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Cómo All of a Sudden hizo que Cannes dividiera la Mejor Actriz entre Efira y Okamoto

Jun Satō

El año preguntaba si un jurado iba a seguir premiando una película que exige tres horas de paciencia para ver hablar a dos mujeres, y la respuesta de Ryusuke Hamaguchi fue volver el hablar el acontecimiento entero. All of a Sudden, su primer filme en francés, les valió a sus dos protagonistas un premio de Mejor Actriz compartido —Virginie Efira y Tao Okamoto, nombradas juntas—, y la decisión de no elegir entre ellas es el veredicto más exacto que podía dar la película. Está construida como un dúo; premiar la mitad habría leído mal su estructura.

Efira interpreta a Marie-Lou Fontaine, que dirige un asilo en las afueras de París e impulsa una filosofía del cuidado a la que su equipo se resiste, un método basado en tratar a quien muere como persona y no como tarea. Okamoto encarna a Mari Morisaki, una dramaturga japonesa en fase terminal cuya llegada reordena el sentido que Marie-Lou le da a su propio trabajo. La película enfrenta el cuidado con la economía que lo limita y deja que el roce entre un sistema medido en eficiencia y una muerte medida en atención sostenga el drama sin levantar nunca la voz.

Hamaguchi trabaja como la crítica de Cannes ya espera y como el gran público de autor todavía encuentra sorprendente: escenas de diálogo largas y sin cortes que se niegan a montar para enfatizar, actuaciones calibradas al registro de la conversación real más que a los golpes dramáticos. La estructura bilingüe —francés y japonés entreverados en las mismas habitaciones— vuelve la propia traducción un tema, el hueco entre lo que se dice y lo que sobrevive al cruce. El estreno recibió siete minutos de ovación, y la película quedó entre las mejor valoradas del grid de la crítica.

El premio prolonga una carrera que se volvió, sin ruido, una de las más laureadas del cine mundial. Hamaguchi llegó al público global con Drive My Car, tras las cinco horas de Happy Hour y la premiada en Berlín La ruleta de la fortuna y la fantasía, y All of a Sudden es su primer paso a una producción en lengua europea. Cruza la frontera con el mismo instrumento: el diálogo como estructura portante, la duración como forma de respeto a la atención del espectador y no como prueba a la que someterlo.

Lo que la película no puede sortear es su propia duración. Un drama de 196 minutos sobre los cuidados al final de la vida es, por diseño, difícil de vender al público cuya relación con la muerte más quiere alcanzar, y el premio de actuación compartido, además de preciso, admite en voz baja que el jurado no pudo poner una mitad del dúo por encima de la otra. Que eso se lea como generosidad o como indecisión es el debate que la película deja en la sala.

El camino por delante pasa por el circuito especializado que Hamaguchi domina, ahora con dos actuaciones premiadas que lo empujan. Para Efira, figura del cine francés al nivel de los César, el premio es consolidación internacional; para Okamoto, más conocida por el público global por su trabajo de género y de franquicia, es un cambio de marco. Un premio de actuación en Cannes suele redirigir las carreras que toca, y uno compartido redirige dos a la vez: la consecuencia grande más silenciosa de la noche.

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