Películas

El aro sigue helando la sangre porque apuesta por el silencio y no por el sobresalto

Gore Verbinski adaptó en 2002 el clásico japonés y abrió la puerta del terror asiático en Hollywood.
Martha O'Hara
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La película abre con dos adolescentes, Katie y Becca, que se cuentan una leyenda urbana: existe una cinta de video que mata, siete días después, a quien la ve. Katie la vio hace una semana con sus amigos, y esa misma noche se cumple el plazo. Algo que nunca llegamos a ver acaba con ella. Gore Verbinski no se detiene a explicar nada, y en esos primeros minutos El aro ya fija su tono: seco, helado, sin el menor interés en tranquilizar a nadie.

Rachel Keller (Naomi Watts), periodista en Seattle, es tía de Katie. Su hermana Ruth, la madre de la chica, le pide que averigüe qué pasó. Rachel descubre que los amigos de Katie murieron al mismo tiempo que ella, cada uno en un accidente extraño. Son cuatro adolescentes en total. Sigue la pista hasta Shelter Mountain Inn, donde los jóvenes vieron la cinta, la encuentra y la ve. Apenas termina, suena el teléfono del cuarto y una voz desconocida susurra «Seven days». Rachel empieza escéptica, pero los fenómenos extraños que siguen le dejan poco margen para seguirlo siendo. El guion de Ehren Kruger reparte bien la información: cada pista abre una pregunta nueva sobre la mujer que aparece en las imágenes y sobre quién fue Samara, y esa curiosidad mantiene el interés incluso cuando el susto tarda en llegar.

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Lo que uno recuerda al salir es el sonido. Horror Movie Talk sostiene que el peso de la película recae en el diseño sonoro, y cuesta llevarle la contraria: buena parte del metraje transcurre en voz baja, con silencios largos, de modo que cualquier ruido fuera de lugar inquieta más que un grito. La música de Hans Zimmer va por el mismo camino. Piezas como «Rachel Alone» o «A Lighthouse & The Fly» se quedan debajo de las imágenes y mantienen una tensión sorda, de esas que uno no sabe cuándo van a soltarse.

Rachel pide ayuda a Noah, su exesposo y analista de video. Él ve la cinta y ella le hace una copia, una decisión difícil de creerle a alguien que ya sabe lo que ese objeto implica. Aidan, el hijo de ambos, de ocho años, también termina viéndola, y desde ahí la angustia de Rachel deja de ser solo profesional. La investigación tiene su mejor momento en el viaje a Moesko Island. Rachel va a hablar con Richard Morgan, viudo de Anna, una criadora de caballos que se quitó la vida después de que varios de sus animales se arrojaran al mar. Durante la travesía en ferry, un caballo se lanza por la borda. La escena no necesita más explicación que su propia crueldad. Más tarde Rachel averigua que Anna, tras cuatro abortos espontáneos consecutivos, adoptó a una niña llamada Samara, capaz de grabar imágenes en los objetos y en la mente de otras personas, y que esa capacidad atormentó a sus padres y a los caballos. Mientras tanto, Noah viaja al hospital psiquiátrico de Eola y encuentra un expediente de Samara, con un video que Richard fue el último en ver.

En su segunda mitad la película pierde parte del misterio que la hacía tan eficaz. Una vez que se conoce el origen de Samara, el relato se vuelve una carrera contra el reloj bastante más previsible. En la casa de los Morgan, Rachel encuentra un certificado de nacimiento falso que prueba que Samara no era hija biológica de Richard y Anna, y también el video perdido, en el que la niña se disculpa pero dice que «no se detienen». Richard insiste en que Samara es mala y se electrocuta. Después, Rachel y Noah dan con un desván en el granero, donde los Morgan aislaban a la niña del mundo y de sí mismos, y detrás del papel tapiz aparece la imagen de un árbol que Rachel reconoce como el de Shelter Mountain Inn. De ahí el camino lleva a un pozo bajo los tablones del piso y a la visión de Anna arrojando a Samara, que sobrevivió una semana allí dentro. Todo está filmado con pulso firme, pero cada revelación le quita a la película un poco de la bruma que antes la sostenía. Roger Ebert elogió que la película no subestima la inteligencia del espectador y que deja lo más aterrador para el final, y el desenlace, en efecto, cumple. Aun así, quien esperara un susto a la altura del primer tramo puede salir con la sensación de que el mejor miedo ya había pasado.

Naomi Watts sostiene todo con una interpretación creíble y sin histeria. Su Rachel es una mujer práctica que se aferra a la lógica hasta que deja de servirle, y su angustia crece sobre todo por Aidan. David Dorfman tiene momentos bien resueltos, aunque el niño a veces funciona más como pieza del argumento que como persona. Martin Henderson, como Noah, es sobrio y algo desdibujado. Brian Cox, con poco tiempo en pantalla, logra retratar a un hombre quebrado por la culpa, y la muerte de su personaje es de lo más perturbador de la película.

Y luego está el final. Rachel y Noah organizan un entierro digno para Samara, pero Aidan le advierte a su madre que ayudarla fue un error, y entonces Rachel se da cuenta de que la semana de Noah se acabó. El entierro no resuelve nada. Es un cierre áspero, fiel a la lógica de la leyenda con la que arrancó la historia.

El VHS, por cierto, juega un papel doble. En 2002 era un objeto cotidiano y por eso mismo inquietante; hoy es casi pieza de museo, y eso le da una textura extraña, de reliquia maldita.

El estreno en Estados Unidos fue el 18 de octubre de 2002, a cargo de DreamWorks Pictures. Las reseñas fueron de mixtas a positivas, pero el público respondió: la película recaudó 249.3 millones de dólares en todo el mundo y ganó en los premios Saturn los de Mejor Película de Terror y, para Watts, Mejor Actriz. Es un remake de la cinta japonesa de 1998, a su vez basada en la novela de Koji Suzuki de 1991. Su éxito llevó a Hollywood a adaptar otras historias de terror asiático, como The Grudge (2004) y Dark Water (2005).

El aro se estira cuando se pone a explicar, y su último tercio no conserva el vértigo del arranque. Pero consigue algo difícil con muy poco: que una cinta de video, una llamada telefónica y un caballo en el mar bastaran para hacer sentir que algo andaba mal. Verbinski no inventó la leyenda de la cinta maldita, pero le dio un rostro que cuesta olvidar.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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