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Enterrando una ambición: Foxx y Jones incendian la sala, el guión apaga el fuego

El drama jurídico de Margaret Betts (2023) es electrizante cuando se concentra en sus protagonistas y tibio en todo lo demás.
Martha O'Hara
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La escena inicial de Enterrando una ambición —Jeremiah O’Keefe (Tommy Lee Jones) frente a un ataúd, su rostro surcado por la preocupación— establece el tono de esta película: un drama legal que se las da de comedia social. Margaret Betts dirige este relato inspirado en hechos reales con mano segura, pero no siempre precisa.

La premisa es sólida: un dueño de una funeraria familiar (Jones) enfrenta a un gigante corporativo y, para ello, contrata al carismático abogado Willie E. Gary (Jamie Foxx). La dinámica entre estos dos personajes lleva el peso de la película. Foxx brilla en cada escena, su interpretación llena de energía y calidez, mientras que Jones, aunque más contenido, transmite con mínimos gestos la terquedad y la dignidad de un hombre acorralado. Esa disparidad de temperamentos genera chispas cada vez que comparten un encuadre, especialmente en las secuencias donde discuten estrategias legales entre risas y tensiones.

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El guión coescrito por Betts y Doug Wright tiene aciertos notables. Las escenas en la corte son dinámicas, con diálogos que exponen la corrupción corporativa y la injusticia racial sin caer en moralinas baratas. La inclusión de temas como el empoderamiento negro y el sueño americano desde una perspectiva crítica le da capas interesantes al relato. Sin embargo, la estructura narrativa es predecible: los giros legales se adivinan con antelación, y el desarrollo de personajes secundarios —como Mame Downes (Jurnee Smollett-Bell) o Hal Dockins (Mamoudou Athie)— resulta superficial.

Donde Enterrando una ambición tropieza es en su ritmo. A pesar de sus dos horas largas, la película a veces se siente desequilibrada: los momentos emotivos llegan sin suficiente preparación, y el clímax legal, aunque bien filmado, carece del impacto que promete. La dirección de Betts es competente, pero le falta audacia visual. Las escenas en la corte, por ejemplo, podrían haber sido más innovadoras en su puesta en escena, pero se quedan en lo convencional.

El soundtrack, con R&B de los años noventa, añade un toque nostálgico que ancla la historia en su época. Sin embargo, no siempre se integra de forma natural a las escenas. La banda sonora a veces compite con los diálogos en lugar de complementarlos.

Lo que sí resiste el escrutinio son las actuaciones. Foxx tiene el carisma necesario para convencer incluso cuando el guión lo obliga a declamar en lugar de actuar; Jones convierte cada pausa en una declaración de principios. La representación de emprendedores negros que defienden su patrimonio con orgullo genuino —no solo simbólico— le da al relato una dignidad que el guión no siempre merece por sus propios méritos. El duelo entre Gary y el corporativo Ray Loewen (Bill Camp) nunca alcanza la temperatura que prometían sus primeras escenas, y esa rivalidad enflaquecida es quizás la mayor deuda dramática de la película.

El problema central sigue siendo el mismo que el guión planta desde el primer acto: Betts dirige con seguridad pero sin riesgo. Los giros del juicio llegan exactamente cuando se esperan. Dentro del género, Enterrando una ambición ocupa un lugar cómodo pero discreto: más cercana al entretenimiento bien resuelto que al cine capaz de dejar una marca duradera en el espectador.

Enterrando una ambición no reescribe el manual del cine de juicios. Tampoco lo pretende. Lo que sí consigue es sostener la atención durante dos horas con el único argumento de que Foxx y Jones, juntos, son más que la suma de sus partes. Un guión que en otras manos habría sido olvidable se convierte en algo que merece verse. No es poco.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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