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Undertone: Frecuencia maldita en cines, el terror que solo se escucha

Penelope H. Fritz

Una mujer se sienta en su cuarto de siempre con los audífonos pegados a las orejas y escucha con todas sus fuerzas un sonido que le dijeron que no es humano. Al final del pasillo, detrás de otra puerta, su madre se está muriendo. Los dos ruidos le llegan por la misma pared delgada, y Undertone: Frecuencia maldita se niega durante toda la película a decirle de cuál de los dos hay que tener miedo.

El debut de Ian Tuason se presenta como un thriller de pódcast. Evy Babic conduce un programa de fenómenos paranormales con su amigo Justin y es la escéptica del dúo, la que le encuentra explicación a cada crujido que les mandan sus oyentes. Cuando regresa a su casa para cuidar a su madre, llega una nueva tanda de grabaciones: un matrimonio registra los ruidos que empezaron a moverse por su casa de noche. Evy escucha como siempre, buscando el truco. Esta vez el truco la mira de vuelta.

El monstruo se arma con estática

Lo que sostiene la película es una regla que Tuason se impuso y nunca rompió: solo dos personas aparecen en pantalla durante todo el metraje, Evy y su madre. Los demás existen únicamente como voz. El compañero de programa es una voz. Al matrimonio se le oye, nunca se le ve. El médico es una llamada. Lo que vive en la otra casa se escucha y jamás se muestra. Al público lo colocan en la posición exacta de Evy: inclinado hacia una bocina, armando al monstruo con respiraciones y estática porque ninguna imagen va a llegar a hacerle el trabajo.

Tuason llegó al cine desde el terror sonoro inmersivo de 360 grados, y levantó la película sobre algo que el género conoce y rara vez se atreve a sostener: un sonido que no logras ubicar asusta más que un rostro que sí puedes ver. Un rostro es finito. Lo ves, lo mides, te acostumbras. Un sonido sin origen no para de crecer, y la mente le inventa un cuerpo, y ese cuerpo siempre es el que más teme. Una puerta que tal vez se abrió. Una segunda capa que respira debajo de una voz que creíste reconocer. La cámara se queda con Evy mientras lo peor pasa en los bordes del cuadro, fuera de campo, justo donde se posa la atención de quien cuida a alguien.

El otro acecho

Porque el segundo acecho de la película es el común y corriente. Evy volvió a casa a ver desaparecer a su madre, y la casa donde creció se convirtió en un lugar donde pasa las noches descifrando ruidos. ¿Es el viento? ¿Es el calentador? ¿Es el último aliento que lleva semanas temiendo? La grabación maldita y la madre que muere no son dos historias paralelas: son el mismo miedo con dos caras. El escepticismo de Evy es el motor, no una falla por corregir. La película la deja tener razón y estar aterrada al mismo tiempo, porque una explicación nunca logró que un sonido que asusta dejara de asustar.

La casa de su infancia

Tuason no escondió de dónde viene todo esto. Filmó la película en la casa real de su niñez, en un barrio obrero de Toronto, la casa donde cuidó a sus dos padres después de que recibieran diagnósticos terminales con pocos meses de diferencia. Las paredes de la película son sus paredes. El pasillo que Evy no puede dejar de vigilar es el que él vigiló. Esa historia no se posa encima como un dato de prensa: es la presión que late debajo de cada escena, la razón por la que el acecho se siente menos como una amenaza de afuera y más como algo que la casa absorbió y reproduce en voz baja.

Eso explica la paciencia del relato. El terror suele correr hacia la revelación; esta película se niega. Avanza hacia un final que Evy ya sabe que llega, el que sabe que llega cualquiera que cuida a alguien, y gasta su tensión en la espera. Los sustos funcionan, pero el asunto es el largo tramo de nada entre uno y otro: las pastillas contadas, las sábanas cambiadas, las horas de silencio que rompe un ruido del cuarto de al lado que te detiene el corazón antes de que decidas qué fue.

Algunos la compararon con Hereditary, la referencia de A24 en terror sobre el duelo, y con Pontypool, la cinta canadiense que volvió el sonido un contagio. Ambas apuntan a la superficie. Lo que la película hace de verdad es tomar un hábito de masas y devolvérnoslo: llevamos una década aprendiendo a dormirnos con la voz de un desconocido que narra la muerte de otra persona. Cuidar a alguien también es una forma de escuchar, un monitoreo constante de la respiración del otro. Undertone: Frecuencia maldita le da a esa escucha una forma de horror.

Esa es la pregunta que abre y no cierra. A un acecho se le sobrevive: puedes quemar la cinta, irte de la casa, y lo peor se queda en el edificio. Lo otro no se deja atrás. Cuando las grabaciones por fin paran y la segunda puerta se queda en silencio, la película pregunta qué devuelve la supervivencia a quien sigue con los audífonos puestos, y si el peor sonido es el que suena o el que no.

Undertone: Frecuencia maldita, dirigida por Ian Tuason y distribuida por A24, está en cines y dura noventa y cuatro minutos.

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