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Raymond & Ray cava una buena tumba para dos hermanos y luego la llena de gente

La tragicomedia seca de Rodrigo García (2022) se sostiene en Ewan McGregor y Ethan Hawke.
Martha O'Hara
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Un padre muere y deja dicho que sus hijos le caven la tumba con sus propias manos y que lo entierren desnudo. Rodrigo García construye Raymond & Ray (2022) sobre esa última voluntad, que tiene algo de cruel y algo de absurdo, y por eso encaja con una película que quiere ser comedia y drama al mismo tiempo. Hay dos medios hermanos que llevan años sin verse, un hoyo por cavar y ninguna forma elegante de escabullirse de la conversación. Como punto de partida es físico y sencillo, y le da a la cinta una tarea concreta en lugar de un tema abstracto.

Raymond (Ewan McGregor) y Ray (Ethan Hawke) se reencuentran cuando muere el padre al que ninguno de los dos recuerda con cariño. Raymond maneja de noche, bajo la lluvia, hasta una cabaña apartada para darle la noticia a su hermano. Ray, por su lado, abandonó la trompeta en buena parte para llevarle la contraria a ese mismo padre, que lo había empujado a tocarla. La sinopsis habla de dos hombres que tratan de entender en qué se convirtieron, en parte por su padre y en parte a pesar de él, y eso es justo lo que García, que además escribió el guion, se propone mostrar. El tono se queda a medio camino entre la solemnidad de una funeraria y un encogimiento de hombros. Se anuncia como comedia dramática, pero los chistes son pequeños, secos y a veces apenas chistes. Los personajes están demasiado cansados para ponerse solemnes, y la película funciona mejor cuando los deja cansarse a gusto.

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McGregor y Hawke sostienen el conjunto, y ninguno persigue la escena de lucimiento. McGregor mantiene a Raymond contenido y atento, siempre midiendo lo que dice. Hawke deja a Ray suelto, como un hombre que ya perdió las peores peleas y dejó de defenderse. Puestos uno junto al otro, los dos estilos vuelven creíble el vínculo entre los hermanos sin que nadie tenga que explicarlo: uno pasó años administrando el daño y el otro dejó de administrar cualquier cosa. Los dos conservan el sentido del humor aunque crecieron a la sombra de un mal padre, y ninguno de los actores lo exprime. Los chistes salen planos y en voz baja, como se dicen junto a una tumba, y nadie le guiña el ojo al público.

A Hawke le toca la parte más delicada, la que gira alrededor de la trompeta. Ray recibe un instrumento que creía destruido y se entera de que su padre lo había mandado reparar unas semanas antes de morir. Es un giro mínimo y pega más fuerte que cualquier discurso. A una trompeta no se le puede reclamar nada, ni agradecérsela, ni devolverla, y la película tiene el tino de dejar a Ray solo con eso. Basta ver a un hombre sostener el objeto que su padre quiso arrebatarle y que, al parecer, también quiso devolverle. El detalle enturbia la imagen del padre como simple monstruo, y García lo deja ahí, sin resolverlo y sin convertirlo en perdón. Ese gesto es lo más interesante que ofrece la cinta, y vale más que varias escenas de conversación juntas.

El trabajo manual es lo que mejor funciona. Cavar una tumba es faena, y los hombres que no saben hablar de un padre suelen poder hablar de la tarea que tienen enfrente. Con algo que hacer, los hermanos tienen una excusa para no decirse nada. Los sentimientos se cuelan a media labor, mientras supuestamente hablan de otra cosa, y García escribe eso con buen oído. Durante un buen tramo la comedia y la tristeza avanzan juntas: el esfuerzo físico trae los chistes secos y los silencios ponen el resto. Ese equilibrio se pierde conforme el entierro se llena de gente. El ambiente se diluye y la película empieza a dudar de sí misma.

