Ciencia

Tras 50 años, hallaron el viento del agujero negro de la Vía Láctea

Peter Finch

En el corazón de la Vía Láctea, el agujero negro Sagitario A* vació un cono de gas de unos tres años luz de largo. Esa forma es la marca de un viento, un chorro constante de materia que se aleja del agujero negro, y un equipo de la Universidad Northwestern estimó que lleva soplando al menos 20.000 años.

El resultado cerró una pregunta que incomodó a los astrofísicos durante cincuenta años. La teoría dice que todo agujero negro que traga materia también devuelve una parte, porque la energía de ese gas que cae tiene que ir a alguna parte. En los agujeros negros lejanos y voraces, esos vientos se ven enseguida. En el nuestro, que come despacio y sin ruido, la señal quedaba tapada.

“A menos que un agujero negro exista en el vacío perfecto, de algún modo tiene que soplar un viento”, dijo Mark Gorski, que lideró el estudio. Nunca se dudó de que el viento existía. La duda era si alguien iba a poder verlo.

Para sacar esa estructura débil del amontonado centro galáctico, el equipo juntó cinco años de observaciones del Atacama Large Millimeter/submillimeter Array, la red de antenas de radio instalada en los Andes chilenos que mapea el gas frío. La imagen del gas molecular alrededor de Sagitario A* quedó unas 100 veces más profunda y 80 veces más nítida que cualquier otra. Ahí, una cavidad en forma de cono de unos 45 grados se abre desde el agujero negro y delata el gas que fue barrido. El mismo hueco apareció en datos de rayos X de archivo de otro observatorio en órbita, lo que reforzó la idea de que algo empuja el gas de verdad y no es una rareza de un solo aparato.

Eso sí, el viento es suave. No es el vendaval capaz de reordenar una galaxia que largan los agujeros negros más activos; los investigadores lo describieron más como una brisa que como una tormenta. Esa suavidad explica en parte por qué costó tanto detectarlo, y también por qué importa: muestra que incluso un agujero negro tranquilo y mal alimentado deja su huella en todo lo que tiene cerca.

Hay que tomarlo con cautela. La cavidad se deduce de cómo está repartido el gas y de la geometría que mejor lo explica, no de una medición directa de materia en movimiento, y el centro galáctico es una de las zonas más difíciles de leer del cielo. Todavía hay que descartar otras explicaciones, como una vieja onda de choque o los restos de un estallido anterior, cuando lleguen más datos. Por ahora, los autores se apoyan en que las imágenes de radio y de rayos X coinciden para sostener que un viento es la respuesta más simple.

Si se confirma, el hallazgo le da a los astrónomos un laboratorio cercano para un fenómeno que suelen estudiar a millones de años luz. Sagitario A* está a unos 26.000 años luz de la Tierra, lo bastante cerca como para mirarlo con un detalle que ninguna otra galaxia permite.

El trabajo se publicó en The Astrophysical Journal Letters. El equipo va a seguir observando la región con las mismas antenas, ahora para medir directamente la velocidad del viento y seguir su rastro hasta donde se diluye en el resto de la galaxia.

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