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El Tri llega al Mundial como local y favorito del Grupo A; el examen de verdad empieza después

Jack T. Taylor

Durante casi treinta años, México fue a los Mundiales con la misma promesa y el mismo defecto pegados. La promesa era el toque: pies rápidos, paredes en espacios chicos, un país enamorado de la pelota. El defecto salía cuando le quitaban ese balón: un equipo que defendía como pidiendo disculpas, al que cualquiera dispuesto a jugar feo noventa minutos lo sacaba de su plan. Lindo de ver hasta el minuto exacto en que dejaba de importar.

Este Tri es otra cosa, y se nota en cómo sufre. Javier Aguirre usó su segunda etapa para quitarle al equipo todo lo que no fuera aguante. Lo mejor que tiene hoy es el fondo: César Montes y Johan Vásquez en el centro, dos grandulones que ganan el primer balón y el segundo, una defensa que casi no recibió goles en una larga serie de amistosos. Se juntan, aguantan compactos, te dejan la pelota donde no duele y salen rápido. No es el Tri de la nostalgia. Es un Tri hecho para ser difícil de batir, y por una vez eso no es un reproche.

El calendario les cayó bien en el momento justo. Como anfitriones abren todo el torneo ante Sudáfrica en el Estadio Azteca, la catedral chilanga que está por volverse el único estadio del mundo en albergar tres Copas, después de 1970 y 1986. De ahí el grupo sigue con Corea del Sur y República Checa, un sorteo que plantea una primera pregunta más amable que cualquiera en una generación. Corea trae peligro real en su capitán y una presión que muerde; los checos son ordenados e incómodos. Pero ninguno debería asustar a un local asentado y en forma. En el papel, México es favorito para quedar primero en el Grupo A, y esta vez el papel no miente.

Ese es el lujo raro de esta campaña, y también su trampa. Por años la charla mexicana fue sobre la pared: los octavos con los que el país chocaba una y otra vez. Esta vez el grupo no es el obstáculo. El equipo de Aguirre es suficientemente bueno, ordenado y profundo atrás como para esperar el pase, y la gente lo va a empujar en los partidos cerrados. La pregunta honesta se corrió más adelante. Ya no es si este México sobrevive. Es si una selección hecha para resistir puede hacer lo otro: ganar un partido que no controla, ante un rival que no le presta la pelota.

El aguante te lleva lejos hasta que se queda sin camino. Una buena defensa y una jugada de pelota parada te mantienen vivo en una eliminatoria; Montes y Vásquez yendo a un córner son lo más cercano a una ocasión segura que tiene este equipo. Pero llega una noche, ante una Francia o un Brasil, en que el plan aguanta y el partido igual pide un gol de la nada, un gesto de alguien que hace con la pelota lo que la estructura no puede. Esa figura es la que a México le falta fija desde hace años. Raúl Jiménez encabeza el ataque con experiencia para sostenerlo y definir lo que llegue, pero es un punto de apoyo, no un mago. El equipo está hecho para negar. En algún lado tiene que aprender a tomar.

La apuesta de Aguirre para esa pregunta tiene nombre y diecisiete años. Gilberto Mora se repuso de la pubalgia que le arruinó el arranque del año para meterse en la lista, y carga la cualidad que el resto del equipo cuida con cuentagotas: el instinto de hacer algo que el libreto no pedía. Alrededor, el técnico confió en su ojo más que en el cartel, dejando fuera a Hirving Lozano tras una temporada flaca en San Diego FC y eligiendo por función, no por nombre. Mora es el único lujo: la apuesta a que el equipo que no se rompe también pueda, cuando toque, brillar.

Y está el que ya lo vio todo. Guillermo Ochoa, cuarenta años, llevó su carrera al borde de la historia: su lugar en la convocatoria lo deja a un paso de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo como los únicos en jugar seis Mundiales. Sea suya o no la portería en la noche inaugural, su presencia dice cómo quiere Aguirre que piense este equipo: tranquilo, veterano, alérgico al pánico. Todo el proyecto es un argumento contra la vieja costumbre mexicana de derrotarse solo.

Así que saldrán primeros, al ruido del Azteca, con la esperanza de un país y, por primera vez en mucho, un plan a su altura. El grupo debería caer de su lado. El apoyo de casa va a volver duro a un equipo sólido. Lo que espera más allá es el examen que México no aprueba desde que uno tiene memoria: cuando ser difícil de batir ya no alcanza, cuando el torneo deja de preguntar si aguantas y empieza a preguntar si ganas. Aguirre construyó la primera mitad de esa respuesta mejor de lo que se esperaba. La segunda no la garantiza ningún orden. En casa, con una generación mirando, el Tri está por descubrir qué clase de equipo es de verdad.

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