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El récord que compartían tres mexicanos: Messi y Ronaldo lo dejan atrás en su sexto Mundial

Carbajal, Márquez y Guardado llegaron a cinco. Nadie había jugado seis. Messi y Ronaldo lo harán juntos, dos décadas después de debutar.
Jack T. Taylor

Las piernas se van primero. Es el trato que firma todo futbolista sin leerlo: el cuerpo te presta una década, quizá un poco más, y después cobra el préstamo con intereses. El sprint se acorta. La recuperación se alarga. Y una mañana el jugador despierta pensando en lo único que nunca tuvo que pensar.

Dos hombres hicieron esperar al cuerpo. Lionel Messi y Cristiano Ronaldo llegaron de chamacos en el mismo verano, en Alemania, casi desconocidos, en orillas opuestas de un continente lleno de expectativas. Hoy son los únicos de aquella camada que siguen en la foto, y los dos quedaron convocados para un torneo más al que ninguno debía llegar. Nadie había jugado seis. Este verano, dos lo harán.

La marca tiene acento mexicano. Antonio Carbajal la abrió bajo los tres palos; Rafael Márquez y Andrés Guardado la igualaron; el alemán Lothar Matthäus también llegó a cinco. Durante medio siglo, cinco Mundiales fue la frontera que ninguna carrera cruzaba. Messi y Ronaldo estaban empatados ahí, quintos en la historia, hasta que dos llamados rompieron el empate: Roberto Martínez metió a Ronaldo en la lista de Portugal, Lionel Scaloni nombró a Messi en la de Argentina.

Uno ya la levantó

Messi pudo parar. Por eso su presencia es la más rara de las dos. Ya tiene la copa. La levantó después de una carrera entera escuchando que esa línea era la única que le faltaba, y cuando la consiguió la historia se cerró sola. Ahí estaba la salida perfecta. No la tomó. Volvió un año más grande de lo que un delantero de este nivel debería ser. Esta primavera un tirón en el isquiotibial le puso una mano fría encima y el cuerpo mandó su recordatorio; él lo archivó y se presentó igual.

El otro nunca la tocó

Ronaldo corre al revés y llega a la misma puerta. Marcó en cinco Mundiales, el único que lo logró, y de ninguno salió con lo que quería. Es la copa que nunca llegó, el hueco de una vitrina que lo tiene todo. A los 41 regresa por ella sabiendo cómo van las cuentas, y él mismo avisó que este es el último. Uno vuelve con el premio; el otro, a buscarlo. Ninguno necesita estar. Los dos están.

Lo que cuesta seguir

La longevidad parece un regalo y se parece más a un impuesto. Estar en una convocatoria mundialista a los 38 o a los 41 es haber hecho durante años el trabajo invisible que evita el retiro anticipado: la dieta que no falla, el sueño cuidado como un contrato, los calentamientos que se alargan, las renuncias chiquitas que suman una década. El talento se lleva los titulares; el mantenimiento compra el tiempo. Y el juego no frena: del otro lado hay pibes de 23 con los tendones nuevos, y a los dos veteranos se les pedirá el arranque de siempre frente a cámaras que repetirán el día que no salga.

Los últimos de una era

Lo que hacen es mantener abierta una puerta que debió cerrarse. Los que compartieron vestuario con ellos hoy dirigen, comentan o son un nombre en la pared de un estadio. Una generación entera creció, tocó su techo y se fue dentro del arco de estas dos carreras. Ellos no se fueron cuando irse era lo lógico, ni la vez siguiente, y la negativa terminó siendo el récord.

El torneo abre este verano en México, Estados Unidos y Canadá: cuarenta y ocho selecciones y una final en Nueva York. Argentina arranca en Kansas City; Portugal, en Houston. Lo más probable es que uno se vaya sin nada nuevo y el otro, quizá, con lo único que le faltó. Pero la raya que cruzan los dos es la misma, y es la más rara del fútbol: no los mejores que lo hicieron, sino los dos últimos que todavía lo hacen.

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