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En ‘Prometido el cielo’, Erige Sehiri retrata a los migrantes que Túnez prefiere no mirar

Jun Satō

Erige Sehiri construye ‘Prometido el cielo’ alrededor de una pregunta que la mayoría de los relatos migratorios del Mediterráneo prefiere evitar: qué pasa después de la travesía, en el país que nunca estuvo pensado como destino. Su tercer largometraje se instala en una casa modesta de Túnez, donde tres mujeres marfileñas improvisaron una vida en común, y observa cómo ese equilibrio se tambalea cuando una cuarta llegada, una niña rescatada del mar, obliga a cada una a medir lo que le debe a una desconocida.

La casa es de Marie, experiodista convertida en pastora, que dirige una congregación de barrio a la que llama Iglesia de la Perseverancia y donde reparte comida, medicinas, pañales y consejo entre los africanos subsaharianos a quienes la burocracia tunecina mantiene en una zona gris permanente. Bajo su techo viven Naney, una joven madre sin papeles que busca dónde afianzarse, y Jolie, una estudiante que carga con las expectativas de su familia. Cuando Kenza, de cuatro años, aparece como única sobreviviente de un naufragio, ese frágil arreglo suma una responsabilidad con la que ninguna contaba.

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Sehiri llena el encuadre con rostros que traen consigo su propio peso. Aïssa Maïga, actriz y activista francesa, interpreta a Marie con una firmeza cautelosa, la de una mujer cuya fe funciona también como una forma de triaje. Laëtitia Ky, la artista marfileña reconocida en el mundo entero por sus esculturas hechas con el cabello, asume el papel de Jolie y ancla la ambición de la estudiante en algo muy cercano al miedo. Y Déborah Naney, en la que varios críticos de Cannes vieron la actuación más magnética del elenco, da vida a su casi tocaya como una madre joven que improvisa dignidad a partir de muy poco. Los hombres que pasan por la casa, entre ellos el Ismael de Mohamed Grayaâ, la rodean sin llegar nunca a mandar en ella.

El cambio de mirada es lo esencial. Sehiri ha explicado que su impulso inicial fue la palabra aplanadora ‘africano’, el modo en que los migrantes de Costa de Marfil, Nigeria, Malí o Congo quedan reducidos a una sola categoría extranjera dentro de un país que es, él mismo, africano. ‘Prometido el cielo’ invierte la mirada habitual del cine de festival europeo, que suele filmar la travesía y detenerse en la orilla. Se queda del otro lado del agua y observa Túnez a través de los ojos de quienes no termina de admitir: gente que cocina, reza, estudia, discute y cría a una niña mientras sus papeles, o la falta de ellos, lo deciden todo.

En lo formal, Sehiri sostiene el registro de observación que llevó tan lejos a ‘Bajo las higueras’. Aquella película, una sola jornada entre jornaleras de la fruta, se convirtió en la candidata de Túnez al Óscar internacional y presentó a una directora más interesada en la textura que en la trama. Aquí vuelve a la cámara en mano, los espacios estrechos y la luz natural, dejando que las escenas respiren más allá de su función dramática y confiando en un elenco que se siente vivido antes que actuado. La propia casa, angosta y gastada por el sol, carga con buena parte del relato.

La calidez es también el riesgo. Los críticos que admiraron la película en Cannes echaron mano de frases como ‘cálido resplandor’ y ‘celebración agridulce de la resistencia’, y ese tono puede suavizar la misma precariedad que documenta. El limbo legal que define a estas mujeres no tiene un arco que cerrar, y hay que reconocerle a Sehiri que se niega a inventarlo: la película termina sin fingir que los permisos de residencia, las redadas o los naufragios quedaron resueltos. Pero resistir no es lo mismo que denunciar, y quien espere que el filme señale con nombres, que apriete con más fuerza al Estado tunecino o a las fronteras que Europa terceriza, lo hallará contenido. Sehiri propone la solidaridad como argumento, y esa es una decisión que merece discutirse antes que aplaudirse sin más.

Es, además, una película que llega en un momento tenso para su propio tema. Las denuncias de violencia y de expulsiones masivas contra migrantes subsaharianos en Túnez se han endurecido desde que Sehiri empezó el proyecto, lo que da a la escala doméstica de ‘Prometido el cielo’ un peso documental que nunca dice en voz alta. La política se queda en los márgenes, en una conversación oída al pasar o en un golpe en la puerta, nunca en un discurso. Que esa contención se lea como tacto o como evasión dependerá de cada espectador.

Characters gather around a birthday cake in the Erige Sehiri drama Promised Sky (2025)
The makeshift family gathers around a birthday cake in Promised Sky (2025)

La película abrió la sección Un Certain Regard del más reciente Festival de Cannes, una plataforma de peso que la llevó por el circuito de festivales, de Londres a Marrakech, y a la conversación sobre premios por sus interpretaciones. Coproducción tunecino-francesa levantada por la propia Maneki Films de Sehiri junto a Heina Productions, va llegando mercado por mercado, y la recepción sugiere un título de autor modesto con una vida más larga de lo que su tamaño anticipa.

Tras estrenarse en las salas francesas a comienzos de año y llegar a los cines españoles el 21 de agosto, ‘Prometido el cielo’ todavía no tiene fecha de estreno confirmada en México, donde por ahora su recorrido pasa por el circuito de festivales. No es una película que resuelva la crisis que tiene en el centro, y no lo pretende. Lo que ofrece a cambio es algo más raro: una mirada firme y sin sentimentalismo sobre las personas que solemos dejar justo fuera de cuadro, y sobre la mujer que decidió que valía la pena mirarlas.

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