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Netflix estrena The Boroughs: Jubilación rebelde con Alfred Molina dentro del complejo de retiro que Estados Unidos dejó de contar

Veronica Loop

Sam Cooper entra a The Boroughs igual que entra casi todo el mundo: solo, de luto, con los formularios que firmó por él un hijo agotado. El complejo cumple su función: rastrilla la gravilla, riega el pasto, le da la bienvenida, lo da de alta. A los pocos episodios Sam descubre que algo dentro del cerco se viene comiendo a los vecinos. También descubre que ese no es el primer sistema de contención que opera en su nueva casa: el otro lleva décadas funcionando sin que nadie de fuera lo nombre así.

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La serie es de Jeffrey Addiss y Will Matthews, con Matt y Ross Duffer al frente de la producción a través de Upside Down Pictures. El apellido Duffer es el motor de marketing; lo que está adentro se parece más al mundo que Addiss y Matthews armaron en The Dark Crystal: La era de la resistencia, donde la institución que cuida a los protagonistas termina siendo la amenaza. La intrusión sobrenatural es la mitad ruidosa. La mitad callada es la arquitectura que la hace posible, y a la serie le interesa más esa mitad de lo que dejan ver los avances.

Lo que los Duffer y los showrunners construyeron es un argumento sobre el silencio. La industria estadounidense de residencias para adultos mayores supera las treinta mil comunidades en 2026, vendidas como autonomía y comodidad. Su función estructural es otra: sacar a una franja de la población del mercado laboral, de la calle, de la mesa familiar, del campo visual del resto. The Boroughs toma ese arreglo de manera literal. Un lugar levantado para que el resto del país pueda dejar de contar termina siendo un lugar donde la cuenta puede bajar sin que se prenda ninguna alarma.

El elenco sostiene la tesis antes que el guion. Alfred Molina, Geena Davis, Alfre Woodard, Bill Pullman, Clarke Peters, Denis O’Hare y Jena Malone son la plantilla de prestigio de la televisión estadounidense de los noventa y los dos mil, una nómina que el algoritmo del horario central fue corriendo al margen. Meterla adentro de una serie de los Duffer no es un truco. Es la tesis dicha en clave de contratación. Las personas que el sistema mandó a retirarse son las únicas que siguen prestando atención.

El conjunto funciona porque rechaza la ternura. Renee, exreportera de investigación, lee un expediente tachado como un periodista joven lee un tuit. Judy, que interpreta Woodard, sostiene el registro espiritual sin caer en el vocabulario del bienestar. Clarke Peters es Art, el médico que ya tiene en una libreta amarilla la lista de los residentes que dejaron de bajar a desayunar. Bill Pullman, exmánager musical, mete la fricción cómica que evita que la temporada se derrumbe sobre la elegía. Denis O’Hare es el agente del caos que vuelve equivocada cada decisión grupal con un timing perfecto.

Ben Taylor, director del piloto y del cierre, define la regla de montaje que sigue el resto de la temporada. La cámara no se corre de los residentes cuando están incómodos, lastimados o asustados. Sí se corre del monstruo, que se escucha más de lo que se ve. Esa inversión del lenguaje del terror —ocultar a la criatura, mostrar los cuerpos— acerca la serie al realismo documental más que a la genealogía de Stranger Things. Augustine Frizzell y Kyle Patrick Alvarez dirigen el tramo central y respetan la regla.

El horror está, pero subordinado a lo que pone al descubierto. Sea lo que sea esa fuerza dentro del cerco —y la serie se toma su tiempo para responder—, no necesita esconderse demasiado. Le alcanza con operar en un edificio cuyo libro de registro no revisa nadie cuya familia siga llamando con frecuencia. Las secuencias más perturbadoras no son los encuentros, son los planos del mostrador donde la ausencia de un residente se anota en un sistema que no genera ninguna llamada de seguimiento.

Los ocho episodios se estrenan juntos en Netflix el 21 de mayo, pensados para un único bloque de atención. El rodaje fue en Albuquerque y Santa Fe, en el desierto de Nuevo México que la iconografía estadounidense ya usa como el lugar al que se manda lo que se quiere olvidar: Los Álamos, Roswell, los polígonos de prueba. Addiss, Matthews y los Duffer eligieron la geografía por la misma razón por la que la fuerza sobrenatural elige el perímetro: el país de alrededor ya está de acuerdo en considerarlo otro lado.

The Boroughs no promete resolver lo que plantea. Aunque Sam, Renee, Judy, Art y Jack identifiquen la amenaza y la dejen afuera del cerco, la serie no ofrece ningún mecanismo para recuperar a los vecinos que ya se llevaron ni para devolver los años contados como gastados. Lo irresoluble más hondo: no hay versión de la historia donde el país de afuera empiece a prestar atención por causa de lo que pasó adentro. El libro puede cerrarse sobre la amenaza sobrenatural. La amenaza estructural —el acuerdo social de no mirar— no se cierra para nadie.

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