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España vence a Arabia Saudita y avanza a octavos del Mundial 2026, pero la falla que mostró Cabo Verde quedó sin poner a prueba

Jack T. Taylor

Lo primero que hizo España frente a Arabia Saudita fue justo lo que no pudo hacer contra Cabo Verde: anotar temprano. A los once minutos, Marc Cucurella y Mikel Oyarzabal trabajaron la izquierda, el balón le llegó a Lamine Yamal al otro lado del área y el muchacho lo resolvió con la naturalidad de quien nunca ha dudado de que este es su lugar. Un toque y el nudo que llevaba casi una semana atorado en el estómago de medio país se soltó.

De ahí en adelante fue cuesta abajo. Oyarzabal firmó un doblete en dos minutos del primer tiempo, el segundo un cabezazo que casi no hizo falta festejar, y un autogol al arranque del complemento convirtió una tarde tranquila en goleada. España pasa a los octavos del Mundial como líder de su grupo, y el talento que la vuelve favorita lució, durante noventa minutos en Atlanta, tal cual lo anuncian.

Y aun así, el veredicto sincero pesa más que el marcador. Porque el problema que España realmente tiene nunca se puso sobre la mesa.

El rival que abrió la puerta

Para entender por qué un 4-0 resuelve tan poco hay que volver al debut. Contra Cabo Verde, España remató veintisiete veces y no metió ninguna. Le dio vueltas a un bloque bajo, ordenado y paciente durante todo el partido sin hallar la rendija. Un arquero se volvió héroe nacional de la noche a la mañana. Su entrenador, Luis de la Fuente, salió al frente después: calificó de «insultantes» las críticas a su capitán Rodri, admitió apenas que al equipo «le faltó frescura y finura» y le recordó a todos que Cabo Verde era, en el papel, inferior. Tenía razón con el papel. Estaba esquivando la pregunta sobre la cancha.

La pregunta es simple: ¿sabe esta España derribar a un rival que se niega a darle espacio? Es lo más difícil que hay en un torneo, y es lo que decide las llaves, porque en la fase final casi todos se encierran. Cabo Verde lo planteó y España no tuvo respuesta.

Arabia Saudita no lo planteó. Llegó a Atlanta con la misma intención defensiva que le valió un empate ante Uruguay y la abandonó casi al primer contacto. El bloque se paró demasiado atrás en un momento y se adelantó de más al siguiente; los huecos entre líneas se abrieron como un torniquete, y España, que ataca el espacio como nadie en el planeta, simplemente pasó por encima. Para cuando Oyarzabal completó su doblete, los saudíes ya no defendían una estructura, defendían su dignidad. Un solo disparo a puerta en toda la noche lo dice todo sobre la resistencia que había que superar.

Esta es la verdad incómoda debajo de la fiesta: España fue brillante en la tarea que nadie dudaba que dominara, y no le pidieron ejecutar la única tarea que la inquieta. Ganarle a quien se abre no es lo mismo que ganarle a quien echa el cerrojo. El 4-0 prueba lo primero y guarda silencio sobre lo segundo.

El más destacado y la trampa de leer de más

Si hay que elegir a un hombre para armar la noche, es Oyarzabal. Un media punta natural reconvertido en referente, resolvió sus dos chances con la calma de quien había decidido que la crítica de la semana anterior no era asunto suyo, y de paso metió mano en el gol de Yamal. Lo llamó un doblete para callar a los incrédulos, y esa noche lo fue. Yamal, por su lado, anotó su primer gol en un Mundial a una edad en la que la mayoría todavía espera su debut, y Cucurella entregó desde el lateral ese turno de dos asistencias que se volvió, sin ruido, el motor del equipo.

Pero aquí está la trampa. En un 4-0 ante un rival tan pasivo, cada calificación individual queda inflada y casi ninguna es transferible. El delantero que parece letal frente a espacios abiertos no es por fuerza el que encontrará un metro en un área llena en octavos. El medio campo que dicta ante un equipo que persigue sombras no es el que romperá un bloque bajo bajo presión real. Los partidos contra quienes te dejan jugar son el dato menos confiable que existe, y España acaba de generar noventa minutos de eso.

Por eso señalar a un español flojo casi se sale del tema. Nadie jugó mal; ese es justamente el punto. Los asteriscos que cargaba este equipo tras Cabo Verde —la duda del nueve que un media punta reconvertido tapa más que resuelve, la cuestión de si Rodri puede marcar el ritmo cuando el partido es trabajo y no carrera— no se borraron aquí. Sencillamente no se examinaron. No se reprueba un examen que nunca se presenta.

¿Aguanta la etiqueta de favorita?

Sí, pero por las mismas razones de siempre, no por algo que pasara en Atlanta. España es favorita por lo que tiene: una generación de mediocampistas sobre la que otros países armarían una década, un extremo como Yamal capaz de doblar partidos él solo, un plantel con dos o tres opciones en cada puesto. Eso era cierto antes del empate con Cabo Verde y lo es ahora. Una goleada no lo refuerza. Un 0-0 no lo destruyó.

Lo que el torneo todavía no nos dice es si ese talento resuelve el único problema estructural que arrastra este equipo: el desperdicio, la falta de un filo despiadado cuando un rival le entrega el balón y la reta a ser lista. De la Fuente puede defender el nombre de Rodri todo lo que quiera; la defensa que importa es la que sus delanteros tienen que abrir, y solo abrieron una hasta ahora: la que se abrió sola.

Así que España entra a las llaves como líder de grupo, invicta, recompuesta de ánimo y, en la superficie, temible. En algún punto del cuadro, sin embargo, hay un equipo que hará lo que hizo Cabo Verde: encerrarse, aguantar, obligar a España a forzar la cerradura en vez de cruzar una puerta abierta. Con lo visto en este Mundial, ese es el equipo que debería preocuparla. El 4-0 pareció una respuesta. Solo fue un aplazamiento.

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