Análisis

Val Kilmer no falló a Hollywood. Hollywood no supo qué hacer con él

Molly Se-kyung

Roger Ebert lo dijo en los noventa: Val Kilmer podía ser «el protagonista más olvidado de su generación». Nadie lo tomó en serio hasta después de su muerte. Kilmer murió a los sesenta y cinco años, de neumonía, con la voz destruida por un cáncer de garganta y una traqueotomía que le robó la voz durante la última década de su vida. Lo que vino después fue una revisión acelerada de una carrera que Hollywood había archivado mucho antes.

El problema con esa revisión es que tiene dos versiones, las dos parcialmente ciertas.

La primera: Val Kilmer era un actor extraordinario al que la industria castigó por no entender que el talento tiene sus propias reglas. La segunda: Val Kilmer era una persona genuinamente difícil de trabajar, que impuso costos reales a equipos y producciones, y que pagó el precio de eso. El debate entre las dos versiones no se resuelve con una sola fuente. Se resuelve mirando los hechos con las dos en la mano.

Los hechos del lado de la acusación: en La isla del doctor Moreau, Kilmer fue tan conflictivo que el director Richard Stanley fue reemplazado a mitad del rodaje, y su sucesor John Frankenheimer concluyó que no quería «tener nada que ver con él». En Batman Forever, el director Joel Schumacher lo llamó «infantil e imposible» y eligió no traerlo de vuelta para la secuela a pesar de que la película recaudó más de 330 millones de dólares. Kilmer no negó la fricción. La defendió: explicó que «solo me importaba la actuación» y que se negaba a hacer el trabajo político de tranquilizar a los financieros.

Los hechos del lado de la defensa: sus actuaciones en Tombstone, The Doors y Heat están entre las más recordadas de los noventa. Como Doc Holliday, fue tan preciso y tan divertido que Kurt Russell reconoció que era difícil seguirle la corriente en cualquier escena compartida. Su Jim Morrison requirió que cantara en directo y que imitara la voz del músico tan bien que miembros del grupo no siempre podían distinguir las grabaciones. Michael Mann lo dirigió en Heat junto a Al Pacino y Robert De Niro sin quejarse públicamente. Ebert escribió que su Morrison era «lo mejor de la película».

El argumento más fuerte en contra de Kilmer no es personal sino estructural: las producciones son empresas colectivas. Un actor que hace hostil el ambiente de rodaje impone costos a personas que no pidieron trabajar con él. Eso es real y no se puede descartar.

Pero el argumento estructural tiene un problema: Hollywood aplicó ese estándar de forma selectiva. La paciencia con actores difíciles históricamente ha dependido de la taquilla, no del comportamiento. Kilmer empezó a ser descartado exactamente cuando su valor comercial bajó. Los mismos estudios que lo alejaron por «difícil» tienen décadas de tolerar comportamientos mucho más extremos en actores con números de taquilla más sólidos.

Lo que vino después de su muerte confirma la segunda lectura. La retrospectiva «Kilmer Forever» del Brattle Theatre de Boston fue cubierta por WBUR como un reencuentro con un actor cuyo rango había sido consistentemente subestimado. El documental Val, en Amazon Prime, que reúne décadas de material grabado por el propio Kilmer, tiene un 93% de aprobación en Rotten Tomatoes. La escena de Top Gun: Maverick — donde su Iceman, con la voz reconstruida por inteligencia artificial a partir de archivos, abandona el teclado para hablar — fue descrita por The Hollywood Reporter como una de las más emocionantes de ese año.

Lo que se sabe / lo que está en disputa

Lo establecido: Val Kilmer fue difícil de dirigir en producciones concretas, documentado por múltiples directores. Sus oportunidades comerciales se redujeron desde finales de los noventa. Padeció cáncer de garganta con traqueotomía y murió a los sesenta y cinco años con la voz severamente limitada.

También establecido: sus actuaciones en Tombstone, The Doors, Heat y Top Gun son referencia de su época. El documental Val fue aclamado prácticamente de forma unánime. La escena de Top Gun: Maverick emocionó a crítica y público por igual.

En disputa: si los costos de su comportamiento fueron proporcionales a lo que aportó, y si la respuesta de la industria fue política racional o aplicación selectiva de reglas que no se aplican igual a todos. Ambas lecturas son sostenibles. El hecho de que lo sean simultáneamente es lo más honesto que se puede decir sobre Val Kilmer.

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