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Elle Fanning y Riley Keough comparten una villa envenenada en Rosebush Pruning, de Aïnouz

Liv Altman

Una familia con tanto dinero debería poder comprar la salida de casi todo. Los cuatro hermanos adultos en el centro de Rosebush Pruning no pueden comprar la salida los unos de los otros. Comparten una villa española de techos altos y buena luz, y un padre que no puede verlos pero los gobierna de todos modos; la casa se volvió, poco a poco, el único mundo que les queda.

Aïnouz filma ese encierro como una especie de terrario de lujo. Se humilla al servicio, las comidas son rituales y los hermanos se rondan con la amenaza despreocupada de quienes nunca tuvieron que ser amables con nadie que importe. La trama, si así puede llamarse, gira sobre dos pequeñas rupturas: el hermano mayor quiere irse y otro empieza a preguntar cómo murió en realidad su madre.

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El reparto es el argumento. Jamie Bell es Jack, el hermano que pasa por normal y quiere meter a una novia en la propiedad: la Martha de Elle Fanning, una forastera cuya naturalidad resulta, entre estas paredes, casi una provocación. Riley Keough y Lukas Gage dan a Anna y Robert como el ala más salvaje de la familia, hermanos cuya cercanía se agrió hasta volverse algo que la película no quiere esquivar. El Ed de Callum Turner es quien empieza a jalar del hilo. Tracy Letts, ciego e inamovible, es la gravedad alrededor de la cual todos orbitan.

A pesar de toda su amenaza, la película funciona antes que nada como comedia. Aïnouz y Filippou ajustan la crueldad en un registro impasible, donde una frase atroz cae en seco y la risa llega un momento después, cuando ya entendiste lo que de verdad se dijo. El tono está más cerca del vodevil de cámara que del thriller —demasiados cuerpos en muy pocas habitaciones, los modales estirados hasta tronar— y el desasosiego se acumula precisamente porque todos siguen actuando como si nada. Es de esas raras películas sobre comerse a los ricos que de veras dan risa, y no solo mordidas.

Aïnouz dedicó sus películas más serias a estudiar cómo el poder se instala en los espacios íntimos: una madre y una hija separadas por el patriarcado de mediados de siglo, una reina que sobrevive a un rey asesino, una pareja que se incendia en un motel de carretera. Aquí cambia el melodrama cálido de aquellos títulos por algo más frío y mucho más divertido. La villa es bellísima y quienes viven dentro se pudren, y deja que ese contraste haga el trabajo en vez de subrayarlo.

La villa habla sola. Filmada en madera cálida y piedra, toda líneas de mediados de siglo y ventanales hacia un paisaje en el que nadie parece entrar nunca, es de esas casas que en foto parecen refugio y funcionan como celda. Aïnouz mantiene la cámara paciente y las composiciones casi simétricas, así que hasta la crueldad llega encuadrada como un comercial. La belleza no es decorado: es el argumento. Esto es lo que compró el dinero, y está matando en silencio a quienes viven adentro.

El esqueleto viene de otro lado. Rosebush Pruning reescribe con libertad I pugni in tasca de Marco Bellocchio —Las manos en los bolsillos—, el debut de 1965 en el que un joven decide que lo más amoroso que puede hacer por su familia es empezar a matarla. Aïnouz conserva la provocación central, la de que un hogar puede ser una enfermedad y que liquidarlo podría pasar por cura, y entrega el guion a Efthimis Filippou, el escritor de Canino y Langosta. Sus huellas están por todas partes: la crueldad impasible, la familia como una gramática cerrada de reglas, la comedia que aterriza medio segundo antes que el horror.

Lo que la película no termina de resolver es si tiene algo que decir sobre la riqueza más allá de verla supurar. Aïnouz describió el proyecto como un intento de “quemar la casa y construir una casa nueva”, pero el incendio es mucho más vívido que la construcción; la sátira es filosa con el síntoma y vaga con la cura. Y corre el riesgo que persigue a todo retrato de ricos hecho con tanto oficio: que la villa hermosa, el reparto magnético y el encuadre impecable terminen seduciendo al espectador hacia la misma envidia que se busca denunciar. Rosebush Pruning conoce la trampa. No escapa del todo de ella.

The cast of Rosebush Pruning, directed by Karim Ainouz, inside the Spanish villa, 2026
The family in Rosebush Pruning (2026)

Pamela Anderson interpreta a la madre cuya muerte echa a andar las preguntas, y Elena Anaya completa el reparto principal. La película dura noventa y cinco minutos y se armó como coproducción europea —dinero alemán, italiano, británico y español detrás de un elenco del todo internacional—, con MUBI a cargo de la distribución. Se estrenó en la competición oficial de la Berlinale, donde compitió por el Oso de Oro.

MUBI estrena Rosebush Pruning en el Reino Unido el 10 de julio y en Italia el 8 de julio, con una función de festival en el MUBI Fest de Chicago antes de su salida en Estados Unidos a fin de mes. Por ahora no hay fecha de estreno en salas en México confirmada. Es de esas películas que mejor se ven en una sala llena de desconocidos, para oír quién se ríe y quién se queda callado.

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