Actores

John Krasinski, el galán de sitcom que aprendió a hacer callar a la sala

Penelope H. Fritz

La pregunta que de verdad importa con John Krasinski nunca ha sido si sostiene una escena. Es qué hace cuando la cámara se va. Pasó ocho años siendo Jim Halpert en The Office, levantando un personaje a punta de miradas a una cámara documental que no existía, y luego usó ese capital para armarse una carrera como director cuyo gesto fundacional es pedirle a sus actores que se callen. Un lugar en silencio deja correr treinta y ocho minutos antes de la primera palabra. Dos décadas después del coqueteo a fuego lento de Pam y Jim, Krasinski es el nombre detrás de una saga de horror que penaliza el sonido y de una serie de Tom Clancy que acaba de dar el salto inusual del prestigio televisivo a un largometraje de Prime Video que él mismo coescribió. La carrera ya tiene forma. La forma es paciente.

John Burke Krasinski creció en Newton, Massachusetts, el menor de tres hermanos en una casa donde su mamá era enfermera y su papá médico internista. La primera señal del camino fue una función escolar de Annie en sexto grado, donde él hizo de Daddy Warbucks. En el Newton South High compartió aula con B. J. Novak, quien años después se sentaría dos escritorios atrás en Dunder Mifflin; los dos protagonizaron una pieza satírica que Novak escribió en su último año. Antes de Brown, Krasinski pasó seis meses dando clases de inglés en Costa Rica. Se graduó en 2001 en literatura inglesa con una tesis de dramaturgia dirigida por Paula Vogel. La apuesta por la escritura ya estaba hecha cuando todavía no podía darse el lujo.

Los años neoyorquinos que siguieron fueron lo de siempre: meseras que servir, guiones ajenos que leer y papelitos televisivos de una sola frase que pagan la renta sin explicarse. La audición para The Office llegó en 2004, después de que Krasinski hubiera leído el guion y decidido que era lo mejor que había caído en sus manos. Cuenta que les pidió a los productores, en esa misma reunión, por favor no lo arruinen. La serie corrió nueve temporadas. Jim Halpert no era el más ruidoso del elenco ni el más citado, pero sí el centro emocional del público, y esa inversión se tradujo, con los años, en un capital que pudo gastarse en otra parte.

Su primer intento como director fue Brief Interviews with Hideous Men, en 2009, una adaptación del libro más espinoso de David Foster Wallace, el tipo exacto de proyecto que se elige para señalar ambición a costa del mercado. Pasó por Sundance y se quedó en un público pequeño que respetó la apuesta. The Hollars, en 2016, fue una segunda película familiar y discreta. El giro que el gran público notó vino ese mismo año, cuando Michael Bay lo escogió como protagonista de 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi, una reconstrucción en tiempo real del ataque de 2012 a un complejo de la CIA, donde Krasinski, con barba y diez kilos arriba, no se parecía ni se movía como Jim Halpert. Bay venía de Transformers. Krasinski tomó el papel como un corte limpio.

Después llegó el proyecto que nadie podría haberle pitcheado si él no se hubiera animado: una película de terror cuyo chiste central es que los personajes no pueden hablar. Un lugar en silencio era un encargo de Paramount que él reescribió y terminó dirigiendo porque Emily Blunt —para entonces su esposa y madre de sus dos hijas— leyó la última versión y le dijo que necesitaba interpretar a Evelyn ella misma. La cinta costó diecisiete millones, recaudó trescientos cuarenta a nivel mundial y se llevó una nominación al Óscar a mejor edición de sonido en una categoría dominada por películas mucho más ruidosas. Un lugar en silencio: Parte II llegó en 2021. Las dos juntas lo convirtieron en un director cuyo nombre vende boletos, un resultado raro para alguien cuya línea de crédito original era un personaje de sitcom.

La crítica viene insistiendo en que Krasinski es demasiado simpático para su propio bien. Es generoso en entrevistas, agradecido con sus equipos, fotogénico de un modo que hace a las revistas recurrir al adjetivo cualquiera-podría-ser-su-amigo. People lo nombró Hombre más sexy del mundo en 2024, un reconocimiento que halaga y minimiza al mismo tiempo. El estreno de Amigos imaginarios ese mismo mayo —híbrido de animación y acción real sobre una niña que ve a los amigos imaginarios olvidados de los demás, con Ryan Reynolds compartiendo cartel— recibió críticas más educadas que el presupuesto pedía. Variety usó la palabra atropellada. Quienes lo aceptaban como protagonista de Tom Clancy y como autor de horror seguían sin ubicar la versión Amigos imaginarios del mismo intérprete. El problema, en esas reseñas, era siempre el mismo: cambia de registro más rápido de lo que la imagen pública canónica logra ajustarse.

Lo que estaba haciendo en esa ventana se lee mejor ahora. Sunday Night Productions, la compañía que fundó en 2013, lleva una década acumulando en silencio el tipo de catálogo que le permite a una estrella apostarle a sus propios proyectos. Jack Ryan, la serie, corrió cuatro temporadas en Prime Video hasta 2023 y lo convirtió en el Ryan más longevo en pantalla desde el Alec Baldwin original. Fue productor ejecutivo en las cuatro entregas. Después, junto a Noah Oppenheim, escribió la historia para una versión cinematográfica y firmó el guion definitivo con Aaron Rabin: lo que ahora se llama Jack Ryan: Ghost War. Estrena en Prime Video el 20 de mayo de 2026. La dirige Andrew Bernstein, regresan Wendell Pierce y Michael Kelly, y se suma Sienna Miller como Emma Marlowe, una operativa del MI6 que es la aliada más pareja que el Ryan de pantalla ha tenido. Krasinski ha dicho abiertamente que querría seguir.

John Krasinski

Vive en Brooklyn con Blunt y sus hijas Hazel y Violet, ambas criadas alrededor de rodajes y, hasta ahora, ajenas a la conversión de esa cercanía en titular. Some Good News, el programa de YouTube que lanzó desde su oficina en casa en marzo de 2020 y del que se desentendió cuando ViacomCBS lo compró, fue el único momento público en que la línea entre actor y marca se borró por completo. Lo trató como un escritor trata un cuaderno terminado: lo cerró y siguió. El patrón de alguien a quien le gusta más fabricar que mantener resulta, a estas alturas, coherente a lo largo de dos décadas.

Ghost War es la apuesta que se enciende en la marquesina este miércoles. Si funciona, la próxima película de Jack Ryan llegará probablemente con el nombre de Krasinski en el guion antes que con su cara en el tráiler, que es el giro hacia productor para el que la carrera lleva años preparándose. Si no funciona, vuelve a dirigir el siguiente proyecto que la buena voluntad de The Office le compre el derecho a dirigir. Las dos salidas son aprovechables. Esa es la forma en que la versión paciente de una carrera en Hollywood se ve desde adentro.

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