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Casablanca, la historia de amor que seguían escribiendo mientras filmaban — y aun así quedó perfecta

Veronica Loop

De todos los antros de todas las ciudades del mundo, dice la frase, y el antro en cuestión es un café de paredes blancas en un puerto marroquí repleto de refugiados, visas de contrabando y un piano al que nadie deja en paz. Lo atiende un estadounidense cínico de esmoquin blanco que jura no arriesgar el pellejo por nadie. Entonces vuelve a entrar una mujer a la que amó, del brazo de otro hombre, y la coraza de su indiferencia empieza a quebrarse. Ese es el motor de Casablanca, y lleva casi un siglo andando sin fallar.

El origen de la película es de esas historias que los estudios suelen inventar después, salvo que esta es cierta: el guion se escribía casi al mismo tiempo que se filmaba. Los hermanos Epstein, Julius y Philip, se intercambiaban páginas con Howard Koch, y por un buen rato nadie en el set sabía si Ilsa se iría con Rick o con su esposo. Ingrid Bergman preguntó de cuál de los dos hombres se suponía que estaba enamorada y le dijeron que lo actuara a medias hasta que alguien lo decidiera. De esa improvisación de comité salió un guion tan preciso que ganó el Óscar y dejó más frases memorables que cualquier otra película.

Michael Curtiz la dirigió como un gran artesano de estudio dirigía todo en 1942: de modo invisible y a toda prisa. No hay en Casablanca un solo plano que pida admiración por sí mismo, y sin embargo la fotografía de Arthur Edeson convierte el humo del cigarro, la sombra de una persiana y un aeródromo entre la niebla en todo un clima moral. La música de Max Steiner va metiendo “As Time Goes By” dentro de la acción hasta que la melodía misma empieza a doler, y la escena en que los refugiados acallan a los oficiales alemanes cantando “La Marsellesa” sigue siendo de lo más conmovedor que produjo el sistema de estudios.

Humphrey Bogart llevaba una década haciendo de gánster y de rufián; aquí, como Rick Blaine, se volvió galán sin limar una sola arista, y el personaje de pantalla que sostendría el resto de su carrera nació prácticamente en este papel. Ingrid Bergman le da a Ilsa una indecisión luminosa que la cámara no puede dejar de mirar. Alrededor hay uno de los elencos más hondos del cine estadounidense: Claude Rains como el deliciosamente corrupto capitán Renault, el íntegro Laszlo de Paul Henreid, el comandante nazi de Conrad Veidt, Sydney Greenstreet y Peter Lorre traficando con vidas, y el Sam de Dooley Wilson al piano, negándose con dulzura a tocar la canción por la que todos lo recuerdan.

La trama gira en torno a dos salvoconductos —papeles que nadie puede cuestionar y que sacarán a su portador de la Europa ocupada— y Hitchcock los habría llamado un MacGuffin perfecto: un objeto cuya única función real es obligar a esta gente a elegir. Lo que perdura es esa elección. La decisión de Rick en la pista, hacer lo correcto a costa de lo único que quiere, es uno de esos raros gestos de propaganda bélica que funcionan como puro sentimiento y no como mensaje. La película te dice que los problemas de tres pobres diablos no valen nada, y luego dedica sus últimos minutos a demostrar justo lo contrario.

Pocas películas se han metido tan a fondo en el idioma. “Siempre nos quedará París”, “este es el comienzo de una hermosa amistad”, “detengan a los sospechosos de siempre”: el American Film Institute contó aquí más frases memorables que en ninguna otra cinta, y la que todos citan, “tócala otra vez, Sam”, nunca llega a decirse. La película se ha referenciado, parodiado y saqueado tantas veces que algunos llegan a ella convencidos de ya haberla visto. No la han visto.

Lo que impide que Casablanca sea una mera antigüedad entrañable es que el romance que late bajo la leyenda es de veras bueno: adulto, sin azúcar, consciente de lo que cuesta hacer lo correcto. Fue un éxito al estrenarse, se llevó los Óscar a mejor película, dirección y guion, y lleva décadas en la cima de toda lista seria de las mejores películas de la historia. Véanla en frío, sin el peso de su fama, y sorprende lo ágil que sigue siendo. La fueron inventando sobre la marcha. Aun así, les quedó perfecta.

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