Actores

Daniel Craig, el 007 que terminó con Bond en pantalla para reencontrar su carrera

Penelope H. Fritz

La escena final de Sin tiempo para morir no tiene salida posible. James Bond muere de verdad, sin cláusula de escape, sin hint de regreso. Craig eligió ese cierre con la misma lógica que lo guió durante quince años de relación complicada con el personaje: hacer lo que le parecía correcto artísticamente, aunque resultara incómodo para todo el mundo, incluido él mismo.

El anuncio de su casting en octubre de 2005 fue un escándalo genuino. Los fanáticos lanzaron campañas de boicot. Los tabloides se burlaron de su apariencia. Un actor de cine de autor con el pelo rubio y cara de obrero resultaba, según la opinión generalizada, equivocado para el papel más estilizado del cine anglosajón. Casino Royale acabó con ese argumento de manera definitiva: la película reinventó al personaje, lo despojó del barniz de la Guerra Fría y lo convirtió en algo emocionalmente real. Craig ganó el debate antes de que terminara.

Y ahí empezó el problema. La actuación que lo vindicó lo ancló durante una década y media a una franquicia de la que quería salir. Hizo cuatro Bond más mientras le decía al mundo, con distintos grados de franqueza, que prefería hacer cualquier otra cosa.

Daniel Craig
Daniel Craig en los Governors Awards de la Academia, Los Ángeles, noviembre de 2015. Foto: David Longendyke/Everett Collection.

Nació en Chester, una ciudad fronteriza entre Inglaterra y Gales, el 2 de marzo de 1968. Su madre, profesora de arte, lo llevó desde chico al teatro. Cuando sus padres se separaron y Craig se mudó con ella a la península de Wirral, el Everyman de Liverpool se convirtió en su punto de referencia. Llegó al National Youth Theatre a los dieciséis años, estudió en la Guildhall School of Music and Drama y pasó los noventa construyendo una carrera sólida pero invisible: teatro, televisión, papeles secundarios que los críticos notaban sin que nadie más lo reconociera en la calle.

Camino a la perdición cambió eso en 2002. Capa y espada, dos años después, confirmó que podía cargar solo con una película. Para 2005 tenía encima la oferta que cambiaría todo. Estaba trabajando con Spielberg en Munich cuando la aceptó.

Lo que siguió son quince años que Craig resumió en una sola frase durante la campaña de prensa de Spectre: que prefería cortarse las venas antes que hacer otra Bond. Era agotamiento genuino, no teatro —llevaba meses lejos de su familia, era la centésima vez que le hacían la misma pregunta—, pero la brutalidad de la respuesta fue noticia internacional. Volvió de todas formas para Sin tiempo para morir. En esa película, Bond muere. Fue su manera más clara de cerrar la puerta.

El Craig post-Bond es más interesante que cualquier Bond que hizo. Queer, dirigida por Luca Guadagnino a partir de un texto de William S. Burroughs, es exactamente la clase de película con la que soñaba antes de que la franquicia lo absorbiera: íntima, difícil, nominada al Globo de Oro por su actuación. Los filmes de Benoit Blanc —Puñales por la espalda, Glass Onion: Un misterio de Knives Out y Wake Up Dead Man: A Knives Out Mystery, estrenada en Netflix en diciembre de 2025— lo tienen en el centro de algo diferente: una franquicia de misterio donde el placer viene del ingenio, no de la acción.

Lo que resulta claro ahora es que la fricción con Bond nunca fue un problema. Era la misma energía que hacía funcionar las actuaciones. Un actor que se hubiera acomodado habría hecho un Bond distinto y probablemente peor.

Se casó con Rachel Weisz en 2011. Tienen una hija, Grace. Tiene otra hija mayor, Ella, de su primer matrimonio. Obtuvo la ciudadanía estadounidense en 2019. Su próximo proyecto confirmado es un drama de Damien Chazelle rodado en Grecia junto a Cillian Murphy. También aparece en la adaptación de Narnia de Greta Gerwig, que llega a los cines en noviembre de 2026.

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