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Raymond Chandler llegó a las letras a los 44 años y redefinió la novela negra para siempre

Penelope H. Fritz

Cuando Raymond Chandler publicó su primer relato en la revista Black Mask, en 1933, tenía cuarenta y cuatro años, una educación clásica en Inglaterra que no le servía de mucho, y ningún futuro visible en la industria petrolera donde había trabajado la última década. No había plan. Solo la máquina de escribir y la certeza de que había algo en esas revistas baratas que nadie estaba haciendo bien.

Había llegado a California siguiendo a su madre en 1919, después de años de formación en el Dulwich College de Londres —la misma escuela que produjo a P. G. Wodehouse— y de un intento breve como funcionario de la Armada británica y periodista menor en Europa. En California encontró trabajo en el negocio del petróleo, prosperó, y durante más de una década llevó una vida respetable y completamente ajena a la literatura. La Depresión se encargó de terminar con esa etapa. Chandler tenía cuarenta y cuatro años y empezaba de cero.

Lo que hizo con esa segunda oportunidad fue extraordinario. Leyó las revistas pulp con la atención analítica de alguien formado en los clásicos y entendió que el género policiaco norteamericano tenía un problema de ambición: era técnicamente competente pero literariamente vacío. Lo que quería hacer no era escribir historias de crímenes. Quería escribir sobre Los Ángeles. Las historias de crímenes eran el vehículo.

El sueño eterno, su primera novela, publicada en 1939, presentó a Philip Marlowe: detective privado, universitario, irónico, que hablaba algo de español y tenía una predilección particular por el ajedrez y la música clásica. Marlowe no era un héroe de género. Era un personaje literario atrapado en una ciudad que no merecía su integridad y que jamás se la iba a pagar. Los cuatro primeros Marlowe —El sueño eterno, Farewell, My Lovely, La ventana alta y La dama del lago— establecieron a Chandler como la voz más importante de la novela negra norteamericana antes de que cumpliera sesenta años.

Hollywood lo encontró inevitablemente. Llegó a escribir guiones en 1943 y su relación con la industria fue desde el primer momento de mutua y productiva hostilidad. La colaboración con Billy Wilder en Double Indemnity produjo uno de los grandes guiones del cine americano —Wilder reconoció que los diálogos eran obra de Chandler— y les valió a ambos una nominación al Oscar. El proceso fue casi insoportable para los dos. Chandler llegó a escribir un memorando de veintiocho páginas sobre lo que estaba mal en Billy Wilder como director. Wilder, por su parte, dijo que trabajar con Chandler era como trabajar con alguien que quería que lo odiaran.

El largo adiós, publicado en 1953, es la novela en la que Chandler dejó de disimular sus ambiciones literarias. Es más larga y más melancólica que los libros anteriores, menos interesada en resolver el misterio que en explorar lo que le pasa a un hombre cuando pierde a su único amigo. W. H. Auden la defendió como literatura genuina. La crítica literaria más establecida respondió con indiferencia o con la condescendencia reservada para los escritores populares que se toman demasiado en serio. El largo adiós ganó el Edgar a la Mejor Novela en 1955 y Chandler siguió sin pertenecer claramente a ningún lado.

Murió en La Jolla en marzo de 1959. Tres meses antes lo habían elegido presidente de los Mystery Writers of America. Sus novelas ya circulaban en adaptaciones cinematográficas por todo el mundo —Humphrey Bogart como Marlowe en la versión de El sueño eterno de 1946 es probablemente la imagen más replicada de toda la novela negra— y seguirían acumulando adaptaciones décadas después de su muerte. Robert Altman hizo su versión de El largo adiós en 1973 con Elliot Gould, una de las lecturas más heterodoxas y fascinantes de toda la tradición.

Lo que Chandler dejó no es solo una serie de novelas. Es una manera de ver una ciudad, de entender la corrupción como condición estructural y no como excepción, y de defender la posibilidad de la integridad personal en un sistema diseñado para comprarla. Philip Marlowe sigue caminando por ese Los Ángeles imaginario, el único que todavía existe.

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