Actores

Roald Dahl convirtió sus traumas en el mejor regalo que pudo darle a la infancia

Penelope H. Fritz
Roald Dahl
Roald Dahl
Photo via The Movie Database (TMDB)
Nacimiento13 de septiembre de 1916
Llandaff, Cardiff, Wales
Fallecimiento23 de noviembre de 1990 (74)
OcupaciónEscritor
Premios3 Edgar · World Fantasy · British Book Awards Children's Author of the Year (1990)

Roald Dahl no les mintió a los niños. Los adultos en sus libros son crueles, indiferentes o directamente peligrosos, y los niños que los enfrentan no reciben ayuda de ninguna institución que funcione. Esa honestidad, que para muchos editores de la época sonaba a escándalo, resultó ser exactamente lo que decenas de millones de lectores infantiles necesitaban.

Nació en Llandaff, Cardiff, en 1916, hijo de inmigrantes noruegos. Su padre Harald murió cuando Roald tenía tres años; una hermana mayor murió al mismo tiempo. La madre, Sofie, decidió quedarse en Inglaterra porque así lo había querido su esposo. Los internados ingleses a los que enviaron a Dahl —el más conocido, Repton— fueron experiencias de crueldad organizada que él recordó con precisión hasta el final de su vida. Fue en Repton donde Cadbury usó a los alumnos para probar chocolates nuevos: de ahí a la fábrica de Willy Wonka hay menos distancia de lo que parece.

Después del colegio trabajó para Shell en Tanzania. Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial se entrenó como piloto de combate, voló sobre Libia y Grecia, y en septiembre de 1940 se estrelló en el desierto libio con el cráneo fracturado. La convalecencia fue larga. Durante ese tiempo empezó a escribir. Luego lo mandaron a Washington como agregado de inteligencia, donde conoció entre otros a Ian Fleming.

Primero publicó cuentos para adultos. Colecciones como Someone Like You (1953) y Kiss Kiss (1960) le ganaron tres premios Edgar de la Mystery Writers of America. Su fórmula era precisa: historias narradas con calma que se voltean en la última línea y no dan tiempo para protegerse. Cuando esos relatos se convirtieron en la serie de televisión Tales of the Unexpected, duró casi diez años en pantalla.

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Los libros para niños llegaron en 1961 con James y el durazno gigante y fueron otra cosa completamente. Charlie y la fábrica de chocolate (1964), El superzorro (1970), El gran gigante bonachón (1982), Las brujas (1983) y Matilda (1988) funcionan todos bajo la misma premisa: el mundo adulto falla a los niños sistemáticamente, y ellos deben salvarse solos. El ilustrador Quentin Blake, que empezó a trabajar con Dahl en 1978, encontró el trazo exacto para esa propuesta: raro, rápido, sin ningún tipo de consuelo decorativo.

El Dahl real no coincidía siempre con el defensor de los débiles que sus libros sugerían. A lo largo de su vida adulta expresó ideas antisemitas en entrevistas y artículos. En 1983 escribió que Estados Unidos estaba «absolutamente dominado por las grandes instituciones financieras judías»; en 1990 reconoció en una entrevista que se había vuelto antisemita. Su familia pidió disculpas formalmente en 2020. La contradicción es real: el mismo hombre que creó a Matilda para que los niños supieran que la inteligencia puede derrotar a la injusticia guardaba prejuicios que habrían perjudicado a niños reales.

En su vida personal acumuló pérdidas que no tradujo en lástima propia. Cuando su hijo Theo fue atropellado en Nueva York a los cuatro años y desarrolló hidrocefalia, Dahl colaboró en el diseño de la válvula Wade-Dahl-Till, un dispositivo médico que luego usaron miles de niños. Cuando su esposa Patricia Neal sufrió tres aneurismas cerebrales en 1965, organizó su rehabilitación con una disciplina que todos a su alrededor encontraron admirable y agotadora en partes iguales. Neal volvió a actuar. Su hija Olivia murió de encefalitis por sarampión en 1962, con siete años. Nada de esto lo volvió sentimental. Lo volvió más preciso.

Murió en Oxford en noviembre de 1990, a los 74 años. En 2021, Netflix compró la Roald Dahl Story Company por una suma que hizo de Dahl, brevemente, la celebridad fallecida con mayores ingresos del mundo. Cada generación de niños llega a estos libros como si nadie los hubiera leído antes, que es lo que hace la buena literatura infantil y lo que Dahl supo hacer mejor que casi nadie.

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