Análisis

Perdimos el miedo a hablar de salud mental y ahora todo es trastorno

Molly Se-kyung

En algún punto de la última década, «la estoy pasando mal» se volvió «estoy lidiando con mi salud mental». El cambio pareció un avance, y en gran parte lo fue. Quien antes sufría callado descubrió que aquello tenía nombre, que había un vocabulario para sostenerlo y un lugar adonde llevarlo. Pero ese vocabulario hizo otra cosa que nadie votó: corrió la frontera entre una mala semana y un trastorno, y buena parte de una generación quedó del lado clínico de esa raya.

Es la tesis incómoda que hoy avanza desde el borde de la psicología hacia su centro. Una revisión reciente en Nature Reviews Psychology, encabezada por la investigadora de Oxford Lucy Foulkes, reúne la evidencia experimental de lo que ella y su equipo llamaron la hipótesis de la inflación de prevalencia: la idea de que concientizar no solo detecta más malestar, sino que en ciertos casos lo produce. Para MCM la evidencia convence, y no es una condena de la concienciación. Es la cuenta que llega cuando algo funciona demasiado bien.

Y le toca a usted, no solo a los especialistas, porque la nueva etiqueta no se queda en las palabras. Si tiene menos de cuarenta, aprendió a vigilar su clima interno con instrumentos clínicos. Un martes plano se vuelve un episodio depresivo. Los nervios antes de exponer se vuelven un trastorno de ansiedad. El roce normal de existir se acomoda en casillas, y cuando una emoción tiene nombre clínico, uno la trata como una condición que tiene y no como un estado que va a pasar.

Ese giro en la propia identidad es lo que la investigación no deja de rodear. Leer la dificultad normal como patología cambia la conducta, y la conducta cambiada puede agravar el mismo síntoma que la encendió. La adolescente que decide que su timidez es fobia social deja de hacer las pequeñas cosas que la aliviarían. La evitación se siente como autocuidado y funciona como jaula. La etiqueta, pensada como linterna, termina siendo la arquitectura del cuarto.

Nada de esto es nuevo en su naturaleza, solo en su escala. Hace una década el psicólogo Nick Haslam describió la expansión conceptual: el avance de palabras como trauma, daño o abuso hacia experiencias cada vez más leves. Antes, Allan Horwitz y Jerome Wakefield sostuvieron en La pérdida de la tristeza que la psiquiatría moderna había vuelto la tristeza normal, la que sigue a una pérdida y cede sola, un trastorno que pide tratamiento. La concienciación no inventó la confusión: las plataformas la subieron a una cinta y le pasaron los controles a cualquier chico de catorce.

La cinta se ve girar. Un video abre con «cinco señales de que tenés TDAH sin diagnosticar», enumera rasgos que describen a casi cualquiera una tarde de cansancio y cierra con alguien que vende un curso en vez de tener una licencia. Los estudios del contenido más visto sobre salud mental encuentran una y otra vez que la mayoría es engañoso o simplista, y que muchos espectadores se van convencidos de tener una condición que el video no estaba en condiciones de diagnosticar. El algoritmo no premia la exactitud. Premia el reconocimiento, ese chispazo de verse nombrado, y el reconocimiento es justo lo que antecede a un autodiagnóstico.

Hay que decir la versión más fuerte del otro lado, completa y no como muñeco de paja. Durante casi toda la historia lo habitual no fue el sereno autoconocimiento. Fue el silencio, la vergüenza y gente ahogándose sin ruido porque nadie le había dado una palabra ni una puerta. La concienciación terminó con mucho de eso. Sacó la depresión y la idea suicida de la oscuridad, le dijo a millones que lo que sentían era real y tratable, y los llevó a consultas donde había ayuda. Frente a eso, preocuparse por los «sanos preocupados» puede sonar a alguien cómodo pidiéndoles a los asustados que bajen la voz.

La objeción es seria, y la respuesta no es devolver el péndulo al silencio. La respuesta es precisión. El problema no es que hablemos de salud mental. Es que extraviamos las palabras para todo lo que la salud mental no es. Tenemos un vocabulario clínico riquísimo y uno común famélico. El duelo, la angustia, la soledad, la inquietud, una racha de semanas que sencillamente caen mal: no son síntomas a la espera de un diagnóstico. Son la textura de una vida, y una cultura que solo sabe nombrarlos en lengua de enfermedad perdió algo que va a extrañar.

El costo no se reparte parejo. Las personas con trastornos graves y reales, para las que se hizo la concienciación, son las que quedan apretadas cuando las listas de espera se llenan de un malestar que iba a ceder solo. Cuando todo es trastorno, la palabra deja de pesar, y quien de veras no puede levantarse de la cama espera más detrás de quien atraviesa una quincena difícil. La inflación devalúa la moneda. Vale para el lenguaje igual que para el dinero.

Conviene ser honestos sobre por qué seduce la etiqueta, porque el atractivo es real y no da vergüenza. Un diagnóstico te explica ante vos mismo. Vuelve razón la vaga sensación de no llegar, te da una comunidad que habla tu dialecto de la dificultad y a veces destraba apoyos que un simple bajón jamás daría. Nada de eso es fraude. Es lo que hace tan difícil sostener la línea, porque el marco clínico hace algo por la persona aun cuando el hecho clínico no está. Cualquier corrección honesta tiene que ofrecer la versión común de ese consuelo, no solo sacar la médica.

Lo que la investigación señala no es una retirada sino una corrección, y además enseñable. Una educación breve y honesta sobre cómo opera la sugestión, sobre la diferencia entre un sentimiento difícil y una condición clínica, parece amortiguar la falsa alarma sin empujar a nadie de vuelta a la vergüenza. La meta es una generación bilingüe en los dos registros: capaz de nombrar una enfermedad real sin temblar y capaz de bancar una mala semana común sin abrir un expediente.

Así que la tarea de hoy es casi la inversa de la que se propuso la concienciación, e igual de urgente. El primer trabajo fue enseñar que cierto sufrimiento es enfermedad y merece tratamiento. El segundo es recordar que la mayoría no lo es, y merece otra cosa: tiempo, amigos, sueño, movimiento y la vieja idea de que el dolor puede ser real sin ser una condición. No todo cuarto oscuro es un diagnóstico. Algunos son apenas cuartos, y la luz vuelve cuando uno deja de rebautizar la oscuridad.

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