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El otro padre — en Netflix, la serie donde una prueba de compatibilidad abre una pregunta que no tiene solución médica

Jun Satō

Julieta se desploma en su fiesta de graduación y necesita un trasplante de riñón. Su familia hace lo que hacen las familias cuando a la medicina ya no le quedan opciones — todos se presentan a los exámenes de compatibilidad, porque ofrecer lo que uno tiene sigue siendo una forma de amor. Un panel de rutina regresa con un número que ya no puede taparse. El hombre que la crió no es el hombre del que vino su sangre.

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El otro padre — en inglés My Daughter’s Father — llegó a Netflix en julio de 2026 como serie limitada de diez episodios, producida por Mar Abierto Productions. Roberto Stopello, también creador de La Reina del Sur, construyó la serie alrededor de uno de los engranajes más viejos de la telenovela: el secreto de paternidad, intencionalmente sin su registro operístico y andando a un ritmo más callado. Analeine Cal y Mayor y Carlos Villegas Rosales comparten los créditos de dirección en los diez capítulos.

Silvia Navarro sostiene el centro como Maca, la madre que quizá cargó este secreto durante dos décadas o quizá lo descubre a la misma hora que todos. La serie se guarda esa pregunta en suspenso el mayor tiempo posible — y esa reserva es arquitectura, no trampa. Manolo Cardona y Erik Hayser quedan a cada lado del título: uno el padre de todos los cumpleaños y todas las fiebres, el otro el hombre al que el ADN apunta ahora.

Paola Núñez construye a la segunda familia, el hogar que no sabía que estaba metido en esto. Azul Guaita, como Julieta, es el punto fijo alrededor del cual los adultos siguen negociando — la paciente cuya supervivencia todos respaldan mientras discuten en silencio a quién pertenece.

La dirección mete el miedo en los objetos y no en las confrontaciones: la cristalería buena sacada para una cena de familia que está a punto de convertirse en otra cosa; los retratos enmarcados acomodados para contar una historia que el laboratorio acaba de contradecir. Los actores siguen la misma lógica, bajando el tono donde el género ofrecería discursos. Los momentos que sí se quiebran llegan con más peso.

El movimiento más preciso de la serie está en su propio doble título. En inglés, My Daughter’s Father reclama un lazo — el «my» marca posesión, la sintaxis promete continuidad. En español, El otro padre pone a un extraño al borde de la foto de familia. La misma crisis, desde puntos opuestos de la misma mesa. El hueco entre los dos títulos es donde vive el drama de verdad.

La trama del trasplante se resuelve en sus propios términos médicos — se encuentran donantes o no, el reloj llega a algún lugar. La pregunta de la paternidad no puede cerrarse igual, porque nunca fue una pregunta médica. El otro padre sabe la diferencia entre las dos, y termina la serie habiendo respondido la del órgano mientras deja la otra abierta.

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