Críticas

Mundial 2026 — la primera fecha en que los que iban a perder se negaron a que eso pasara

Jack T. Taylor

La primera fecha del torneo más grande de la historia no produjo los resultados disparejos que todos esperaban. Produjo algo más interesante: la negativa colectiva de varios equipos a aceptar el resultado que les tenían escrito.

Ayoub Bouaddi tiene diecinueve años y durante noventa minutos jugó como si nadie le hubiera dicho lo que significaba enfrentar a Brasil. Se metió en líneas de pase que el planeta entero daba por cerradas. Recibió el balón de espaldas, aguantó el empujón y salió con la pelota del otro lado. Marruecos no le ganó a Brasil —terminaron empatando—, pero le pasó la noche desarmando lo que más aprovechan los favoritos: la creencia de que la diferencia es real, fija y a su favor.

Eso fue lo que tuvo la primera fecha. No las goleadas —que las hubo: Alemania siete a Curazao, Suecia cinco a Túnez, Estados Unidos cuatro a Paraguay—. La historia que se repitió fue la otra: el equipo al que le tocaba ser barrido decidiendo, todos juntos, que no iba a pasar.

Japón se fue dos abajo con Países Bajos y no se cayó. Empató una vez y otra vez más, y se fue con un punto. Australia enfrentó a Turquía — la que media prensa previa señaló como tapada, la de Arda Güler, Ferdi Yıldız y Hakan Çalhanoğlu — y ganó sin que se le notara ni un momento de duda. Cabo Verde, medio millón de personas en su primer Mundial, le sacó un cero a cero a España y lo hizo parecer más una decisión que un milagro. Arabia Saudita le sacó un punto a Uruguay. Irán remontó dos veces contra Nueva Zelanda.

Hay una razón para esto y no tiene que ver con la suerte. El orden defensivo viaja a donde vayas. Una línea que sabe exactamente dónde parar, un doble cinco que cubre de a dos, un delantero que corre cuarenta metros para obligar al pelotazo: nada de eso exige ser mejor que el rival. Exige ponerse de acuerdo en pocas tareas y hacerlas cuando ya no hay aire en los pulmones. El talento necesita espacio para ser talento. Si le sacás el espacio, le pedís a un equipo brillante que invente de la nada contra once que ensayaron exactamente esa negativa.

Lo que el marcador nunca muestra es lo que cuesta. El lateral que volvió a cubrir por la nonagésima vez y tiene que volver una más. El cinco que lee el pase antes de que salga porque no puede fallar ni una vez. El pibe en el motor de Marruecos que no se deja apurar por nombres que creció mirando en la tele. Esa disciplina que desde afuera parece miedo es lo más agresivo que puede hacer un equipo chico: noventa minutos de negativa colectiva a que le cuenten cómo termina la noche.

Lo más probable es que los favoritos sigan de pie cuando caiga el papel picado. Casi siempre lo están. La diferencia que tapó la primera fecha va a volver a aparecer cuando el torneio avance. Pero la primera semana no fue de la maquinaria. Fue del momento en que un pibe de diecinueve años planta los pies ante Brasil y no se mueve, y un torneo entero de equipos que iban a perder mira alrededor y entiende que nadie viene a arrollarlos. Habrá que ganarlos. Por ahora, muchos de los candidatos todavía no saben cómo.

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