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El diablo viste a la moda vive del susurro de Streep, aunque su sátira se acobarda

La comedia de David Frankel (2006) sobre el mundo editorial de la moda y su jefa más temida.
Martha O'Hara
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La entrevista de trabajo con la que arranca El diablo viste a la moda contiene el pulso de toda la película. Andy Sachs, una joven de Ohio con buenas calificaciones y mala ropa, se sienta frente a Miranda Priestly y recibe una disección en voz baja. Según recoge The Guardian, Miranda la interroga con un tono helado y una inflexión ascendente engañosamente amable: «¿Y quiere un empleo aquí, a pesar de no tener ningún sentido personal de la moda ni del estilo…?». Andy empieza a responder, «Bueno, yo creo que eso es cuestión de…», y Miranda la corta en seco: «No es una pregunta». En esa escena la película decide qué comedia quiere ser: una farsa sobre el infierno de la moda neoyorquina o una historia de crecimiento personal con barniz de sátira. Dirigida por David Frankel, conocido hasta entonces sobre todo por su trabajo en televisión, nunca resuelve del todo esa duda.

Frankel adapta la novela de Lauren Weisberger, publicada en 2003 y leída desde el principio como una novela con clave sobre el mundo de las revistas. MovieMetropolis, que volvió a ver la cinta en la televisión británica, sostiene que el director convirtió un libro «no tan estelar» en una película de primer nivel, y que la premisa, sencilla a propósito, deja que los personajes lleven el peso. The Guardian es bastante menos generoso: habla de «flattire», una sátira de mentira que celebra y se pone de rodillas ante aquello que supuestamente ridiculiza, y propone que «flattery», adulación, sería la palabra exacta. La BBC se queda en un punto medio: el humor es «tan afilado como unos Manolo Blahnik» y la cinta no se reduce a una sátira de la industria, aunque admite que a Frankel le habría convenido más mordacidad. Sobre el mismo guion, uno ve oficio, otro adulación y el tercero un humor con dientes.

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Meryl Streep sostiene la película. Su Miranda Priestly, la editora en jefe de Runway, no necesita levantar la voz. La BBC subraya que sus reproches sobre el peso y la ropa de Andy son suaves, lánguidos y amargamente graciosos, y recuerda la advertencia que recibe la nueva asistente: unos labios apretados significan «catástrofe». The Guardian la ve como una versión de Anna Wintour, de Vogue, con una diferencia: Miranda se pone los lentes oscuros solo en la calle. También describe la relación con su equipo como un vínculo sadomasoquista emocional en el que ella se reserva el papel del sádico: humilla, y los demás la veneran a cambio. La BBC añade lo que impide que el personaje sea una caricatura: Streep lleva, además de la ropa de diseñador, un discreto velo de tragedia, y consigue que se le tenga algo de simpatía incluso mientras desprecia a quien no es lo bastante fabuloso. MovieMetropolis habla de una interpretación calculada, de autoridad helada, con la humanidad justa debajo de la superficie. Ese punto de tristeza es lo que mantiene a Miranda interesante cada vez que aparece.

Anne Hathaway tiene el papel más ingrato, porque Andy es la que mira y la que cambia. The Guardian la describe como una provinciana despistada que, poco a poco, se vuelve más elegante, más guapa y más adicta a la droga de la alta moda, y que se asusta al comprobar cómo se comporta, aunque nunca llegue a hacer nada realmente grave. MovieMetropolis destaca su encanto torpe, su calidez y una determinación discreta, y la BBC la considera el centro blando de la película: una aspirante a periodista que intenta conciliar su ambición con un fondo de decencia. Es un papel que obliga a ser a la vez torpe y simpática, y a no quedar eclipsada por Streep en cada escena que comparten.

Sobre Emily Blunt las opiniones se dividen, y conviene decirlo. MovieMetropolis la ve en un equilibrio perfecto como la asistente ferozmente ambiciosa, un personaje que se admira y se resiente a partes iguales. The Guardian opina lo contrario: la califica como la gran decepción, la única del reparto que de verdad parece trabajar en la moda, pero forzada, torpe y sin la altivez que mostró en My Summer of Love. Emily es, en cualquier caso, un papel de contrapeso: la asistente veterana con la que Andy choca y contra quien se mide. Stanley Tucci, como Nigel, el director de arte que ayuda a Andy a vestirse para el puesto, sale peor parado en The Guardian, que lo reduce al confidente obligatorio de este tipo de historias, aunque reconoce que hace lo que puede. MovieMetropolis, en cambio, le agradece la calidez y la sutileza con tan poco tiempo en pantalla. Cuando Streep no está en escena, advierte The Guardian, el interés se desploma, y es la objeción más seria que se le puede hacer al conjunto.

Donde la película tropieza es en la estructura. Rotten Tomatoes la considera muy entretenida pese a un guion cuya mecánica se vuelve cada vez más evidente para quien ha visto suficiente cine. La BBC señala la trama romántica, que le parece aburrida, y un final en el que Frankel ata todo con lazos bonitos cuando la historia pedía más mordida. Hay además una indecisión de fondo, que The Guardian resume con ironía: la película quiere subirse a toda la velocidad y la emoción del negocio de la moda y, al final, madurar y declararlo superficial; quiere su pastel vegano sin grasa y también comérselo. La reseñista Ashley Hajimirsadeghi recuerda el episodio del huracán que impide a Andy traer de vuelta a Miranda desde Miami y mancha su expediente en la revista. Muestra lo imposibles que son las exigencias de la jefa, pero el castigo se queda en una mancha administrativa y no se convierte en una verdadera prueba moral.

En lo técnico, MovieMetropolis es el más entusiasta: la banda sonora le parece excepcional y presente de principio a fin, y el trabajo de cámara, de buen nivel, refuerza tanto el estilo visual como la presencia de los personajes. Esa atención al envoltorio encaja con una cinta que presenta la moda como espectáculo, aunque sin dejar de mirarla con cierta distancia.

La historia no terminó en 2006. Después llegaron un musical estrenado en 2022 y una secuela cinematográfica en 2026, y la novela de Weisberger tuvo su propia continuación en 2013 con Revenge Wears Prada: The Devil Returns. MovieMetropolis, tras volver a verla, concluye que la película sigue vigente.

El diablo viste a la moda no es la sátira que a ratos promete, y The Guardian tiene razón en eso. Es una comedia que descansa sobre el trabajo de Streep, que convierte un susurro y un par de labios apretados en el arma más temible de la película. El romance desganado, el final amable y el reparto desigual se perdonan por ella.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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