Críticas

Elegida: Janelle Monáe atrapada en la imagen más perturbadora del terror reciente

Martha O'Hara

Elegida abre con una imagen que demora en borrarse: una plantación sureña bañada en la luz dorada y precisa de un pintor académico del siglo XIX, donde Pedro Luque encuadra el algodón, la tierra roja y los cuerpos en movimiento con una formalidad que el ojo de inmediato registra como hermosa y el estómago registra como equivocada. Esa tensión entre lo que el cuadro muestra y lo que significa habitar dentro de él es la apuesta central de Gerard Bush y Christopher Renz, dos realizadores debutantes que con esta película anuncian un lenguaje visual propio.

Veronica Henley —interpretada por Janelle Monáe— es escritora y académica, voz reconocida en los debates sobre el legado de la esclavitud en los Estados Unidos. Su otra vida, la que la película muestra primero, es la de Eden: mujer sin nombre propio ni historia, atrapada en una finca confederada que opera con las reglas del siglo XIX. El puente entre esas dos realidades es lo que Elegida construye con paciencia durante sus dos primeros actos, y Monáe lleva esa doble existencia sin que ninguna de las dos se sienta falsa. Es el trabajo actoral más complejo de su carrera.

La fortaleza del filme reside en lo que no explica. La fotografía de Luque crea una geografía del terror sin recurrir al susto mecánico: el peligro está en la composición del encuadre, en la distancia a la que se mantiene la cámara de los cuerpos, en la manera en que la luz hermosa se niega a volverse benigna. El diseño de producción contribuye con una precisión histórica que da escalofríos —cada detalle de la finca parece investigado— y el conjunto produce una sensación de inevitabilidad que es más perturbadora que cualquier secuencia de horror explícito.

El tercer acto, cuando el misterio se resuelve, es donde la película pierde algo de lo que había acumulado. La revelación —y hay una, y es fuerte— merece más espacio narrativo del que recibe; llega como giro de thriller en lugar de como conclusión de una alegoría. Es la distancia entre la ambición del concepto y la ejecución del final. No arruina lo que el filme logra en sus primeros cien minutos, pero sí lo deja incompleto.

Elegida es, en cualquier caso, una película que vale la pena ver por sus imágenes, por Monáe y por el tipo de terror social que intenta practicar —el terror que no necesita criaturas porque la historia americana provee monstruos de sobra. Bush y Renz son cineastas a los que habrá que seguir.

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Gerard Bush

Gerard Bush

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