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Jodie Foster encabeza en francés Vida privada, el misterio de Rebecca Zlotowski

Veronica Loop

Una psicoanalista parisina se convence de que uno de sus pacientes no murió por causas naturales y, en vez de dejarle el asunto a alguien con una placa, se pone a hacer las preguntas por su cuenta. Ese es el motor de Vida privada, y enseguida deja claro qué tipo de película está armando Rebecca Zlotowski: una donde la curiosidad profesional sirve igual como defecto del personaje que como mecanismo de la historia.

Lo que viaja, eso sí, es la protagonista. Jodie Foster lleva la película casi por completo en francés, con soltura y velocidad, en un registro que casi ninguna estrella de Hollywood de su talla se anima a probar. Esa decisión replantea todo el proyecto. No se trata de una estrella de habla inglesa que pasa por un cameo de cine de autor, sino de una actuación entera construida en un segundo idioma, y de ahí proviene justamente el interés de la industria.

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El elenco de apoyo es casi un manifiesto sobre el tono. Daniel Auteuil interpreta al exesposo de Foster y socio a regañadientes en la indagación, y entre ambos vuelven la pesquisa algo más parecido a una comedia de segundas nupcias que a un thriller: dos personas a las que claramente les gusta estar en el mismo cuarto mucho después de que terminó el matrimonio. Virginie Efira, Mathieu Amalric y Vincent Lacoste redondean un ambiente burgués parisino que la película habita y, al mismo tiempo, se burla de él con delicadeza. Es un reparto reunido por el tono más que por el espectáculo, actores capaces de sostener el equilibrio de un misterio cómico entre la melancolía y la farsa sin irse de lado. La Lilian Steiner de Foster queda en el centro como la única convencida de que hay un caso.

Zlotowski ha dedicado su carrera a rondar mujeres que quieren más de lo que sus circunstancias les permiten, en películas que se mueven entre el deseo, la familia y la clase con una ligereza poco común. Vida privada lleva ese instinto hacia el género: toma prestada la forma del relato detectivesco mientras conserva el interés de la directora por la vida interior. El resultado se parece más a una comedia de salón que a un policiaco, con la investigación funcionando como pretexto y no como objetivo. Zlotowski filma París como un lugar de superficies confortables y mantiene la cámara cerca de su estrella, confiando en que Foster cargue escenas completas con atención y sentido del tiempo, no con sucesos.

De lo que de verdad habla la película es del límite del análisis. Lilian pasó su vida laboral convencida de que sabe leer a la gente, y la trama somete esa certeza a prueba frente a una muerte que no consigue interpretar con limpieza. El misterio es real, pero a Zlotowski le importa más la necesidad de la analista de tener la razón que la solución misma. Es una película sobre una profesional que no puede apagar la mirada profesional, y sobre la pequeña vanidad escondida en el afán de entender a todos los que hay en la sala. El paciente muerto termina siendo menos una víctima que un problema que Lilian no aguanta dejar sin resolver, una idea más afilada que la que se molestan en cargar la mayoría de los thrillers.

Ese enfoque es también su riesgo. Un misterio que toma su propia resolución como algo secundario le pide al público que se interese por un caso que la directora medio ignora, y no todos la seguirán hasta ese punto. El tono cómico mantiene lo que está en juego deliberadamente bajo, y la cinta nunca termina de decidir si quiere suspenso o sátira. La recepción en festivales se dividió justo ahí. Algunos la sintieron demasiado liviana, otros la hallaron elegante, y lo honesto es reconocer que la película no resuelve esa tensión, sino que se acomoda dentro de ella.

La estrategia alrededor del estreno es tan interesante como la película. Que una estrella estadounidense del nivel de Foster tome un papel protagónico en francés es una jugada calculada en un mercado donde los festivales de prestigio y los compradores de streaming se parecen cada vez más, y donde un rostro reconocible junto a una autora europea llega más lejos de lo que cualquiera de los dos alcanzaría solo. Es la clase de casting que abre una película chica y dialogada en decenas de territorios a los que de otro modo jamás llegaría, y el amplio mapa de distribución lo respalda.

El reparto principal se completa con Luàna Bajrami, y el documentalista Frederick Wiseman aparece en un papel breve, un guiño cinéfilo y discreto de una directora que conoce a su público. La produce Les Films Velvet junto con France 3 Cinéma, está dirigida y coescrita por Zlotowski y dura unos ceñidos 103 minutos. Ad Vitam la distribuyó en Francia, mientras que Sony Pictures Classics tiene los derechos en Norteamérica y América Latina, un mapa de distribución que revela confianza en una protagonista subtitulada sostenida por un nombre de cartelera.

La película tuvo su estreno mundial fuera de competición en Cannes, donde recibió una larga ovación de pie, y desde entonces inició un recorrido internacional que la llevó a las salas de Francia y Estados Unidos. Sony Pictures Classics maneja la distribución en América Latina, aunque todavía no hay una fecha de estreno confirmada en México. Como ejercicio de estrategia industrial el mensaje es claro: un nombre estadounidense taquillero demostrando que puede sostener una producción europea en sus propios términos lingüísticos. Como película, es un placer menor y seguro de sí mismo que sabe con exactitud lo ligero que pretende ser.

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