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Quentin Tarantino, el autor que por fin dejó la cámara en otras manos

Penelope H. Fritz

Durante treinta años el chiste fácil era que Quentin Tarantino dirigía hasta las comas de sus propios guiones. La imagen era el director con fetiche de pies, banda sonora ya cortada en la cabeza, lista de referencias más larga que el plan de rodaje. El plan de diez películas era la teoría del autor convertida en cuenta regresiva.

Esa imagen no es la del 2026. La próxima película salida de un guion suyo, Las aventuras de Cliff Booth, la está filmando David Fincher para Netflix; es la primera vez en tres décadas que un guion original de Tarantino se le entrega a otro director. Lo único que él va a dirigir ahora es una farsa de capa y espada para el West End londinense, The Popinjay Cavalier. Y de paso aparece como actor de reparto en Only What We Carry, una película pequeña de Jamie Adams con Simon Pegg y Charlotte Gainsbourg. El argumento de las diez películas, cuidadosamente cultivado, se ha vuelto, sin ruido, otra cosa más interesante.

Quentin Jerome Tarantino se crio en Los Ángeles con su madre, Connie McHugh, mitad cheroqui y mitad irlandesa, administradora de hospitales que lo dejó ver las películas equivocadas a la edad correcta. No hubo escuela de cine. La formación pasó detrás del mostrador de Video Archives, un videoclub de Manhattan Beach donde él y Roger Avary se pasaron los últimos años ochenta recomendando a Jean-Pierre Melville a clientes que entraban buscando Arma mortal. El local se hizo famoso después por quienes pasaron por allí; mientras estuvo abierto fue, sencillamente, un aprendizaje largo y gratis.

Llegó dos veces. La primera en Sundance, con Perros de reserva, una película de atraco que escondía el atraco y ponía la charla por delante. La segunda en Cannes dos años después, cuando Tiempos violentos ganó la Palma de Oro y dejó a casi todos los guionistas independientes estadounidenses de la década siguiente sonando un poco como él. La Academia le dio el Óscar al mejor guion original; Bruce Willis sacó un reloj del trasero de un canguro; Uma Thurman recuperó el pulso con una aguja al corazón. La película sobrevivió a sus propios imitadores, que es la prueba dura.

Lo que siguió era más difícil de parodiar. Jackie Brown, su adaptación de Elmore Leonard, dejaba la violencia fuera de plano y a Pam Grier escuchando a los Delfonics. Las dos Kill Bill: Volumen 1 y Kill Bill: Volumen 2 reordenaron el cine de samuráis y de venganza de Hong Kong con la cámara de Robert Richardson y el montaje de la difunta Sally Menke. Bastardos sin gloria reescribió el final de la Segunda Guerra Mundial alrededor de un monólogo de Christoph Waltz, que terminó ganando dos Óscar bajo su dirección. Con Django sin cadenas llegaron el segundo Óscar al guion y una discusión pública con Spike Lee sobre la única palabra del libreto que les importaba a los dos.

No conviene apartar la vista de esa discusión. El uso del insulto racial en su cine ambientado en comunidades afroamericanas es la línea que sus críticos no le perdonan, y su defensa —fidelidad de época, voz del personaje— es la línea que él no se mueve. Los 8 más odiados se filmó en 70mm Ultra Panavision para recordarle a un espectador entrenado en pantallas chicas qué era exactamente un cuadro ancho. Había una vez en… Hollywood, su último largometraje dirigido, sumó diez nominaciones al Óscar y le dio a Brad Pitt la estatuilla de reparto interpretando a un doble de acción que quizá mató a su esposa; la escena más conmovedora es una niña diciéndole a un actor que ha estado bien.

Después, cinco años en silencio. Se casó con la cantante israelí Daniella Pick, tuvo dos hijos, repartió la vida entre Los Ángeles y Tel Aviv, programó copias en 35mm en el New Beverly Cinema, escribió una novelización de su propia película de Hollywood y luego un libro de ensayos, Cinema Speculation, que explicó con más claridad que ninguna de sus entrevistas qué hacía exactamente el cine norteamericano de los setenta. Anunció The Movie Critic como la décima y última película; en 2024 la canceló. El director más disciplinado de su generación se topó con un muro que la disciplina no podía resolver.

La salida que ha encontrado es el trabajo del 2026. Entregar Cliff Booth —secuela ambientada en 1977 con Pitt y Timothy Olyphant retomando a sus personajes— a David Fincher no es una derrota creativa: es un ajuste de autoría. El guionista-director que nunca delegó ha decidido que lo que el proyecto necesita es la composición visual de otro. Tomar una obra de teatro, una comedia de capa y espada titulada The Popinjay Cavalier, es más sorprendente, porque el teatro es la sala donde su storyboard sirve de poco y los actores reinterpretan los diálogos seis noches a la semana. Está también la serie en blanco y negro sobre la mafia de los años treinta que prepara con Sylvester Stallone, filmada en cámaras de la época: la apuesta cinéfila que solo se atreverían a hacer ellos dos.

The Popinjay Cavalier se estrena en Londres a inicios del 2027. Si llega o no la décima película se ha vuelto una pregunta menos interesante que esta: qué ha estado haciendo Tarantino con la espera, que es seguir cuidando el cine como lo quería ver, aun cuando ese cine ya no lo dirige él

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