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Capone: Tom Hardy frente al criminal que olvidó sus propios crímenes

Martha Lucas

Al Capone pasó una década en prisión por evasión de impuestos. Lo que vino después nadie lo filmó como Josh Trank: un hombre de 47 años encerrado en una mansión de Florida, con la mente destruida por la neurosífilis, incapaz de distinguir entre sus recuerdos y sus alucinaciones. Capone es una película sobre ese final — no sobre la leyenda, sino sobre lo que quedó cuando la leyenda se deshizo.

Trank descarta casi todo lo que esperamos de un biopic criminal. No hay flashbacks de gloria, no hay operativos del FBI con suspenso cinematográfico, no hay escenas de poder. Lo que hay es deterioro: Capone caminando sin rumbo por su propiedad, gritándole a personas que no existen, defecando sin control, disparando una metralladora de oro contra sus propios árboles. El director filma estas escenas con una estética que se acerca más al terror que al drama histórico. La decisión divide y agota, pero es honesta.

Tom Hardy construye a Fonzo — el apodo familiar de Capone — desde adentro hacia afuera. No hay glamour en su actuación. Hay un cuerpo que ya no responde, una mente que pierde el hilo a mitad de una oración, una rabia que surge cuando la confusión se hace insoportable. Hardy no pide que le tengamos lástima al personaje. Simplemente exige que lo miremos. Eso, en sí mismo, es una hazaña.

Linda Cardellini como Mae Capone sostiene el peso emocional del film sin subrayarlo. Matt Dillon y Kyle MacLachlan completan un reparto que funciona alrededor de Hardy más que con él — y eso es parte del punto: Capone está solo en su propio colapso, aunque lo rodeen personas que lo conocieron.

Capone tiene problemas reales de ritmo. Hay una segunda mitad donde la acumulación de secuencias alucinatorias pierde impulso sin ganar densidad. Trank tiene una visión clara de lo que quiere hacer, pero no siempre el control para sostenerla durante 103 minutos. El resultado es una película que vale más por sus aciertos que por su conjunto.

Lo que Trank propone, sin embargo, es genuinamente raro para el género: un criminal que escapa a la justicia y termina prisionero de sí mismo. Esa es la película. Tom Hardy la hace funcionar mejor de lo que debería.

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Josh Trank

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