Verdú, Okonedo y Curtis-Hall tienen poco espacio, y es una lástima. Maribel Verdú, como Lucia, y Sophie Okonedo, como Kiera, son las que más piden escena, y Vondie Curtis-Hall, como el reverendo West, le presta al entierro un poco de ceremonia. Son actores que arman a una persona entera con un par de escenas, y en los mejores momentos vuelven creíble que alrededor de la tumba hay gente con vida propia y no simples figuras de relleno. Pero el guion las deja en la orilla. Sirven sobre todo como puertas hacia la historia de los hermanos y, justo cuando uno empieza a querer saber más de ellas, la trama las aparta. Se nota la falta de lo que el libreto no les da, y pesa más cuanto mejores son las intérpretes.

García se echa encima demasiados temas. Quiere hablar de herencia, de rencor y de la forma que un mal padre deja en los hombres que crió, y quiere ser gracioso con todo eso. Un solo entierro tiene un espacio limitado. Los hermanos no son los únicos con derecho sobre el muerto, y a medida que se suman más personas en torno al hoyo, la atención sobre la pareja que debería ocupar el centro se vuelve menos firme. Cada recién llegado dice lo que vino a decir y se retira, y cada uno le quita un poco de foco a la pregunta verdadera: ¿qué piensan en realidad Raymond y Ray el uno del otro? Para cuando la cinta regresa a ella, parte de la tensión ya se aflojó.

El ritmo lo resiente. El arranque es limpio y decidido, pero la parte media se arrastra. Algunas escenas siguen después de haber dicho lo que tenían que decir, y algunas conversaciones dan vueltas alrededor del mismo sentimiento sin sumarle nada. Con 106 minutos no es una película larga, aunque por ratos lo parece, algo raro en una historia construida alrededor de un trabajo manual con principio y fin. La historia pedía ligereza y no siempre la tiene.

En lo tonal, García también le exige mucho al público. Una escena puede empezar con un chiste sobre las exigencias absurdas de un moribundo y terminar en un silencio que borra la sonrisa, sin avisar hacia dónde se inclina. Cuando el cambio sale bien, la incomodidad tiene sentido: el duelo de verdad se comporta así, y las familias lastimadas suelen reírse en el momento equivocado. Cuando sale mal, los giros parecen improvisados, como si la película no se decidiera entre una comedia más abierta y un drama más áspero y no se comprometiera con ninguno. La última voluntad del padre es un buen ejemplo. Nunca queda claro si fue un último acto de control, un gesto torpe hacia sus hijos o una broma a costa de ellos, y la película hace bien en dejarlo abierto. Hace peor en dejar que esa duda se contagie al resto de las preguntas.

Hay algo que decir sobre el título. Dos nombres unidos por un signo, ninguno por encima del otro, prometen una película sobre una pareja, y lo mejor del filme cumple esa promesa. Cuando McGregor y Hawke comparten el cuadro, la película tiene centro de gravedad. Cuando la historia se va con otros dolientes, lo pierde, y el título empieza a leerse como un recordatorio de lo que la cinta quiso ser.

Raymond & Ray tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Toronto el 12 de septiembre de 2022, salió en cines selectos el 14 de octubre y llegó a Apple TV+ el 21 de octubre. Una plataforma de streaming es un hogar razonable para algo tan modesto, que se ve mejor en casa, a media tarde, que como acontecimiento de sala. La película retoma una pregunta que el drama lleva siglos planteando: ¿cómo se logra el cierre cuando lo único que cambió es que la persona que arruinó tu vida ya murió? García es lo bastante honesto para no fingir que hay una respuesta limpia. Los hermanos reciben cada uno una carta de su padre, y la cinta no las convierte en una absolución ni en una factura saldada. Tampoco hay un gran estallido que lo arregle todo: lo que queda es la tarea terminada, dos hombres que por fin pasaron un rato juntos y la sensación de que eso, sin ser mucho, tampoco es poco.

Es una película menor, sí, pero no una película vacía. Tiene un puñado de escenas muy bien resueltas, dos actores que se entienden sin esfuerzo y una idea de duelo más honesta que la de muchos dramas más ambiciosos. Se le puede reprochar que no se atreva a ir más lejos, que reparta su atención entre demasiada gente y que se estire donde debería apretar. Pero cuando se concentra en dos hermanos con una pala, un padre al que no saben cómo enterrar y la trompeta que por fin vuelve a sonar, logra algo que pocas comedias dramáticas consiguen: hacer reír sin traicionar el luto y entristecer sin pedir permiso.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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