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Shimizu mete el terror de Ju-On al misterio de Kindaichi con The Village of Eight Gravestones

Camille Lefèvre
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Un detective existe para restaurar el orden; un fantasma, para negarlo. The Village of Eight Gravestones pone esos dos impulsos a chocar y los deja corroerse: manda al investigador literario más célebre de Japón a un pueblo de montaña donde los muertos llevan una cuenta más larga que los vivos. Takashi Shimizu, el cineasta que le enseñó a una generación entera que una maldición se contagia como una infección, tomó el encargo, y la fricción entre su instinto y su fuente es justo lo que vuelve interesante la película.

El material proviene de Seishi Yokomizo, de uno de esos misterios barrocos armados alrededor de Kosuke Kindaichi, el investigador despeinado y tartamudo que sostiene decenas de sus novelas. Su motor es un whodunit: una herencia, un pueblo aislado, una racha de asesinatos que parecen imposibles y una solución que espera a ser armada. La gramática de Shimizu, en cambio, es la de negar soluciones, un terror sin autor y sin cura. Encargarle una trama que está obligada a explicarse es un error de cálculo o la apuesta más estimulante del cine de género japonés de la temporada.

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El elenco funciona como una tesis sobre el tono. El actor de kabuki Matsuya Onoe interpreta a Kindaichi y le presta un cuerpo entrenado y teatral a un personaje casi siempre definido por su torpeza modesta, una decisión que empuja al detective hacia la actuación más que hacia la pura deducción. Kindaichi es menos un personaje que una institución, revivida por generación tras generación del cine japonés, y cada actor que asume el papel adopta también una postura sobre cuánto conviene interpretarlo y cuánto simplemente habitarlo. Tomoya Oku es Tatsuya Ikawa, el estudiante sin rumbo que se descubre heredero de la fortuna maldita del pueblo y termina siendo sospechoso y presa a la vez. Mayu Hotta da vida a la viuda Miyako, la fuente de ambigüedad más clara del filme. A su alrededor Shimizu acumula figuras dobles: Reiko Takashima y Kenichi Takitoh asumen dos papeles cada uno y hacen literal la obsesión del relato por los gemelos sepultados y los linajes que se reflejan.

Shimizu construyó su nombre con las cintas de Ju-On, donde el espanto era menos un monstruo que una arquitectura: una casa, un gesto, un sonido que infectaba a quien pasara. Sus terrores de aldea posteriores llevaron esa lógica a comunidades enteras, de modo que una película situada en un pueblo literalmente embrujado parece, en el papel, un regreso a casa. Y sin embargo la describió como una aventura de fantasía inquietante y romántica, no como una simple máquina del miedo, lo que anuncia un giro hacia el registro recargado y minuciosamente tramado de Yokomizo y lejos del terror sin contacto que lo hizo famoso.

Las primeras imágenes concentran esa tensión en un solo plano: una figura coronada de velas encendidas y cubierta como un guerrero avanza entre flores bajo un cielo nocturno amoratado. Es una composición puramente de Shimizu, folclórica y frontal, un encuadre que amenaza por sí mismo. Pero pertenece a una historia que al final va a exigir un mapa de quién estuvo dónde y cuándo. Cómo corta Shimizu entre las dos gramáticas, el cuadro que quiere detenerse y el misterio que quiere avanzar, es el problema formal que la película se impone.

La leyenda que sostiene la trama es más vieja que cualquiera de sus detectives. Hace siglos, cuenta la historia, ocho samuráis fugitivos fueron acogidos por el pueblo y luego masacrados por su oro, y se dice que su maldición resurge cada vez que la comunidad se confía. Los crímenes actuales aparecen como en respuesta al regreso de Tatsuya. Es una historia de fantasmas nacional, llevada al cine más de una vez, sobre todo en una versión de los años setenta cuya histeria de la aldea maldita quedó marcada en la memoria popular japonesa. Shimizu no descubre este material: le responde a películas anteriores, y eso eleva lo que su versión tiene que justificar.

Ahí anida también la duda. Una película de maldiciones se nutre de lo que no se explica; un misterio de Kindaichi está obligado a explicarlo todo en su acto final, y los dos apetitos tienden a cancelarse. Nada en el paquete anunciado aclara si el terror de Shimizu sobrevive al momento en que el detective forma a los sospechosos y nombra al culpable, o si lo sobrenatural acaba siendo un adorno sobre una maquinaria racional. El estreno mundial ocurrió en un festival de género, frente a un público dispuesto al terror, y ese encuadre puede exagerar lo espectral en lo que, en su estructura, es un enigma de salón mudado a la montaña. Un título famoso garantiza reconocimiento, no necesidad.

Matsuya Onoe as detective Kosuke Kindaichi in Takashi Shimizu The Village of Eight Gravestones 2026
Matsuya Onoe in The Village of Eight Gravestones (2026)

Onoe y Oku encabezan un elenco amplio en el que figuran Hotta, Takashima y Takitoh, además de Masanobu Takashima y Kiyohiko Shibukawa. Shimizu dirige a partir de su propio guion y adapta a Yokomizo bajo los sellos de Kadokawa y Shochiku. Dura 114 minutos y se clasifica como misterio y terror.

The Village of Eight Gravestones tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine Fantasia, en Montreal, en julio, y llega a los cines de todo Japón el 18 de septiembre con distribución de Shochiku. Hasta ahora no hay una fecha de estreno confirmada en México.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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