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Beyond the Infinite Two Minutes: el bucle temporal rodado como un solo plano vuelve a cines

Martha Lucas

La premisa se cuenta rápido y se filma con enorme dificultad. Un cafetero sube al cuarto que está encima del local y se topa con su propio rostro adelantándose en el monitor, pronunciando frases que aún no ha dicho. Arriba, la pantalla corre dos minutos por delante del televisor de abajo; abajo, el televisor va dos minutos atrás. De ahí en adelante todo se resuelve hablando, al momento, entre varias personas paradas entre las dos pantallas que discuten qué están por hacer.

Lo que arranca como travesura pronto se vuelve un asunto de ingeniería. Basta con enfrentar las dos pantallas para que la ventana de dos minutos se meta dentro de sí misma, una imagen dentro de otra dentro de otra, y cada recuadro se asome un poco más al futuro cercano. Los amigos apodan al aparato Time TV y lo aprovechan para apostar poco, comprobar una confesión y prepararse para una amenaza que, por supuesto, llega puntual. La cámara no parece cerrar los ojos ni un instante.

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Esa continuidad sin cortes es toda la jugada, y de ahí sale el elenco. Los que aparecen no son figuras del cine sino integrantes de una compañía de teatro en activo, la Europe Kikaku de Kioto, con Kazunari Tosa al frente como el dueño del café. El filme les exige lo mismo que una farsa de tablas: pisar la marca, recibir el pase, entregar la línea y no dejar que se vea la costura mientras gira la maquinaria del enredo. La risa está en esa coreografía, no en el concepto.

Junta Yamaguchi dirige, fotografía y edita por su cuenta, en lo que es su ópera prima. Se mueve dentro de una terca tradición japonesa, la de la comedia de una sola toma —el mismo linaje del éxito diminuto sobre un rodaje de zombis que se sale de control—, donde el chiste no es únicamente lo que pasa, sino que la cámara se niega a salvar a nadie con un corte. Las uniones están a la vista y buena parte del gusto es rastrearlas sin encontrarlas.

El título es una pista que la cinta presume. Una imagen Droste contiene una copia más chica de sí misma, que a su vez contiene otra más chica, y así hacia adentro: el viejo truco de una lata de cocoa cuya etiqueta mostraba a una monja con una charola que sostenía la misma lata. Es exactamente lo que producen las dos pantallas encaradas y exactamente lo que aprovecha la historia: no un solo salto adelante, sino un túnel que retrocede en escalones de dos minutos, cada uno obligando a los personajes a hacer, a la orden, lo que ya se vio hacer a sus versiones futuras.

Leído como texto, el resultado es una pieza teatral que se tropezó con la ciencia ficción. El guión de Makoto Ueda enuncia sus reglas al modo clásico de la farsa: los personajes se dicen entre sí qué pueden hacer y de inmediato rompen el trato a toda prisa. La lógica temporal es puro diálogo, no despliegue visual; el elenco razona cada nuevo lío frente al espectador, así que la escalada se siente discutida y no fabricada. El plano continuo es la dramaturgia misma, no un truco encima.

Al verla se siente el ensayo detrás de cada escena. El movimiento tiene la precisión de una puesta en escena que repitió la misma secuencia hasta volver el ritmo memoria muscular, porque así, más o menos, se armó: una compañía que conoce sus propios tiempos resolviendo un único movimiento continuo en vez de una lista de tomas para pegar después. Lo que parece alarde técnico es en el fondo disciplina de grupo; los actores cargan la película como cargarían una función en vivo, sin una red de seguridad esperando en la edición.

Vale la pena señalar lo que evita. La física no le importa; las paradojas se resuelven con un gesto y un remate, y quien quiera una teoría prolija de la causa y el efecto se irá con las manos vacías. Las emociones se quedan a propósito en lo pequeño —un amor no correspondido, unos billetes, un sobresalto— y, entendidas las reglas, debajo no hay mucho más. La ocurrencia es todo el menú. Un metraje más largo se derrumbaría con el mismo recurso: lo breve es un blindaje, no un olvido.

Kazunari Tosa in Beyond the Infinite Two Minutes, a one-take time-loop comedy
Kazunari Tosa in Beyond the Infinite Two Minutes (2020)

Al lado de Tosa figuran Riko Fujitani, Gota Ishida, Masashi Suwa y Aki Asakura, casi todos de la misma compañía que primero escribió y montó la historia en un escenario. Europe Kikaku produjo junto con Tollywood, distribuidora independiente de Tokio, con un presupuesto tan chico como la textura casera de la cinta, filmada en gran parte con un teléfono. Recorrió el circuito de festivales —Fantasia en Montreal, Sitges, Bruselas— antes de llegar al público en Bucheon.

El regreso a salas ocurre primero en Corea, con fecha del 19 de agosto, seis años después de su estreno japonés, y dura unos justos setenta minutos. En México y el resto de América Latina no hay, por ahora, estreno en cines confirmado. Y ahí está lo llamativo: un experimento mínimo, hecho casi de broma por una compañía de teatro, sigue abriendo salas nuevas por todo el mundo. La ventana de dos minutos, al final, siempre alcanzó.

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