Críticas

Ravers (2018): cuando una bebida energética contamina el rave y solo la fobia te salva

Camille Lefèvre

Bernhard Pucher eligió un escenario único — una fábrica abandonada convertida en rave ilegal — y un elemento dramático simple: una bebida energética que sale de la cadena de producción con una fórmula ligeramente diferente a la esperada. Ravers no pretende más de lo que tiene. Con ese punto de partida, construye 90 minutos exactos de terror-comedia con reglas propias.

Becky, la periodista germófoba que interpreta Georgia Hirst, llegó a esa rave con el único objetivo de conseguir una nota. Lo que encontró fue el ambiente ideal para que su fobia deje de ser un impedimento y se convierta en lo único que tiene sentido: en un local lleno de personas que ingirieron Regenerize, tener terror irracional a los gérmenes resulta ser una reacción perfectamente racional.

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Hirst construye una protagonista con un peso físico que el género de bajo presupuesto rara vez produce. El registro de Danny Kirrane como Ozzy funciona como contrapunto — ligero, cálido, involuntariamente cómico en los peores momentos. Natasha Henstridge, en un papel secundario breve, aporta el reconocimiento de nombre sin acaparar la pantalla.

Ravers (2018)
Ravers (2018) — Bernhard Pucher

Pucher trabaja el escenario único como un problema geométrico: qué puertas sirven de trampas, qué paredes definen el perímetro del peligro, cómo la fábrica que fue fuente del caos se convierte en el único teatro posible de la resolución. El detalle más astuto del guión — que el bajo del altavoz calmaba momentáneamente a las criaturas — es también su comentario más irónico sobre la rave como ecosistema.

Ravers es menor, irregular, y más inteligente de lo que su factura sugiere. Para el espectador que busca horror de género con una premisa concreta y bien ejecutada, cumple su promesa. No más.

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