Críticas

Martin Eden: la película que convirtió el sueño americano de Jack London en una ruina italiana

Martha Lucas

Lo que Jack London escribió en 1909 no era exactamente una novela, sino un ajuste de cuentas. Una disección semiautobiográfica de un hombre que escala desde la pobreza a través de la fuerza bruta de su inteligencia, solo para descubrir que el mundo burgueés al que tanto aspiraba no tiene nada que ofrecerle. Pietro Marcello lo entendió antes de trasladar una sola escena de San Francisco a Nápoles.

La transposición cambia todo. Marcello recablea el circuito político de la historia: la bahía californiana de Jack London se convierte en Italia de entreguerras, y el individualismo solitario de Martín Edén adquiere una dimensión trágica que el original apenas podía sugerir. Luca Marinelli compone un personaje que devora libros y aún así es incapaz de leer las fuerzas históricas que lo rodean. Su formación intelectual es real; su ceguera política, total.

El director de fotografía Francesco Di Giacomo rueda en 4:3, mezclando el grano del 16mm con material de archivo de Nápoles. El metraje archivístico no es decoración: ancla la historia individual de Martín en una historia colectiva que él se niega a compartir. Cada marcha obrera y cada canción de fábrica que aparece en los insertos sepia le recuerda al espectador que el argumento de la película es político antes que psicológico.

La actuación de Luca Marinelli es el núcleo sobre el que la película organiza todo su peso moral. Ganó la Copa Volpi en Venecia, y el premio está más que justificado. Marinelli juega la transformación de Edén — de marinero casi analfabeto a escritor publicado a celebridad vaciada — sin una sola nota falsa. Lo que transmite con mayor precisión no es la ambición sino el precio que cobra. La escena en que Edén comprende que el éxito lo ha vuelto invisible para sí mismo transcurre en completo silencio, y es de las más demoledoras del cine italiano contemporáneo.

Martin Eden no es una película de acceso fácil. Es extensa, austera, y mantiene al espectador a una distancia calculada. Pero esa austeridad es precisión, no frialdad, y en el plano final todo lo que se mantuvo a distancia llega sin anuncio. Jack London murió a los cuarenta años, un año después de publicar la novela. Pietro Marcello entendió lo que London no logró articular sobre su propia creación, y esa diferencia es la medida exacta del logro de esta película.

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