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Esto, aquello y todo lo demás: el drama filipino que Netflix estrena en el mundo con Jodi Sta. Maria

Veronica Loop

Joanne se gana la vida escribiendo televisión: decide cuándo se reconcilian las familias y con qué rapidez. Rehízo su vida sobre esa clase de control, sobre saber dónde termina cada historia. Y entonces la única trama que nunca pudo cerrar vuelve a entrar por su puerta, con la cara de su madre y algo que nunca le dijeron.

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Esto, aquello y todo lo demás es un drama familiar filipino armado por completo alrededor de ese vuelco. Jodi Sta. Maria es Joanne, una guionista exitosa cuyo mundo ordenado se cae cuando su madre, Paz, regresa después de décadas. Agot Isidro interpreta a Paz y no llega con las manos vacías: trae un secreto que reescribe todo lo que la hija creía haber superado. Es una obra de cámara antes que una saga —dos mujeres, una casa, una historia que ninguna cerró— y Netflix la estrena en tagalo, sin limar sus filos para el que mira desde afuera.

Cholo Laurel dirige un guion que escribió con Cody Abad y Shania Sumergido, y el elenco es el argumento. A Sta. Maria el público filipino la vio sostener teleserye tras teleserye: su registro es la calidez y el aguante. Isidro aporta la altivez contenida que pide un personaje como Paz. Encerrarlas en un duelo de dos es una decisión que se aleja del vuelo del género y va directo a su presión.

No están solas: Gardo Versoza, Angel Aquino, RK Bagatsing, Ruby Ruiz y Joel Saracho arman la familia y su entorno, los parientes que eligieron bando en los años perdidos. En una historia tan comprimida, ese círculo cumple una función clara: en una familia filipina, un distanciamiento nunca es privado. Todos estuvieron ahí y cada uno se quedó con una versión distinta.

Lo que la película dice de verdad está debajo del reencuentro. El melodrama familiar filipino —Anak, Tanging Yaman, Four Sisters and a Wedding— siempre funcionó con el mismo motor: el que vuelve, el secreto, el ajuste de cuentas. El público local se sabe esa estructura de memoria, y eso deja a la película jugar contra la expectativa. Acá el distanciamiento no es solo distanciamiento: representa las décadas de separación que son la vida ordinaria de tantas familias criadas a distancia, la madre y la hija que se vuelven extrañas un año ausente tras otro.

Ese peso no es abstracto. Para una generación entera, el cariño se ejerció a distancia: plata enviada a casa, cumpleaños por teléfono, una madre convertida en voz mensual. Una historia sobre una madre que se fue y una hija que se rehízo sin ella no es una metáfora para ese público: es una descripción. Que la película se quede en la incomodidad de eso, en vez de apurarse a perdonarlo, la separa del consuelo fácil del género.

Laurel mantiene el registro apretado. El drama se levanta sobre la confrontación y el silencio —sobre lo que Paz no dirá y el momento en que la deja hablar— y no sobre los clímax de siempre. Esa contención es la firma. El encierro en una sola casa no es presupuesto disfrazado de estilo: es el argumento. El reencuentro no es el final, es el planteo. Lo que está en juego es lo que una reconciliación no puede devolver: los años ya se gastaron.

Alrededor hay una historia aún más grande: dónde y cómo llega. Es una producción en tagalo pensada para un estreno mundial en simultáneo, no para un recorrido local y una exportación posterior. Netflix viene ampliando su catálogo filipino y un título así prueba su techo: no una franquicia de acción que se vende sola, sino un drama doméstico cuya fuerza está entera en la actuación y la contención. La apuesta es que lo específico viaja.

La pregunta que la película no responde es la más filosa: si algo dicho ahora puede cerrar una distancia de décadas, o si ciertas verdades, una vez dichas, solo cambian lo que el silencio tapaba y nunca el hecho de los años perdidos. Esto, aquello y todo lo demás dura 112 minutos y llega a Netflix en todo el mundo el 13 de agosto.

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