Películas

La Odisea apuesta a que el casting de Elliot Page como gran mentiroso de la Antigüedad es su mejor argumento

Camille Lefèvre

Los dos bandos que debaten la presencia de Elliot Page en La Odisea de Christopher Nolan hallaron la manera de no hablar de la película. El casting, cuando se apagan las luces, defiende su propio argumento.

Dos grandes corrientes de opinión se formaron en torno a la presencia de Elliot Page en La Odisea de Christopher Nolan, y comparten más entre sí de lo que ninguna estaría dispuesta a reconocer. Una elabora una lista — está contento, está enamorado, está en la película más grande del año — y la exhibe como prueba de que sus críticos perdieron. La otra decidió, a partir de unos segundos de tráiler, que Nolan cometió un error de casting. Las dos discuten sobre un símbolo. Ninguna se detuvo a ver lo que el actor hace realmente en pantalla.

Page interpreta a Sinón — no al héroe, no al guerrero que exigían los videos falsos, sino al griego que permanece en Troya y convence al enemigo de que introduzca su propia destrucción por las puertas. Sinón es el gran mentiroso persuasivo de la Antigüedad, un personaje que Nolan extrajo de la Eneida de Virgilio e integró a su adaptación — el falso testigo cuyo testimonio se cree precisamente porque parece tan legible, tan sincero. Confiarle ese papel a un actor cuya propia legibilidad — el simple hecho de quién es — fue objeto de años de incredulidad pública no es una nota al pie sobre diversidad. Es un director que lee a su elenco como sentido y elige contra la corriente del resentimiento.

Nolan ya lo hizo antes, y quienes abuchearon tienen mala memoria. Una generación atrás, un villano de cómic fue a parar a un joven actor que Internet ya había condenado, y la indignación se convirtió en una de las actuaciones más admiradas de su era. La lección que el director dice haber aprendido fue simplemente dejar de escuchar el veredicto que llega antes que el trabajo. Su nueva película, filmada en el mayor formato que conoce el cine y concebida como un regreso al mito a escala monumental, no es un referéndum sobre la identidad de nadie. Es una máquina para hacer que una historia antigua vuelva a sentirse peligrosa, y usa a Page como usa todo — como un instrumento específico, afinado a una nota concreta.

Lo que el marcador oculta es el titular más simple y mejor de todos: Page vuelve a ser un actor en actividad, dentro del cuadro en lugar de a su lado. El recorrido desde que se apartó — el desgarrador regreso a pequeña escala de su último drama, el libro que redefinió los términos de su propia historia, el personaje que sostuvo a lo largo de cuatro temporadas de televisión — fue el trabajo poco glamoroso de reconstruir una carrera tabla por tabla. Su relación con la comediante Julia Shiplett le pertenece a él, no al argumento. También su felicidad. El error de la cobertura amable es reclutar ambas como evidencia en un juicio donde nunca pidió ser el acusado.

La película se estrena a través de Universal como una apuesta de doscientos cincuenta millones de dólares a que el espectáculo y Homero siguen llenando una sala. Las proyecciones iniciales colocan su apertura global por encima de los doscientos millones — la mayor apertura del director en más de una década. Esos son los datos logísticos, y corresponden al final.

La verdadera prueba llega en la oscuridad, cuando se apagan las luces y la discusión se detiene. Sinón persuade porque queremos creerle. La película funcionará si, durante unos minutos en un papel secundario, un actor al que el mundo pasó años negándose a ver logra que un cine entero se incline y lo tome por su palabra.

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