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Cannes 2026: Fjord y la lección de Mungiu para el cine latinoamericano que sigue mirando a Europa

Molly Se-kyung

La pregunta que atravesaba toda la competencia era si un jurado iba a premiar una película que se niega a tomar partido, y Fjord la respondió. Cristian Mungiu construyó su Palma de Oro alrededor de un matrimonio evangélico rumano que se muda al remoto pueblo natal de ella, en Noruega, y descubre que su manera de criar a los hijos es leída por los servicios sociales locales como maltrato. Ni los padres ni el Estado están escritos como un monstruo. Esa es toda la apuesta, y es de las más difíciles de sostener.

Lo que la película sostiene en realidad es que las instituciones y las familias creen hablar las dos en nombre del niño, y que el niño desaparece en el hueco que las separa. Mungiu lleva toda su carrera en este terreno —la maquinaria burocrática de 4 meses, 3 semanas y 2 días, el caso de corrupción escolar de El examen— y Fjord lo lleva al otro lado de una frontera, donde el choque ya no es una sociedad discutiendo consigo misma, sino dos sistemas de valores que ni siquiera coinciden en qué cuenta como daño.

La crítica en Cannes resaltó el control. Es el primer filme de Mungiu en inglés, y el cambio de idioma no suavizó los planos largos y sin cortes ni la negativa a subrayarle las emociones al espectador que definen su cine. Sebastian Stan interpreta al padre como un hombre cuya certeza es también su trampa; Renate Reinsve, que regresa al festival que ayudó a lanzarla, encarna a la madre como la primera en notar que el piso se hunde. El reparto es el argumento: dos intérpretes que el público asocia con registros muy distintos, obligados a compartir una sola presión moral.

El premio corona un recorrido concreto. Mungiu se vuelve el décimo director con dos Palmas, diecinueve años después de la primera, y lo logra dejando atrás el realismo en lengua rumana que definió la Nueva Ola que ayudó a liderar, sin renunciar a un solo encuadre de su rigor. Para Neon, la distribuidora que ya ganó el premio mayor siete años seguidos, Fjord es otro dato en un patrón que dejó de parecer suerte.

Lo que no resuelve es justo lo que tiene la honestidad de dejar abierto. La película se niega a decirle al espectador qué autoridad debería ganar, y algunos van a leer esa equidistancia como evasión más que como madurez: una negativa a llamar al castigo físico por lo que la ley dice que es. Ese debate está incrustado en la película, no resuelto por ella, y es la razón por la que la conversación sobre Fjord no terminará con la ceremonia.

El camino por delante es inusualmente claro para una ganadora de la Palma. El salto al inglés de Mungiu, más dos protagonistas reconocibles, le da a Neon una película que viaja más allá del circuito de festivales, y una campaña de premios con Stan y Reinsve como rostros es el capítulo siguiente más evidente. Fjord se estrena de forma amplia más adelante en el año; la pregunta más difícil —si una película tan entregada a la incomodidad puede sostener a un público masivo con la misma firmeza con que sostuvo al jurado— la responderá el estreno.

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