Actores

Ana de Armas, la cubana que no esperó a que su inglés la alcanzara

Penelope H. Fritz

Para una actriz cuyas primeras escenas en inglés las aprendió por fonética — las frases anotadas en tarjetas como la letra de una canción en un idioma que todavía no manejaba — hay una ironía cósmica en el proyecto que terminó de empujarla al otro lado del umbral de Hollywood. Hizo a Paloma, una agente cubana de la CIA, en una película de James Bond, y el chiste del personaje — la torpeza convertida de un golpe en puntería impecable — lo sostuvo entera una intérprete que, menos de una década antes, había llegado a Los Ángeles sin inglés funcional. Ana de Armas armó su carrera sobre la apuesta de que iban a equivocarse quienes le aseguraron que no iba a trabajar. La disciplina paralela ha sido casi igual de estricta: no quedarse en ningún papel el tiempo suficiente como para que esa apuesta tenga que probarse dos veces.

Santa Cruz del Norte queda en la costa cubana, al este de La Habana. Su papá, Ramón de Armas, había sido gerente de banco, maestro, director de escuela y vicealcalde; su mamá, Ana Caso, trabajaba en recursos humanos del Ministerio de Educación. La televisión estaba racionada: veinte minutos de caricaturas los sábados y la matinée del domingo en casa de la vecina, porque en su casa no había videocasetera. A los doce ya había decidido ser actriz; a los catorce entró por audición al Teatro Nacional de Cuba. El programa de cuatro años terminaba con tesis y con tres años obligatorios de servicio comunitario que, en la práctica, le cerraban cualquier plan de salir del país. Se fue antes de presentar la tesis. La ciudadanía española que cargaba por vía materna era, en ese momento, el documento más decisivo de su vida.

Madrid iba a ser un compás; resultó ser la primera plataforma real. A las dos semanas de llegar, con dieciocho años, conoció al director de casting Luis San Narciso, que la había visto en Una rosa de Francia, el drama romántico de Manuel Gutiérrez Aragón que ella había rodado con dieciséis. La metió en El Internado, el misterio de internado que Antena 3 sostuvo seis temporadas entre 2007 y 2010. Alrededor encadenó Mentiras y gordas, Por un puñado de besos, el tipo de filmografía española que — en cualquier veinteañera con timing normal — habría llevado a más cine español y nada más.

El segundo salto fue el difícil. En 2014 se mudó a Los Ángeles sin inglés funcional, según ha contado, y le dio cuatro meses al proyecto. Vio Friends. Memorizó sus líneas fonéticamente para Toc toc, de Eli Roth, frente a Keanu Reeves, como un no músico aprendiéndose las sílabas de una aria. La etapa fonética cubre Toc toc, el biopic boxerístico Hands of Stone y War Dogs, de Todd Phillips, y vista en perspectiva esos años funcionan menos como interpretaciones que como un curso público de inglés pagado por estudios grandes. El despegue llegó con Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, donde compuso a Joi, la IA holográfica, como un estudio de ternura y contradicción; The Hollywood Reporter la firmó como la revelación de una película cuya revelación debía ser Ryan Gosling.

Luego llegó Entre navajas y secretos, de Rian Johnson, y cambió la forma de la carrera. Marta Cabrera, la cuidadora migrante cuya incapacidad física para mentir abre la trama, era un papel protagónico con una conciencia estructural cosida adentro. Llegó la nominación al Globo de Oro. El papel le trajo, además, una llamada de Daniel Craig: la había recomendado a Cary Joji Fukunaga para Sin tiempo para morir. Fukunaga escribió a Paloma — una novata cubana de la CIA que se vuelve sicaria de precisión en una sola secuencia en Santiago de Cuba — pensándola a ella. Veinte minutos en pantalla; quince años de redirección profesional.

La película que define la obra, justa o injustamente, es Rubia, de Andrew Dominik. Hizo a Marilyn Monroe en una adaptación NC-17 de la novela de Joyce Carol Oates, financiada por Netflix y estrenada en Venecia, que la industria recompensó con la primera nominación al Oscar a mejor actriz para una intérprete nacida en Cuba y, al mismo tiempo, sepultó con un barrido de Razzies a peor película. La grieta no es la paradoja que se contó: los Razzies eran para el filme, la nominación era para ella. Lo que la diferencia argumenta, leído con calma, es justo lo que sus críticos más ruidosos no quisieron leer: no es un vehículo del material. Hace el trabajo que el material le pide, y cuando el material es malo la interpretación sobrevive al naufragio. Pocas intérpretes lo prueban dos veces en un mismo proyecto.

El giro posterior es más amplio de lo que la prensa enmarcó. En Bailarina, el spin-off del universo John Wick que Lionsgate estrenó en junio de 2025, sostuvo una película de acción de 90 millones de dólares como Eve Macarro, la asesina debutante cuyo arco de venganza la franquicia venía sembrando desde Parabellum. Recaudó 137 millones globales contra expectativas teátricas moderadas, y luego encadenó setenta días en el top diez de streaming de Starz y HBO Max: una combustión lenta que argumenta para una secuela aunque la matemática del primer fin de semana no lo hiciera. Edén, de Ron Howard, en Amazon en octubre de 2025, la puso frente a Jude Law y Sydney Sweeney en un thriller de supervivencia en las Galápagos, como la baronesa Eloise Wehrborn de Wagner-Bosquet, un registro de alto camp del que no se la había tenido por capaz.

El calendario 2026 es el delibírado. Deeper, de Doug Liman, con Tom Cruise, la mete en un thriller de ciencia ficción sobre un submarino unipersonal en la fosa más profunda del planeta. Impunity, de Felipe Gálvez con Pathé, anunciada en mayo como paquete de Cannes, la enfrenta a Sebastian Stan en una pieza de espionaje armada alrededor de la detención de Augusto Pinochet en Londres en 1998; figura como productora ejecutiva. Sweat, de J Blakeson para AGC Studios, la pone como influencer fitness en el remake en inglés del original polaco de Magnus von Horn. Reenactment, de Grant Singer, con Benicio del Toro y Cameron Diaz, es el tercer thriller de autor del año. Apple TV+ la contrató para dos series limitadas que rueda en 2026: Safe Houses, frente a Jennifer Connelly, y Bananas, frente a Oscar Isaac, esta dirigida por David O. Russell. El patrón ya no es la apuesta que salió bien. Es el patrón por default: demasiados proyectos en marcha como para que uno solo, si sale mal, pueda sacarla del juego.

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