Críticas

Taxi Driver: un descenso inquietante a la locura urbana

Martha O'Hara
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El plano inicial de Taxi Driver se detiene en el parabrisas mugriento de un taxi amarillo; la lluvia resbala como lágrimas bajo el resplandor de los neones de Nueva York. La cámara de Martin Scorsese no se limita a mostrarnos una ciudad: nos obliga a respirar sus gases de escape y a sentir la mugre debajo de las uñas. Este es un lugar que nunca duerme, y Travis Bickle (Robert De Niro) tampoco: el taxista insomne cuyos turnos nocturnos por esta jungla urbana se convierten en un descenso a la locura.

La película de Scorsese no es solo un drama criminal: también es un retrato psicológico del aislamiento y la obsesión. Travis, veterano de la guerra de Vietnam, es un hombre a la deriva en una ciudad igualmente perdida. Las entradas de su diario, narradas en voz en off, revelan una mente que se precipita hacia la violencia. La actuación de De Niro es sencillamente extraordinaria: al principio, contenida; después, cada vez más inquietante, a medida que Travis pierde el contacto con la realidad. Su manera de decir frases como «¿Me estás hablando a mí?» se volvió icónica, pero son los momentos más sutiles los que de verdad muestran su versatilidad. Verlo luchar durante una cita con Betsy (Cybill Shepherd), mientras su torpeza se transforma en desesperación, resulta tan cautivador como cualquier secuencia de acción.

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La fuerza de la película está en su capacidad para hacer que empaticemos con Travis, incluso cuando nos repelen sus actos. Scorsese y el guionista Paul Schrader lo construyen como un hombre convencido de ser un caballero andante, destinado a limpiar la ciudad de toda su inmundicia. Ese delirio se percibe en cada escena: desde sus intentos fallidos por conectar con Betsy hasta su violento enfrentamiento con el proxeneta Sport (Harvey Keitel). La cinematografía acentúa esa sensación de desasosiego; el trabajo de cámara granulado y en mano de Michael Chapman hace que Nueva York parezca un personaje más: un laberinto de sordidez y decadencia.

Pero Taxi Driver no trata únicamente de Travis. También es un comentario sobre la glorificación de la violencia en la sociedad. El controvertido final, en el que Travis es aclamado como un héroe pese a sus actos, subraya esa idea. Tras sobrevivir a un tiroteo con Sport y rescatar a Iris (Jodie Foster), la prostituta de 12 años con quien se obsesiona, Travis es tratado como un héroe local. Este giro plantea interrogantes éticos sobre la explotación en el arte, en particular en relación con el papel de Foster. Su actuación es notable —está a la altura de la intensidad de De Niro—, pero el personaje de Iris existe, ante todo, como catalizador de la violencia de Travis.

El tercer acto de la película se inclina por la glorificación de la justicia por mano propia, un recurso que no ha envejecido bien. En una época en la que la violencia armada y los tiroteos masivos son demasiado comunes, la representación de Travis como una figura imperfecta, pero en última instancia heroica, resulta problemática. Es un reflejo de la fascinación de la sociedad por los salvadores violentos, un tema que Taxi Driver explora, pero no llega a cuestionar del todo.

Sin embargo, con todo y sus defectos, Taxi Driver sigue siendo una película fundamental. Su influencia se percibe en obras que van de The King of Comedy a Joker. La mirada cruda e implacable de la película al aislamiento y la locura se sostiene en la actuación arrolladora de De Niro y la dirección magistral de Scorsese. El tiroteo final —el intento de Travis de asesinar al senador Palantine (Leonard Harris) y su violento enfrentamiento con Sport— es una lección magistral de tensión. La icónica banda sonora de Bernard Herrmann, compuesta pocas horas antes de su muerte, intensifica el horror psicológico de la película.

Taxi Driver es una película para quienes aprecian a los personajes complejos e imperfectos y no temen enfrentarse a temas incómodos. No ofrece respuestas fáciles ni claridad moral; en cambio, nos obliga a mirar la oscuridad que llevamos dentro. Su realismo áspero y su retrato sin concesiones de la decadencia urbana la convierten en un producto de su época, pero su exploración de la soledad y la obsesión no pierde vigencia.

Al final, Taxi Driver es una película que permanece en la memoria mucho después de que aparecen los créditos. Sus temas de alienación y violencia resuenan hoy con la misma fuerza que en 1976. Puede que no sea para todo el mundo —en especial para quienes son sensibles a la violencia gráfica o a las representaciones explotadoras de actores jóvenes—, pero su valor artístico y su impacto son innegables.

Veredicto:

Taxi Driver sigue siendo una película fundamental, cuya influencia se percibe en obras que van de The King of Comedy a Joker. Es una mirada cruda e implacable al aislamiento y la locura, sostenida por la actuación arrolladora de De Niro. Sus puntos fuertes son la profundidad psicológica, la dirección magistral de Scorsese y la inquietante banda sonora de Herrmann.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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