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Carísima en Netflix: la Argentina exporta a la única clase social que la recesión no tocó

Una crisis de cumpleaños con un psicópata de varias personalidades a la puerta no es el tema. El tema es un estudio de personaje de catorce años entrando al algoritmo que distribuye Wednesday
Martha Lucas

Una reina del streaming a punto de cumplir treinta años amanece convencida de que se va a morir de irrelevancia, y entre los escombros de su planificación de fiesta entra un desconocido que responde a tres nombres distintos. El chiste es que ninguno de esos derrumbes es el verdadero. El verdadero es que la mujer que está teniendo la crisis la tiene desde hace catorce años, en otro formato, en otro canal, interpretada por un hombre que tampoco está exactamente haciendo de hombre que hace de mujer.

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Caro Pardíaco es el estudio de personaje más afinado de la comedia argentina contemporánea. Es la hija de un empresario sin nombre que vive en los barrios acomodados del norte de Buenos Aires, tiene toda la plata que el país ya no tiene y trata a Twitter como las generaciones anteriores trataban al confesionario: como un lugar donde dejar certezas morales y sentirse momentáneamente más liviana. Julián Kartún, guionista y músico de cuarenta y un años, la viene encarnando desde los primeros sketches de Cualca que Malena Pichot hizo desde la sala de guionistas de Diego Capusotto, alrededor de 2011 y 2012. El personaje pasó por la sátira de televisión abierta, por YouTube y por las salas chicas del stand-up porteño antes de aterrizar todos los miércoles en Olga, el canal de streaming que Migue Granados fundó en 2023, donde Kartún aparece caracterizado y vuelve al chat tendencia antes del mediodía.

Lo que Netflix encargó no es una comedia de influencers. Es un estudio longitudinal de catorce años sobre una sola clase social argentina, escalado a una arquitectura corta de diez por diez minutos importada del canal de streaming que demostró que el formato sirve. La arquitectura oculta de la serie es que Caro regresa fingiendo ser nueva. Cada capítulo importa el conocimiento previo de quien la mira: el registro de cheta de Zona Norte, el activismo insoportable de Twitter, la premisa de hija de empresario, la cadencia exacta con la que Kartún quiebra la voz a mitad de frase cuando ella está a punto de decir algo que sabe que está mal. La duración de diez minutos no es una decisión de presupuesto: es el tiempo cognitivo de un monólogo de personaje. Llevarla a veintidós minutos la mataría — el formato es el metabolismo del personaje.

Los directores son Nano Garay Santaló y Federico Suárez, los dos venidos del propio pipeline de Olga. La sala de guion la conforman el propio Kartún junto con Julián Lucero, Mariano Rosales y Garay Santaló, con Pichot como asesora de guion — cerrando el arco que se abrió cuando ella lo contrató para escribirle hace quince años. Charo López y Gastón Pauls aportan peso de televisión clásica por los bordes. El crédito más revelador es el del filósofo Darío Sztajnszrajber, cuya presencia en una comedia de personaje de diez minutos avisa que el equipo se toma su propio registro más en serio de lo que la superficie reconoce. La firma de Kartún como actor es el mantenimiento de la voz: viene sosteniendo la misma frecuencia, la misma entonación y el mismo catálogo de muletillas durante catorce años sin permitir que el personaje se endurezca en imitación.

El terreno político por debajo es lo que le da peso al chiste. La Argentina está en el segundo año del programa de ajuste de Milei. La televisión abierta lleva recortando presupuestos de comedia desde antes de que empezara la recesión, por lo cual Olga, Luzu y Gelatina existen en primer lugar — no como experimentos digitales sino como los únicos lugares donde a las y los guionistas de personaje todavía les pagan. Caro Pardíaco, una comedia construida sobre la proximidad de clase a una familia de Zona Norte que sobrevivió a todo lo que el país no sobrevivió, se volvió el segmento más visto del streaming argentino en un momento en el que el público que la miraba ya no podía pagar los departamentos en los que ella vive. La risa no es contra ella. Es de reconocimiento: esta es la única clase social argentina todavía solvente como para ser exportable.

La genealogía del personaje atraviesa la tradición argentina de comedia de personaje que va de Tato Bores a Doña Manuela de Antonio Gasalla y a Pomelo, Bombita Rodríguez y Jesús de Laferrere de Capusotto — intérpretes varones encarnando tipos sociales hiperespecíficos como motor cómico. Lo que Caro hereda de esa tradición es la idea de que un solo personaje, plenamente realizado, puede sostener horas de transmisión nacional. Lo que rompe es que es la primera del linaje en hacer el salto de la TV abierta a YouTube y de ahí a la programación semanal en canal de streaming sin perder la identidad del personaje. Capusotto necesitó la televisión para escalar. Caro escaló primero en Olga, y Netflix es la tercera plataforma que aloja la misma actuación.

El formato es el segundo argumento. Diez episodios de diez minutos en formato horizontal es el primer encargo corto que Netflix hace en Argentina, y la plataforma lo está usando para probar si la gramática del canal de streaming — ritmos cercanos a lo vertical, estructura de personaje, supuesto de que el público ya conoce a la protagonista antes del episodio uno — puede trasladarse a producto Netflix listo para maratón sin perder lo que la hacía funcionar en Olga. Los públicos que lleguen esperando una hora de evasión estilo Bridgerton se van a encontrar mirando un estudio satírico de clase con subtítulos. Los que lleguen esperando contenido tipo Olga van a encontrar a Olga comprimida a las convenciones de Netflix, con el bucle del chat reemplazado por una emisión en una sola dirección. Ninguno de los dos públicos obtiene exactamente lo que esperaba, y ese es el punto.

Lo que la serie no puede resolver es si la sátira argentina se volvió bien de lujo. El público de Caro Pardíaco ahora son las y los suscriptores internacionales de Netflix, no las y los porteños que la volvieron viral. La clase que ella encarna va a mirar la serie sin sentirse aludida, porque la distancia siempre fue parte del chiste. La clase que reconocía la sátira la va a encontrar envuelta en algoritmo, rodeada de Squid Game y Wednesday — una categoría llamada comedia argentina más que la broma interna que era. La pregunta que la serie abre y no cierra es qué le pasa a un personaje satírico cuando deja de compartirse y empieza a licenciarse.

Carísima se estrena en Netflix en todo el mundo el 20 de mayo de 2026. Diez episodios de diez minutos cada uno, en formato horizontal, producida por Labhouse y Olga, dirigida por Nano Garay Santaló y Federico Suárez, escrita por Julián Kartún, Julián Lucero, Mariano Rosales y Nano Garay Santaló con Malena Pichot como asesora de guion, protagonizada por Julián Kartún, Alex Pelao, Iara Portillo, Julián Doregger y Anita B Queen

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