller-Bridge anunció en enero que Weaver tomaba un papel clave en la adaptación de Tomb Raider para Amazon, junto a Jason Isaacs. Avatar 4, prevista para 2029, va a estar narrada por Kiri, el papel que ya interpretó en tres películas y al que volverá en dos más. La actriz que inventó a Ellen Ripley en 1979 lleva medio siglo rechazando la versión cómoda de sí misma que el sistema le ofreció una y otra vez. Por lo que se ve, no piensa dejar de rechazarla.

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