Deportes

Por primera vez Estados Unidos juega un Mundial en casa con su mejor equipo: ya no hay sorteo ni viaje al que echarle la culpa

Tiene a sus futbolistas en el Milan, la Juventus y el Mónaco, y aun así nunca ganó nada grande.
Jack T. Taylor

Hay una frase que el fútbol de Estados Unidos se repite desde hace tanto que ya quedó gastada, como una moneda que pasó por demasiadas manos. Esta es la camada más talentosa que el país generó en su historia. Se dice antes de cada concentración, de cada eliminatoria, de cada torneo, y lo raro es que es cierto. Los nombres son reales y los clubes también. Un delantero titular en el Milan. Un volante que lleva años en la sala de máquinas de la Juventus. Un centrodelantero comprado por el Mónaco, un lateral izquierdo de confianza en el Fulham, una columna de jugadores que no solo aparecen en grandes clubes europeos, sino que les ganan el lugar. Para un país que durante décadas exportó arqueros y garra, esto se parece a un renacimiento.

Y sin embargo la frase siempre arrastra un silencio atrás, la parte que nadie completa en voz alta: y no ganó nada que pese. El talento se cobró en todos lados menos en la única ventanilla que cuenta. Octavos de final y a casa en el Mundial pasado, eliminado por una Holanda que sencillamente supo cerrar un partido mata-mata. Una final de verano perdida, de local, ante México. Y un comienzo de año con una goleada en contra ante Bélgica y una derrota sin filo frente a Portugal. La distancia entre lo que estos jugadores son en sus clubes y lo que el equipo se vuelve cuando se pone la camiseta fue el enigma que define a toda una generación. El Mundial de local es el momento en que ese enigma deja de ser teórico.

No queda lugar para patear la prueba más adelante

Porque esta vez no hay adónde mandar la pregunta. Un Mundial en suelo propio le saca cada aterrizaje suave en el que una selección aprende a apoyarse. No hay eliminatoria que sobrevivir, ni laberinto continental, ni viaje largo ni altura hostil para archivar como motivo. Estados Unidos entra derecho al torneo como anfitrión, igual que la última vez, cuando otro equipo norteamericano llegó a la segunda ronda y la perdió ante los que terminarían siendo campeones. El calendario es suyo. Las canchas son suyas. El ruido va a ser suyo. Y por primera vez en la vida de esta camada, también lo es el peso entero de lo que se espera de todo eso.

El grupo tampoco da excusa, y eso ya es una presión. Los estadounidenses abren ante Paraguay en California, después miden a Australia en el rugido húmedo de Seattle y cierran contra Turquía. Es un sorteo que cualquier anfitrión firmaría sin dudar: ningún peso pesado europeo, ningún aristócrata sudamericano, nada en esos tres partidos que un equipo con este recorrido de club deba temer. Lo que significa que el consuelo de siempre —ese de perder y señalar el cuadro— desapareció antes de que ruede la pelota. Salir de ese grupo es apenas cumplir con lo que el talento exige. No salir, y no va a haber nadie en la tribuna ni en la tabla para repartir la culpa.

Un técnico contratado para ganar, no para clasificar

Esa es la contradicción que trajeron a resolver a Mauricio Pochettino, y la forma de su contratación dejó claro lo en serio que por fin se lo tomó la federación. No ascendieron a alguien de la casa ni fueron por un nombre local seguro. Pagaron por un argentino que había armado equipos en el Tottenham, en París y en el Chelsea, un entrenador con fama de agarrar planteles dotados y frágiles y darles columna vertebral. Y desde el primer día se negó a hablar el idioma de la supervivencia. No dijo que la meta fuera salir del grupo, ni hacer feliz al país, ni ninguna de las frases prudentes detrás de las que un hombre puede esconderse. Dijo que el equipo tenía que pensar en grande. Dijo que tenía que ir a ganarlo. Para un proyecto cuyo techo fueron unos octavos disfrazados de progreso, eso rozaba la herejía, y lo dijo a propósito.

El peligro de un hombre así es el mismo que su virtud. Pochettino no baja la vara para que el vestuario esté cómodo, y un plantel que lleva diez años recibiendo elogios no siempre sabe qué hacer con un técnico que trata el elogio como algo que sobra. Su año arrancó mal —esas dos derrotas amistosas, la goleada belga sobre todo, el tipo de resultado que le hunde el estómago a un país con el torneo a la vista—. Cargó la defensa de profundidad, diez defensores en la lista, y por delante un solo cinco de marca real, Tyler Adams, un equilibrio que delata a un hombre preparándose para los minutos en que el talento de arriba se apague. No está armando un equipo para deslumbrar. Está armando uno para aguantar el mano a mano en los partidos que sus antecesores no pudieron.

La cinta de capitán que lo dijo todo

Si uno quiere la ventana más clara a lo que Pochettino cree de verdad sobre este grupo, alcanza con mirar a quién hizo capitán. No le dio la cinta a Christian Pulisic, la cara del proyecto y su mejor jugador. No se la dio a Weston McKennie, todo desparpajo y cicatrices de la Serie A. Ni siquiera se la devolvió a Tyler Adams, que la llevó con veintitrés años en el Mundial pasado y sacó a un equipo joven de su grupo con verdadera calma. Se la dio, por decreto propio, a Tim Ream: un defensor de treinta y ocho años, el más veterano del plantel, elegido, en palabras del propio Pochettino, por lo que le aporta al grupo fuera de la cancha tanto como adentro. No es una votación del equipo, dijo el técnico. Es mi decisión.

Léase bien esa elección y es la tesis entera del equipo en un solo gesto. Al plantel más dotado de la historia estadounidense le dijo el especialista caro contratado para arreglarlo que su problema nunca fue falta de talento. Fue la falta de eso poco vistoso que Ream carga: la firmeza, las exigencias, la voz en el túnel cuando entra un gol y las viejas dudas empiezan a susurrar. A un hombre de treinta y ocho años no se lo pone de capitán por encima de tu joven constelación de figuras porque creas que al equipo le falta talento. Se lo hace porque decidiste que el talento nunca fue lo que faltaba.

Los hombres que tienen que responder

Las figuras siguen siendo la historia sobre el pasto, claro, porque no les queda otra. Pulisic sigue siendo el que tuerce un partido cuando el equipo lo necesita torcido, el jugador por el que pasa todo plan. McKennie y Adams le ponen piernas y mordida al medio. Por afuera y arriba están la corrida de Tim Weah, los desmarques de Folarin Balogun, el hambre de Ricardo Pepi, la gambeta de Malik Tillman, el talento largamente postergado de Gio Reyna: un excedente ofensivo que envidiaría medio campeonato. Atrás vuela Antonee Robinson por la izquierda, Sergiño Dest y Chris Richards cargan con el fondo, y el arco queda abierto como siempre parece quedar en este país. La materia prima no es la preocupación. Nunca lo fue.

Lo que ninguna formación puede cerrar es la única pregunta que siempre importó para estos jugadores: si, cuando el torneo se aprieta y un partido de eliminación muestra los dientes, esta versión de Estados Unidos por fin juega a la altura de su talento en lugar de achicarse ante él. Todo en este verano está dispuesto para que la respuesta sea sí. El público de local, el sorteo amable, el técnico que no parpadea, el capitán veterano puesto justo para sostener los nervios. Lo único que falta aportar es la parte que ninguna lista ni ningún sorteo pueden entregar: la prueba, por fin, de que la década de promesa apuntaba a algo real. Estados Unidos lleva diez años escuchando que es bueno. Este es el torneo en el que lo tiene que mostrar.

Discussion

There are 0 comments.