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Chris y Martina: El set decisivo en Netflix: 80 partidos, una rivalidad y dos amigas que ahora se cuidan

Jack T. Taylor

Dos mujeres miran una pantalla y se ven intentar destrozarse. Las imágenes tienen décadas; el gesto de dolor cuando entra un passing limpio es de hoy. Ese es el cuarto donde Rebecca Gitlitz arma su documental: Chris Evert y Martina Navratilova viendo otra vez el obstáculo que fueron la una para la otra durante dieciséis años.

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Chris y Martina: El set decisivo cuenta la rivalidad como una sola vida compartida, no como dos carreras puestas lado a lado. Se enfrentaron ochenta veces. Navratilova quedó arriba, 43 a 37. Sesenta de esos duelos fueron finales; catorce, finales de Grand Slam. Nadie más en el planeta estuvo del otro lado de la red en tantas de las tardes que definieron la vida de cada una.

El contraste era casi demasiado parejo para un guion. Evert, la jugadora de fondo de Fort Lauderdale, el metrónomo convertido en la novia de Estados Unidos, con siete títulos en Roland Garros. Navratilova se exilió de la Checoslovaquia comunista siendo adolescente, se construyó un físico que la gira femenina no había visto y fue abiertamente gay cuando eso se pagaba caro. Una era lo que el deporte sabía vender; la otra, lo que todavía no sabía sostener.

El documental no esquiva ese desnivel. Los patrocinios que le llovían a Evert no le llegaban a Navratilova, y la misma potencia que la hacía imbatible se contaba entonces como un defecto. La película deja ese desequilibrio dentro del cuadro, porque ahí está parte de la carga que la rivalidad llevaba más allá de la cancha.

Fue un motor, no un pleito. Navratilova ha dicho que perseguir a Evert la llevó a una disciplina que sola no habría hallado; Evert, que Navratilova la obligó a sumarle cosas a un juego donde pudo acomodarse. Cada una se volvió grande negándose a perder contra la otra. Gitlitz no esconde las derrotas: deja a Evert dentro de la racha de trece triunfos seguidos de Navratilova, y deja a Navratilova decir lo que costó ser la villana del cuento ajeno.

Los partidos siguen como prueba. La final de Roland Garros de 1985 —Evert 6-3, 6-7, 7-5— no necesita comentario, y la película casi la deja correr. Lo que agrega es la segunda pantalla: las dos hoy, viendo a una Chris joven alcanzar una bola imposible y encogiéndose aunque saben cómo termina. Y el dato que el mito suele tapar: fueron amigas casi desde el inicio y en 1976 ganaron juntas el dobles de Wimbledon, compañeras el sábado y rivales en cada final importante.

Luego la película sale del archivo. En presente, las dos están en tratamiento contra el cáncer. Evert ha hablado del cáncer de ovario ligado al gen BRCA1, que volvió más de una vez; Navratilova enfrentó cáncer de garganta y de mama. Gitlitz pone la cámara donde eso se habla sin adornos. El reflejo competitivo no se apaga —hay un momento sobre que no hay competencia por quién tuvo el peor cáncer— pero ya no apunta a otra cosa que a la enfermedad. Las que antes se necesitaban para perder ahora se necesitan para seguir.

Cerca están los testigos: John McEnroe, Pam Shriver, la comentarista Mary Carillo, el hermano de Chris, John, la escritora Sally Jenkins. Pero la película es de Evert y Navratilova y de un metraje en gran parte inédito que ahora ven a sus sesenta y nueve y setenta y un años. Pertenece al cine de tenis que en realidad es estudio de personaje, y deja abierta una pregunta: una rivalidad se hace para dar un ganador, pero esta dio una amistad que ninguna imaginó a los veinte.

Chris y Martina: El set decisivo se estrenó en el Festival de Tribeca y llega a Netflix el 26 de junio. Dura noventa y seis minutos y la dirige Rebecca Gitlitz, dos veces ganadora del Emmy. Para un deporte al que le encanta coronar a una sola mejor, es una película sobre las dos jugadoras que se pasaron la carrera demostrando que la pregunta estaba mal hecha.

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